Cultura y Libros
Domingo 18 de Junio de 2017

Fragmento de Las maldiciones

Fue poco después de haber cumplido un año de estar en Pragma que Rovira me planteó, por fin, qué era aquello que necesitaba de mí. La verdadera razón por la que yo había sido contratado para formar parte del "equipo". No lo vi venir. No estaba preparado. Un viernes a la tarde me pidió que los acompañara a él y a su mujer a Cariló. La idea era pasar allá el fin de semana. Mintió. Dijo que lo había decidido esa misma mañana, que se la había producido un hueco en la agenda y antes de que apareciera otro compromiso quería aprovecharlo para descansar. Y no me dio tiempo para pensarlo: era sí o no. Rovira quería salir en un par de horas. Yo ya había ido con ellos a varios viajes de trabajo pero éste, era evidente, no sería de ese tipo. Lo dejó claro con la actitud, con el tono con que me lo dijo, con la mirada. Además, esta vez no había una orden detrás del pedido, no era una instrucción a cumplir, más bien intentaba convencerme, casi seducirme. Me llamó la atención esa diferencia en el trato. Dudé, no es que tuviera algo especial que hacer el fin de semana, no me estaba resultando fácil organizar salidas con amigos en Buenos Aires debido a las demoledoras jornadas de trabajo que no me dejaban tiempo libre más que para dormir. Aunque temía quedar atrapado en una situación demasiado familiar, casi íntima, de la que no pudiera salir fácilmente y que, para colmo, transcurriría a casi cuatrocientos kilómetros de mi casa, debo admitir que conocer Cariló me resultaba un plan tentador. Insistió: "Vamos sin papeles de trabajo, sin computadora, sin agendas, sin temas pendientes, sólo relax. Y libres de compromiso, cada uno hace lo que le venga en gana". Más allá de la extrañeza que me producía, había algo seductor en el hecho de que me invitaran a ir con ellos; Rovira lo sabía y era parte de su estrategia de manipulación. Mi sentimiento era ambivalente. ¿Por qué llevarme a mí?, ¿de qué les serviría mi presencia en medio de ellos? Me parecía lógico que llevaran a algún miembro del personal de seguridad, a un chofer, incluso a uno de los cocineros de Pragma. Si no había cuestiones de trabajo, no tenía sentido llevar a "su secretario más privado". Como si Rovira me hubiera leído el pensamiento agregó: "No te quiero meter presión, pero sabés que te necesito. Cariló es un lugar soñado, soy capaz de tirarme en la arena como un vago, de no hacer nada de entrenamiento físico. Vos me vas a mantener activo, en forma, sos el garante de mi vida sana. El único que puede conmigo". Era cierto que lo entrenaba todos los días y la apelación a "el único" me halagó, tanto que negué la evidente manipulación. Nadie podía con él, aunque se tratara de decirle cuántos abdominales tenía que hacer. "Quiero desintoxicarme, limpiar totalmente los pulmones, generar endorfinas para todo lo que resta por hacer. Solo no voy a tener la voluntad". Agregó que los baños de agua salada son antiestrés, que los últimos meses de trabajo habían sido muy duros, que a los tres nada nos vendría mejor que despejar la mente mirando el mar y otros argumentos parecidos. Entendía sus razones, pero me seguía sintiendo algo incómodo. Fernando Rovira y Lucrecia Bonara no parecían el tipo de pareja de muchos años que no saben qué hacer con el otro cuando están solos y se las arreglan para tener a mano un chaperón que los libre de intimidad. Al menos no daban esa imagen. Cuando entré a Pragma, Lucrecia era joven, a medio camino entre los treinta y los cuarenta años; yo no sabía cuánto hacía que estaban casados, pero suponía que no tanto. Es cierto que la política deja poco espacio para el afecto más personal, el que no se queda sólo en la piel sino que cala más profundo. Se encuentran momentos apropiados para el sexo de descarga, el intercambio rápido, incluso con cierta violencia. La urgencia desplaza las caricias. Pero el afecto necesita un reposo del que la política no dispone. Yo no podía predecir qué tan lejos o cerca estaban Lucrecia Bonara y Fernando Rovira en la intimidad. Tal vez, así como dicen que un año en la vida de un gato equivale a siete de la humana, un año de vida amorosa de un político equivale a mucho más. Hasta donde yo podía ver, Lucrecia parecía verdaderamente enamorada de Rovira. Lo miraba con admiración, hablaba de él con cariño. Mantenía una posición de respeto, sin protagonismo, pero a la vez estaba al tanto de cada paso que daba su marido. En cambio, no sabía cuánto amor podía tener Rovira para darle. Ni a ella ni a nadie. No había dudas de que él era un hombre que ponía su deseo, su pasión y su libido íntegramente en la política. Aun así, creo que lo mucho o poco que le quedaba era para Lucrecia Bonara. Si Rovira podía amar a una mujer, era a ella. ¿Podía? No lo sé. Sí sé que no había otra. Al menos, no la había en aquel tiempo. Si hubiera existido alguien más en la vida de Fernando Rovira yo lo habría sabido.

Dije que sí. Salimos para Cariló ese viernes antes de que anocheciera. Su secretaria se encargó de conseguirme una muda de ropa. Comimos algo en la ruta apenas pasamos Dolores, y para la medianoche estábamos instalados frente al mar. Lucrecia desapareció en cuanto llegamos. Dijo que el viaje en auto la había mareado y que necesitaba tirarse a descansar. Rovira me dedicó un rápido recorrido por la casa que parecía conocer bastante bien, a pesar de que aclaró más de una vez que no era suya sino de un amigo. "UN amigo", dije. "UN amigo", repitió. No pregunté más, cuando él decía así, "un amigo", y no completaba con un nombre era que no quería dar datos precisos. Podía ser un contacto, un empresario que ponía dinero en su campaña, un político aliado, un alto funcionario o un testaferro. Pero en cualquier caso, alguien que le debía un favor. O que quería que Fernando Rovira sintiera que se lo debía a él. Qué más daba. Era una casa impactante, de no menos de quinientos metros cuadrados distribuidos en dos plantas. Con un deck que continuaba en living desde el ventanal hacia la playa. No podía ver el mar a esa hora de la noche, aunque podía olerlo.

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