La reconsideración y definitiva consagración en el ámbito del arte moderno y las vanguardias fue un fenómeno relativamente reciente que comenzó con la gran retrospectiva celebrada en el Museo Nacional de Bellas Artes en 1984 y alcanzó niveles de excepción alrededor de 2005, cuando se celebró el centenario de su nacimiento.
La inédita coyuntura histórica signada por la apertura democrática, los debates intelectuales en torno a la modernidad, los nuevos enfoques historiográficos y, consecuentemente, la atención sobre las relaciones entre arte y política, posicionaron a un creador que siempre había manifestado su compromiso con el pensamiento de izquierda. Así, en sus inicios rosarinos como pintor de paisajes luministas, había manifestado un temprano interés por las cosas humildes y sencillas; luego, como becario en París, se había posicionado frente a los avances de la modernización urbana mediante paisajes fauvistas donde la quietud de los suburbios es impactada por automóviles y trenes, gasolineras y calles asfaltadas; también, entre el último tramo de esa estadía europea y su regreso definitivo al país, a fines de 1931, había expresado la crisis desatada en el mundo mediante composiciones surrealistas pobladas de imágenes de sueños y yuxtaposiciones desconcertantes; y, poco después, se refirió a ese mismo momento mediante cuadros monumentales, de un realismo moderno y heterodoxo, que le permitieron señalar los problemas más urgentes.
Si después de aproximarse a los estilos más conocidos del arte moderno, el surrealismo le permitió reingresar a la realidad mediante técnicas como el collage y el fotomontaje, y el paso de David Alfaro Siqueiros por Rosario y Buenos Aires lo afirmó en el uso de la fotografía, los nuevos materiales, el trabajo grupal y sobre la pertinencia de un arte mural para las masas, su ciudad de origen le ofreció, entre otras posibilidades, los principales escenarios donde situar los personajes de esas obras. Así, bajo la sugestión de una ciudad sofisticada y no carente de contrastes, Berni aludió al mundo prostibulario del barrio de Pichincha a través de un desnudo reclinado y disponible en el collage surrealista Susana y el viejo, y, de un modo igualmente elusivo, remitió a la violencia que pesaba sobre obreros y activistas a través de Objetos en la ciudad, otra insólita composición onírica situada en el barrio obrero de Refinería.
Después, en el marco de sus pinturas de escala heroica, representó una Manifestación que se extiende hasta el edificio de la Refinería Argentina de Azúcar, en el último tramo de la calle Gorriti; un conjunto de Desocupados dormidos frente a las imponentes barrancas del río Paraná; y finalmente, en Medianoche en el mundo, situó un grupo de mujeres consternadas ante la muerte donde se inicia el pasaje Celedonio Escalada. La presencia de Siqueiros también condujo a Berni y a varios jóvenes creadores políticamente motivados a la creación, en los primeros meses de 1934, de la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos, un agrupamiento que funcionó alrededor de una novedosa escuela taller, en cuyo ámbito el joven maestro puso en práctica ese Nuevo Realismo que formalizó teóricamente en 1936, cuando se instaló definitivamente en Buenos Aires.
A partir de ese año desarrolló un vasto itinerario en muestras y salones donde exhibió obras paradigmáticas sobre el mundo rural como Chacareros o Sol de domingo, realizó viajes al norte argentino que cristalizaron en telas como Jujuy y el mural conocido como Mercado colla y, en 1941, mediante una beca de la Comisión Nacional de Cultura, recorrió los países andinos para estudiar el arte precolombino y colonial; un viaje que también potenció sus convicciones sobre la pintura mural como una expresión arraigada y acorde con las realidades americanas y por lo tanto capaz de estimular, entre otros proyectos, las realizaciones pictóricas en la bóveda de las Galerías Pacífico. La profundización en las realidades nativas tuvo un curso privilegiado cuando Berni emprendió, en los años cincuenta, sucesivas estadías en Santiago del Estero recreando la vida y las migraciones de hacheros y algodoneros mediante figuras de un realismo estilizado y expresionista que luego expuso en París iniciando así una itinerancia entre Buenos Aires y la capital francesa.
En ese escenario áspero vislumbró la existencia de Juanito Laguna, un hijo de migrantes que Berni situó en las miserables periferias urbanas y que plasmó, fundamentalmente, ensamblando materiales de desecho y una forma experimental de grabado que le valió, en 1962, la obtención del Gran Premio de Grabado y Dibujo en la XXXI Bienal de Venecia. Poco después y como parte de las mismas indagaciones gráficas, surgió el personaje de Ramona Montiel, una prostituta que se aventura por la gran ciudad y cuyos vínculos y cavilaciones Berni materializó no sólo a través de collages y ensamblados sino de complejas construcciones polimatéricas y ambientaciones vinculadas con las expresiones locales e internacionales del pop, y con la figuración narrativa promovida por algunos críticos franceses. Así como durante la década del sesenta Berni residió alternativamente en Buenos Aires y París, durante los setenta hizo lo mismo con Nueva York; en consecuencia, la vida en las grandes ciudades con sus atracciones y contrastes, con su cultura masiva y publicitaria, con su exhibición del erotismo y las vanidades, se convirtió en el tema recurrente de sus obras.
Del mismo modo, los dramas de la controvertida vida política y social latinoamericana dieron lugar a una renovada utilización de la iconografía cristiana que Berni materializó en una última saga de grandes cuadros y en los paneles dedicados a La crucifixión y El Apocalipsis en el Instituto San Luis Gonzaga de General Las Heras, en la provincia de Buenos Aires.