El asesinato del arquitecto del Madison Square Garden es el disparador de "Una
mujer partida en dos", la nueva película del consagrado Claude Chabrol, que se estrena este jueves
en los cines de Rosario. Se trata de un crimen pasional, y la víctima es nada menos que Stanford
White, un arquitecto de Manhattan muy conocido a finales del siglo XIX, pero también un auténtico
mujeriego, que fue asesinado en plena gloria, en 1906, por el marido de su amante de ese momento,
Evelyn Nesbitt, una actriz segundona de variedades.
Pero esta historia verídica correrá paralela con la historia de ficción de
Gabrielle, una conductora televisiva que deberá partir su corazón entre un escritor cincuentón e
intelectual y un joven rico y caprichoso. El amor pasará a comandar la trama, conducida por un
Chabrol ácido y cada vez más crítico.
—En "Una mujer partida en dos" muestra la pasión frente a la razón y la ingenuidad
frente a la experiencia.
—Son las cosas que me interesan de la naturaleza humana y sobre las que
uno se plantea preguntas.
—Para usted la burguesía es la única clase social que queda. Es un microcosmos al que
cada vez lanza una mirada más ácida.
—En muchas de mis películas los personajes no se destacan por ser
burgueses. Hago una película sobre un médico y todos dicen que es un filme sobre la burguesía. En
"Una mujer partida en dos" muestro, por un lado, a los burgueses bien pensantes, y, por otro, a los
burgueses algo más bohemios que están fuera de la norma y la forma en que ambos reaccionan frente
al personaje que encarna la joven Ludivine Sagnier. No creo que unos sean mejores que otros.
—La película empieza con una música de Turandot y unos títulos de crédito envueltos
en una luz de color rojo sangre...
—Quería despistar al espectador: de entrada nos sumergimos en el universo
romántico de Puccini para abandonarlo de repente cuando se corta la música en la radio del coche.
Visualmente esto se traduce en el cambio brusco del viraje rojo sangre a la realidad, una realidad
desprovista de cualquier romanticismo.
—Ese mundo de apariencia engañosa nos lleva de forma natural a la
televisión.
—¡Naturalmente! He mostrado los secretos de la televisión tal como son,
con el fondo verde del plató sobre el que se superponen las imágenes y el presentador haciendo
gestos en el vacío. Lo que me interesaba es que se trata de un universo de trucajes que remite
directamente al mundo de las falsas apariencias en el que evolucionan los personajes.
—Su modelo a seguir debe ser el director portugués Manoel de Oliveira, que cumple
cien años en diciembre y hace un largometraje por año.
—Tampoco hace falta tanta energía, soy director de cine, no trabajo en una
mina. En los rodajes me siento muy bien, pero cuando estoy en casa sentado delante de la tele,
fumando, me siento viejo y cansado.
—Usted tiene una filmografía reconocida y no tiene intención de parar. ¿Qué le queda
por demostrar?
—No me importa la etiqueta que me pongan y el prestigio que pueda tener.
Ya no tengo miedo. Me pueden decir que mi cine está pasado de moda, pero como eso es algo que nunca
me ha preocupado nada me impedirá seguir haciendo películas. Creo que mientras me den dinero
seguiré haciendo cine.