Argentina tiene la característica que el apóstol Pablo veía en los antiguos atenienses: es un pueblo religioso. De hecho busca al dios desconocido de turno (llámese figura popular, animador televisivo, doctrina nueva o santo de moda) para rendirle culto, mientras con eso tapa la responsabilidad de un cambio interior. Sabemos (y es casi un axioma) que el único cambio que podemos pretender es el nuestro, y que a partir de ese cambio recién se podrá plantear la mejora de la sociedad y del mundo. Dicen las encuestas que hoy en día los argentinos no leemos ni un libro por año, y "menos aún, supónganse, si ese libro es la Biblia. No obstante, actualmente es un verdadero best-seller gracias al atrevido esfuerzo que sinceros reformadores hicieron para liberarla al pueblo, incluso dando literalmente sus vidas para traducirla a las distintas lenguas vernáculas. Por eso la Biblia es sinónimo de audacia, de libertad de pensamiento, de rechazar autoritarismos institucionales, de mantener una relación personal con Dios, de admitir que sólo por la fe y las obras que la acompañan como consecuencia podemos lograr el cambio de nuestro ambiente. Ante los desastres climáticos y los malestares sociopolíticos, opino que es hora de que volvamos a las fuentes, de que buceemos en las profundidades de un mensaje que todavía no ha sido explorado totalmente, y menos vivido en su esencia. Es hora de desempolvar la Biblia del estante de nuestras abuelas.

































