El suceso de “Gran Hermano” y el pionero “Expedición Robinson” (versión local de “Survivor”) fue el punto de partida para que la pantalla chica se llenara de realities: “El bar”, “Popstars”, “Operación triunfo”, “Cuestión de peso”, “Masterchef”, “La voz argentina”, “Elegidos”, “Talento argentino” y siguen las firmas. Hubo grandes éxitos y algunos pocos fracasos (como el bochornoso “Reality Reality”), pero la mayoría contó con la bendición del rating.
Lo curioso y llamativo es que, dos décadas después de la explosión internacional del formato, los reality shows parezcan lejos de haber agotado el interés del público: al contrario, siguen siendo un suceso y además tienen muchísimo rebote en las redes sociales. En julio del año pasado, cuarentena mediante, la segunda edición de “Bake Off” se convirtió en un bombazo. El programa que consagró como ganador a Damián Basile, un pastelero rosarino, tuvo picos de 18 puntos de rating e inauguró, inesperadamente, una suerte de nueva era dorada para los realities en Argentina. Telefe vislumbró enseguida la fiebre del oro y pegó dos ediciones seguidas de “Masterchef Celebrity”, que superaron incluso los números de “Bake Off” con picos de 30 puntos en las finales. Y ahora pasa lo mismo con la tercera temporada de “La voz argentina”, que reina en el primetime con un promedio de 20 puntos.
¿Por qué la gente se sigue enganchando con este tipo de programas a dos décadas de su aparición? ¿Los medios cambian, la tecnología avanza, pero los realities quedan? “Ante todo”, contesta el sociólogo Daniel Cholakian en charla con La Capital, “habría que diferenciar a los realities como «Gran Hermano» y «Expedición Robinson», que tenían transmisión en vivo diaria con un resumen semanal, con estos programas actuales, grabados y editados, que igual para los medios masivos siguen entrando en la categoría de «reality shows». De aquellos reality shows, como se los llamaba a fines de los 90, en estos ciclos quedó mucho más show y mucho menos reality”, aclaró. De todas maneras, ese “show” basado en lo “real” sigue atrayendo y cómo. “En los realities se pone en juego la fascinación de poder ingresar a la vida del otro, de poder observar sus rasgos, sus características, sus intereses y sus debilidades, y la exhibición y la mirada sobre lo exhibido se convierten en modalidad de goce”, explicó la psicóloga Luciana Marinccioni. “Ahí se cuentan historias, con la particularidad de que son historias reales, y esto, en el público, favorece la proyección y la posibilidad de vivir emociones, angustias, temores y enojos desde la seguridad de la casa”, agregó.
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Las dos temporadas de “Masterchef Celebrity” fueron un éxito. Ahora preparan una tercera.
Según la psicóloga, en los reality shows se determina “una suerte de simetría, se cae el lugar del ideal, todos podemos estar ahí”, afirmó. “El público establece una relación directa con la pantalla que muestra los hechos, no hay intermediarios, no hay periodistas, no existe un tercero que desempeñe un papel de mediador entre la cámara y el espectador. El sujeto delante de la televisión se siente de frente con el espectáculo de lo real y se transforma él mismo en testigo ocular. Se obtiene una satisfacción a costa del otro, que no implique pagar por nada. Que sea el otro el que pague la factura de su existencia, de sus miserias amorosas y sexuales, de su aburrimiento o su fastidio”, se explayó.
Para el historiador y periodista cultural Agustín J. Valle, los realities reúnen absolutamente todos los elementos “desde el código del entretenimiento, porque tienen una dimensión dramática y una trágica que tocan puntos de ligadura con la ficción o los mitos. Lo dramático está dado por personajes que muestran aristas diversas de los modos de ser vigentes: la fragilidad, la pedantería, la ternura, la picardía, el arribismo, el talento, el esfuerzo, el cinismo. Nosotros adherimos a quienes más nos gusten, generalmente con la lógica binaria de lo mediático, de sí o no, sin ambivalencias ni complejidades. Es un descanso...”, observó. “Por otra parte, tienen una dimensión trágica en la inevitabilidad de un final, donde se sabe de antemano lo que va a pasar aunque no exactamente a quién. Es un final hecho de final, o sea de muerte o «eliminación», que es lo mismo en otra forma, y su opuesto sería la «consagración», la salida de un cuerpo del plano común de los mortales”, explicó.
VIDA PROPIA EN LAS REDES
El fenómeno de la vigencia de los realities se amplifica si pensamos en el contexto: la TV abierta ya no ocupa tanto el centro de la escena con el acelerado crecimiento de las plataformas de streaming, y además en la última década se han multiplicado las posibilidades de mostrarse en pantallas a través de YouTube, Tik Tok y todas las redes sociales. ¿Por qué entonces la televisión todavía presenta batalla? ¿Las pantallas nunca son suficientes? “Una de mis hipótesis es que hay algo de la potencia de la televisión en relación con la identificación y la proyección de los espectadores”, dice Cholakian. “Las redes no construyen una dramática y una continuación en el tiempo, ordenada y reglada. La regularidad es una de las claves para sostener al espectador, no sólo en horarios de programación, sino incluso en estructuras narrativas. Por otro lado la televisión abierta, para estos programas en particular, entendió cómo pensar su continuidad en diversas redes, no sólo para ser consumidos ahí, sino para generar atracción y público para los programas siguientes. De esta manera tienen vida propia en las redes y logran una integración exitosa en términos de respuesta del público. Lo que decimos en casa frente al televisor ahora podemos decirlo públicamente en Twitter”, apuntó.
En la opinión de Valle, los reality shows “mantienen algo específicamente televisivo y además le añaden algo bien propio de la subjetividad mediática contemporánea formada en internet. En ese sentido son shows de la eliminación, donde la cúspide del goce y la intensidad está en la expulsión de alguien, que es suprimido de la realidad, de «esa» realidad. Y lo específicamente televisivo que mantienen es la herencia que la mal llamada «caja boba» tiene del circo: algo que está pasando y que reúne cuerpos más o menos freaks —aunque en tiempos de circo los freaks eran parias y ahora son ídolos— con un animador que conduce”. El historiador también estableció una diferenciación con la fascinación que generan ahora las series. “Las plataformas de streaming se llevan las ficciones puras, la tele se queda en el espectáculo sacrificial”, aseguró. “Incluso si son grabados, los realities tienen un efecto del vivo. El deseo de saber que motorizan las series puede organizarse personalizadamente, mientras que el deseo de saber quién es eliminado y quién pasa a la siguiente etapa necesita verse en vivo, porque la suerte de alguien real está en juego. Ahí estos programas enganchan otra línea fuerte de la subjetividad mediática contemporánea que es la dominación de la actualidad, una temporalidad de lo que está pasando (en la pantalla), una adrenalina y un nervio compartido en tiempo real”, subrayó.
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El rosarino Damián Basile, el último ganador de "Bake Off".
SUEÑOS Y OLVIDO
De cara a sus participantes, los realities prometen mucho y cumplen poco. En “La voz argentina”, por ejemplo, los elogios exagerados están a la orden del día y se repite como un mantra eso de “cumplir los sueños” o “los sueños se hacen realidad”. El ganador de la primera edición del programa, el rosarino Gustavo Corvalán, disfrutó de una fama fugaz durante algunos meses de 2012: cantó en varios programas de televisión, grabó un disco y compartió recitales con Soledad. Recientemente, sin embargo, reconoció en varias entrevistas que le fue difícil seguir como cantante después del reality. Actualmente está radicado en Córdoba y, como sus proyectos laborales quedaron suspendidos durante la pandemia, tuvo que buscar un plan B para subsistir y comenzó a hacer repartos como cadete. Este tipo de historias abundan en todos los países donde se impusieron los realities: salvo contadas excepciones (Kelly Clarkson, One Direction, David Bisbal, Adam Lambert), nadie hace carrera a partir de un talent show. La mayoría aprovecha los pocos días de fulgor que regala la pantalla chica y cuando se apagan las luces cae rápidamente en el olvido.
“El olvido es una operación necesaria para habitar el ambiente mediático en el que vivimos”, dice Valle. “La saturación desbordante de novedades, mensajes, noticias y solicitudes de atención es una fuerza efectiva de olvido porque necesita lugar disponible. Los quince minutos de fama pueden ser quince nanosegundos o quince días o quince meses, y la fama puede ser más o menos espesa, si se mide en rating y luego en vistas o likes. Quizá la guita que se lleva el ganador de un reality le paga el olvido que tiene como destino”, reflexionó.
“Estamos viviendo en una época en la que todos buscamos y anhelamos tener «una vida lograda», así entre comillas”, agregó por su parte Luciana Marinccioni. “Creemos, o nos han hecho creer, que el placer está en la inmediatez, y que entre más rápido satisfacemos una pulsión, más placer vamos a sentir, que es posible lograr lo extraordinario sin experimentar el crecimiento personal, sin tener que estudiar ni trabajar en el desarrollo profesional necesario para ese fin. Con una sociedad alienada en estas creencias, proponer el cumplimiento de los sueños a partir de un programa de televisión no tiene nada de raro”, aseveró.
Cada vez que surge la propuesta de un reality, miles de adolescentes y adultos se anotan para tener la remota chance de vivir esa experiencia. Hasta los famosos o “casi famosos” se pelean ahora por un lugar en el cotizado “Masterchef Celebrity”, sabiendo que semejante nivel de exposición vale tanto o más que el éxito de una serie, una película o una canción. Y ni hablar de los ignotos que tienen o creen tener algún talento, de su necesidad de mostrarse y recibir reconocimiento en una sociedad que está invadida por pantallas pero donde captar un minuto de atención resulta cada vez más complicado.
EL CASTILLO DE LA TV
“Estar en la tele es una fantasía aspiracional construida desde hace décadas, desde «Sábados circulares» o los programas de Galán u «Odol pregunta»”, dice Cholakian. “Ser famoso, aunque sea por un instante, es la promesa de futuro en sí misma. Hay allí una fantasía de puerta abierta al futuro por sí misma. Como si aparecer en la tele pudiera ser un instante que se cristalice y el presente se haga eterno. Lo que entra en juego es lo imaginario y no un balance de posibilidades sobre la proyección artística en un medio despiadado. No creo que haya en los participantes de estos programas una reflexión sobre esta realidad. Prácticamente ningún participante de los realities construyó una carrera y menos todavía se convirtió en una estrella rutilante. Tal vez el sueño sea ese momento, el poder cantar en la tele ante miles o millones de espectadores. O también poder contarlo y guardar el video de ese instante”, analizó.
El sociólogo resumió además en un paralelismo por qué los reality shows conservan su potencia a través de los años: “Tal vez nos sirve pensar por qué ciertos relatos clásicos siguen vigentes en el imaginario popular. El sueño del ignoto o la ignota que llega a los castillos mágicos o reales —de Cenicienta a Aladino— cuentan un poco ese mismo sueño que cuenta la televisión. Tal vez, el sueño de los participantes no sea el después de ese momento, sino el propio momento de alcanzar el castillo emplazado en un estudio de televisión”.
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