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Domingo 17 de Septiembre de 2017

Adiós, Saturno, adiós

Unos cuatro siglos después de los hallazgos del astrónomo italiano Giovanni Cassini, la sonda espacial bautizada con su apellido se zambulló en el planeta gaseoso y así dio por concluida su impresionante tarea. Las maravillas que descubrió.

Una noche de 1712 sus ojos se apagaron para siempre. Giovanni Domenico Cassini se había vuelto ciego. En sus 87 años, el astrónomo italiano vio con ellos más de lo que otros hombres y mujeres ven en dos o tres generaciones. Sus por entonces poderosos telescopios lo llevaron a donde nadie había ido antes, al gran señor de los anillos de nuestro vecindario cósmico, Saturno, y a sus acompañantes. En 1671, descubrió la luna Jápeto. Al año siguiente a Rea. En 1684 a Tetis y a Dione, a las que bautizó "las estrellas de Luis" en honor a su gran protector, el rey Luis XIV.

Siguiendo los pasos de Galileo, este verdadero fundador de la astronomía telescópica conoció íntimamente a este gigante gaseoso más que cualquiera: desde el Observatorio de París examinó su gran elemento de distinción —su disco— y discernió una franja negra, una división entre sus anillos que hoy lo recuerda. Cassini fue el primer gran explorador de Saturno. Y también el último. Unos cuatro siglos después de los hallazgos del italiano, una sonda espacial del mismo nombre y grande como un colectivo se despidió en un gran final, zambulléndose en interior del planeta gaseoso y así volviéndose uno con el objeto de su devoción durante los últimos 13 años.

Antes de que tuviéramos estas ventanas al espacio —telescopios, satélites, sondas— estábamos casi ciegos ante el universo. Las misiones Voyager, Viking, Venera, los robots marcianos, Rosetta, New Horizons, Juno y, desde ya, Cassini nos abrieron los ojos. Ensancharon nuestra visión del cosmos. Si la historia del descubrimiento humano es la historia del inagotable deseo por extender los sentidos, estas embajadoras robóticas diseminaron nuestro legado por el universo. Nos convirtieron en una especie interespacial.

Cuando esta misión conjunta entre la NASA y la agencia espacial europea partió de la Tierra en octubre de 1997 poco se sabía sobre las peculiaridades de las lunas de Saturno que se presumía que no eran más que pedazos muertos de roca o bolas de nieve congeladas. Pero no fue hasta que Cassini llegó a Saturno en 2004 cuando nos dimos cuenta de lo poco que sabíamos sobre la enigmática y anaranjada luna Titán, que durante décadas había fascinado a escritores de ciencia ficción como Arthur Clarke, Isaac Asimov y Kurt Vonnegut.

En enero de 2005, la sonda europea Huygens, transportada durante siete años por la Cassini, se separó de su nave-nodriza y descendió en Titán. Encontró ahí un paisaje extraterrestre cubierto por lagos y mares de metano, nitrógeno y etano en sus polos y canales secos excavados por la lluvia. Fue el primer objeto hecho por el ser humano en aterrizar en un mundo en el distante sistema solar exterior.


La esencia de la vida

La epopeya de Cassini reveló la grandeza de Saturno, sus anillos y lunas. Sobrevoló a apenas unos 50 km de altura los surcos de Encélado —bautizados con nombres relacionados con la novela Las mil y una noches— y en 2015 dio una gran sorpresa al atravesar los géiseres de agua del hemisferio sur de esta luna y comprobar la presencia de hidrógeno y dióxido de carbono, ingredientes esenciales para la vida. Hoy los científicos sospechan que debajo de la superficie helada de Encélado habría un océano, lo que convierte a este satélite en el mejor candidato a sitio habitable fuera de la Tierra.

Durante siglos Saturno fue considerado el gran devorador: el dios máximo del panteón romano, el que deglutió a sus hijos, como lo ilustraron con horror Rubens y Goya. Cassini nos devolvió una imagen mucho más colosal, sublime: en sus más de 290 órbitas la sonda espacial nos regaló retratos impresionantes de sus violentas tormentas. Fotografió su vasta red de anillos y nos exhibió el curioso hexágono del polo norte de este gigante gaseoso. Y más: en un momento, el 19 de julio de 2013, Cassini giró hacia la Tierra e, imitando lo que ya había hecho la Voyager, fotografió desde unos 1.440 millones de kilómetros a la Tierra en la inmensidad del espacio: un nuevo punto azul pálido.

Ninguna otra nave espacial en la historia conoció un sistema planetario de manera tan íntima como Cassini. Gracias a ella ahora sabemos acerca de las lunas de Saturno más que nunca. Incluso la nave espacial descubrió más de media docena de satélites hasta ahora desconocidos.

Después de viajar unos siete años hasta sus proximidades y luego de otros 13 años más de girar alrededor de Saturno en el frío solitario del espacio, Cassini se quedó sin combustible. Podría haber deambulando por la eternidad en el vacío espacial como reliquia para arqueólogos del futuro pero corría el riesgo de contaminar sus lunas, donde podría llegar a haber algún tipo de vida.

La decisión no fue tomada a la ligera: para que estos supuestos organismos pudieran sobrevivir, Cassini debía morir. “No queremos regresar a Encélado y ver que hay microbios que nosotros pusimos allí”, dijo Linda Spilker, la principal científica de la misión.

Y así fue: en un suicidio controlado, la sonda se lanzó este viernes hacia el planeta gigante y, mientras giraba su antena para transmitir información única sobre lo que veía a la Tierra, se hundió en la nubes de la atmósfera de Saturno, ardiendo, disolviéndose en centenares de pedazos, en un último “adiós”.

Uno de los más maravillosos logros de la humanidad llegó así a su fin. Aún no habitamos en colonias espaciales pero misión tras misión nuestra presencia en el sistema solar se expande. Al igual que las actuales misiones Juno en Júpiter y New Horizons más allá de Plutón, la sonda Cassini renovó nuestra capacidad de asombro. Como recuerda el escritor Ray Bradbury al comienzo de Crónicas marcianas: “Los viajes interplanetarios nos han devuelto a la infancia”.


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