“Acordaos que vuestro gran deber, es consolar a la América y que no venís a hacer conquistas sino a libertar pueblos. El tiempo de la opresión y de la fuerza ha pasado. Yo vengo a poner término a esa época de dolor y humillación” (mensaje del héroe a sus legiones al desembarcar en las costas de Perú). Del libro “El Santo de la Espada”, de Ricardo Rojas, que compré en 1950 estando en 7º grado, cuando encabezábamos el cuaderno con la frase: “Año del Libertador Gral. San Martín” a los 100 años de su muerte. Imposible resumir la vida de un prócer que cumplió la epopeya de libertar a Argentina, Chile y Perú. Esbozar que fue el artífice de la Independencia de nuestro país de la monarquía española un 9 de julio de 1816, confirmando la declaración de la Revolución de Mayo de 1810. Así lo aprendíamos en la escuela como una frase que quedó pegada al imaginario colectivo: “Serás lo que debas ser o no serás nada”. Del citado libro surgen tres etapas a destacar: “Iniciación” hasta 1816; “Hazaña” hasta 1822 y “Renunciamiento” hasta 1850. Desde del 20 de junio que evocamos a Belgrano, hasta el 9 de julio transitamos una época de colores azul y blanco, pero que no pasa por ponerse un escarapela. Se trata de evocarla con respeto y devoción por la patria que nos legó. Huelga decir no en la que vivimos por estas horas y al margen de los actos públicos fríos y protocolares. Porque San Martín nos enseñó valores morales e inmortales. San Martín, el Santo de la Espada, es una figura ecuménica que merece el tributo de nuestra admiración por siempre.


























