Cultura y Libros
Domingo 07 de Mayo de 2017

La reedición de un bienvenido rito cinéfilo

La edición 2017 del Bafici acaso no estuviera a altura de las anteriores en cuanto a pasión y sorpresas, pero su cimentada jerarquía no puede cuestionarse. Los rosarinos, presentes.

Si el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) fue siempre una dichosa celebración cinéfila, empezaron a asaltarlo ciertas contradicciones cuando sus principales actividades se trasladaron a Recoleta, y más aún este año en que, días antes de comenzar, estallaba la preocupación por los cambios en el Incaa.

Así, participar del Bafici 2017 supuso cruzarse con niñas saliendo de un jardín de infantes privado de Barrio Norte y ciudadanos acercándose a los maestros que protagonizaban su reclamo frente al Congreso. Entusiasmarse ante la excitante oferta de películas e inquietarse ante los comunicados de trabajadores del cine al comenzar muchas funciones. Merodear los alrededores del cementerio —para llegar a las discretas salas destinadas a prensa e invitados—, esquivando turistas y topándose con las miradas de Hugo del Carril y Mario Soffici desde pósters dispuestos por el Museo del Cine. Sumar a los colores encendidos de las versiones restauradas de El gran silencio (Sergio Corbucci) y Suspiria (Darío Argento), la luminosa Primer plano (Abbas Kiarostami), la furiosa Terminator 2: El juicio final (James Cameron), lo último de Aki Kaurismaki (con la sala del Gaumont colmada de espectadores), documentales sobre fútbol, el movimiento punk y Violeta Parra, filmes de respetables conocidos como Marco Bellocchio, Cristi Puiu, Takashi Miike o Fernando Birri, más lo nuevo de Alejo Moguillansky y José Campusano.

Está claro que todo evento cultural se ve sacudido por políticas económicas y decisiones del gobierno de la ciudad (y del país) donde se organiza: en ese sentido, las comparaciones con el Bafici de años atrás —cuando los invitados internacionales, las presentaciones de libros y las mesas de debate se multiplicaban agitadamente— permiten advertir que, así como ha sumado sedes en distintos barrios, fue perdiendo algo de su pasión y capacidad para la sorpresa. Baste señalar que este año no hubo siquiera palabras de bienvenida en la función de apertura.

Sin embargo, y por encima de los cuestionamientos, puede decirse que sigue cumpliendo con las condiciones que todo festival de cine debería reunir. Los homenajeados continúan siendo prestigiosas personalidades del medio: la "estrella", esta vez, fue el realizador Nanni Moretti, a quien se le dedicó un libro y una retrospectiva que abarcó desde Io sono un autarchico (1977) hasta Mia Madre (2015). En charla abierta con el público (moderada por Javier Porta Fouz, director artístico del festival), le preguntaron qué pensaba de los conflictos en torno al Incaa: "Ustedes tienen que contarme a mí sobre eso", respondió. Y aconsejó a los jóvenes: "En vez de culpar al sistema o a la industria porque no nos comprenden, hay que hacer, hacer y hacer".

Asimismo, debe admitirse que existe un criterio en la selección del material: si las películas ganadoras de un festival hablan de la calidad del mismo (y de la sensatez de sus programadores y jurados), cabe recordar que, a lo largo de sus diecinueve ediciones, el Bafici consagró con su premio mayor a perlas como After life (Kore-Eda Hirokazu), Recursos humanos (Laurent Cantet), Platform (Jia Zhangke), El cielo gira (Mercedes Álvarez), Aquel querido mes de agosto (Miguel Gomes), Alamar (Pedro González-Rubio), Figuras de guerra (Sylvain George), Berberian Sound Studio (Peter Strickland), La acusación (Chaitanya Tamhane) y La larga noche de Francisco Sanctis (Andrea Testa y Francisco Márquez).

La ganadora de este año, Niñato (Adrián Orr), no está a la altura de ese historial, pero tiene el mérito de captar instantes de la España desangelada de estos tiempos, con el eje en un treintañero cantante de hip-hop que lidia con la crianza de tres pequeños hijos, registrando conversaciones casuales, travesuras y hasta llantos de los chicos. El resto incluyó desde los entrañables testimonios de un anciano japonés (95 and 6 to go) o el registro de exorcismos realizados por un sacerdote siciliano (Liberami) hasta la apacible travesía por las rutinas de una población entrerriana (Una ciudad de provincia) y las ironías sobre la campaña política para encumbrar a un empresario que recuerda a alguien muy conocido por los argentinos (El candidato).

Hubo también tres películas realizadas por santafesinos con apoyo del Ministerio de Innovación y Cultura. Acha Acha Cucaracha, de Mario Piazza, transmite el fervor juvenil y cierta ingenuidad del grupo de teatro experimental local Cucaño, surgido a comienzos de los años ochenta. El director invitó al público a conocer "la locura rosarina" al presentar su valioso trabajo, que integró el apartado Artes. A su vez, acompañado de parte de su equipo y de familiares de los jóvenes asesinados cinco años atrás en el barrio Villa Moreno, Rubén Plataneo se mostró emocionado al estrenar su perturbador documental Triple crimen, que participó de una de las cuatro secciones competitivas (Derechos Humanos). Su filme es el reverso de las declaraciones de funcionarios e improvisadas crónicas periodísticas: da voz a las víctimas, explora las posibilidades expresivas del plano y acumula reflexiones, jugando con significativos "intermedios" propios de las antiguas funciones de cine. Finalmente, en Vanguardia y Género se exhibió Toublanc, ficción de Iván Fund sobre guión escrito junto a Eduardo Crespo y Santiago Loza, que toma elementos dispersos de la obra de Juan José Saer para esbozar un relato delicado, atento a las emociones de tres personajes interpretados por Maricel Álvarez, Nicolas Azalbert y Diego Vegezzi. Imágenes de serena belleza de París y Santa Fe se cruzan en este ejercicio melancólico, al que se arribó tras haber explorado la obra del escritor serodinense.

Así fue cómo, en medio de esa babel audiovisual desbordante y fecunda —que ojalá permanezca y mejore con los años— asomaron recuerdos y desvelos de los rosarinos, imágenes del agua mansa del Paraná y ecos del rumor cotidiano de nuestras calles.

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