Turismo

Una isla en lo profundo del sur chileno que embruja a los viajeros con sus leyendas

La isla de Chiloé es uno de los tesoros escondidos de Chile, un territorio encantado donde la historia, la naturaleza y la magia embruja a los viajeros que la visitan y la aprenden a querer.

Domingo 08 de Marzo de 2015

“La iglesia de Tenaún es hermosa y es de color azul”, la oración, escrita con letra cursiva, trazada con esmero, está en el reverso de un dibujo preciso, exacto, aniñado del templo de madera que se levanta en uno de los extremos de la calle principal del poblado que fundaron los conquistadores españoles liderados por Martín Ruiz de Gamboa en 1567 y que se mantiene en pie por obra y gracia divina, a pesar de la inclemencia del clima, las lluvias, el frío que azota al archipiélago de Chiloé, en el profundo sur chileno.


La autora de la frase, Catalina Gallego Bahamonde, va al primer grado de la escuela elemental de paredes amarillas y techos de zinc que asoma por encima de una ladera escarpada de piedra que bordea el último tramo del camino que cruza el villorio. Tenaún, “donde las casas navegan”, según los antiguos habitantes huilliches del lugar, es un pueblo tranquilo, moroso, que de un lado tiene tres cerros bajos, cubiertos de vegetación rala, y del otro el Pacífico que, extrañamente, de este lado de la isla le hace honor a su nombre.


La iglesia es hermosa y azul, fue construida en 1845 y su patrona es Nuestra Señora del Patrocinio. Tiene tres torres, acaso por los tres cerros que se asoman a sus espaldas, lo que la hace distinta de las más de 400 iglesias que hay esparcidas por el archipiélago y de las 16 que fueron declaradas Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco. Las paredes son de madera de ciprés, mañío, canelo y avellano, revestidas con tejuelas, como la mayoría de las casas de la isla, que también están pintadas de colores vivos, chillones.


“Hay largas temporadas en las que el cielo está gris, nublado, oscurece temprano, llueve, llueve mucho en la isla, a veces amanece con lluvia, al mediodía se pone lindo y a la tarde vuelve el agua”, cuenta la encargada de Tierra Chiloé, Teresa Rojas, “La Tere” para los amigos, mientras mira el atardecer rojo sangre detrás de los ventanales del amplio estar del hotel. “Por eso pintan las casas de colores, para combatir la melancolía que naturalmente impone un clima tan hostil, y es hermoso que sea así”, explica con una sonrisa cómplice.

La Tere vive desde hace poco más de un año en Chiloé y ya tiene esa calidez, un poco cándida, un poco arisca, de los nacidos y criados en la Patagonia chilena. Vino para hacerse cargo del Refugia, como se llamaba originalmente el hotel, cuando tomó el negocio su familia, los Purcell, los legendarios dueños del centro de esquí de Portillo. Estaba estudiando en Chicago cuando recibió la llamada telefónica que le cambió la vida y, aunque no le resultó fácil dejar la gran ciudad para venirse al campo, aceptó el desafío.


Tierra Chiloé es un atractivo turístico en sí mismo. Es el único vigía en una loma desde la que, a través de sus amplios ventanales, se pueden ver el mar, la montaña y el cielo que, según las horas del día, va cambiando de color. Concebido como un hotel boutique por el estudio Mobil Arquitectos, cuenta con doce habitaciones con vista a los fiordos y canales que dibujan la intrincada geografía del archipiélago. Es un ejemplo de la arquitectura vanguardista chilena, aunque su mayor atractivo es la amabilidad de su gente.


Con el perfil de la quilla de un barco, el hotel está ubicado a 19 kilómetros de Castro, la comuna más importante del territorio, donde se encuentran los famosos palafitos, viviendas apoyadas sobre pilotes, descolgadas de la barranca, en la ribera del mar. Fueron construidos a fines del siglo XIX durante la gran migración de campesinos a las ciudades, empujada por una feroz plaga que aniquiló los cultivos de papa. Como no tenían donde vivir tomaron los terrenos de la costa, donde podían pescar y “mariscar”, y levantaron ahí sus casas.

 

Aunque había más en otros sectores de la ciudad, solo resistieron al embate incesante de la marea los palafitos de Pedro Montt y Gamboa, el resto se derrumbó durante el terremoto de 1960. Muy pocos siguen siendo viviendas familiares, la mayoría fueron reciclados, dotados de las comodidades que requiere la vida moderna, y abiertos al público como hoteles boutique o coquetos restaurantes. Desde el puente de la ruta 5, una cicatriz que corta la isla de norte a sur, recuerdan al pueblo de “Popeye”, la película maldita de Robert Altman.


Es la foto que los turistas quieren llevarse, el caserío abrazado a la pared de piedra, suspendido como por arte de magia sobre el espejo de agua que devuelve una imagen fantasmal de los tejados rojos, azules y verdes, las chimeneas humeantes y las ventanas apenas iluminadas en las que se atisba una figura, un movimiento fugaz, un parpadeo. Apenas se escucha el rumor del mar, las olas, que llegan cansadas a la bahía, rompen tímidamente sobre las columnas de madera y se vuelven resignadas.


Chiloé es más que las iglesias, que hacen que el paisaje tenga una reminiscencia europea, los pueblos de pescadores, los astilleros, los caminos polvorientos que serpentean entre las colinas y los palafitos. La identidad de la isla, que la hace única e irrepetible, se moldea también en la conversación de su gente, que habla poco, pero dice mucho. Sus historias son, como le gustaban al gran Boris Vian, “enteramente verdaderas, ya que las han inventado de cabo a rabo”. Mitos, leyendas, religiones, lo que sea.


Basta internarse en alguno de los bosques vírgenes de la isla para que alguien hable del Trauco, una criatura que, según cuentan, vive oculta en la foresta, al acecho de las jóvenes que se aventuran solas en la espesura. Lo describen retacón, con las facciones horribles de un ogro y sin pies, por eso camina con la ayuda de un bastón. Cuentan que tiene una fuerza descomunal, un hacha mágica capaz de tumbar un árbol con tres golpes y el poder de dejar embarazadas a las mujeres solo con el aliento. Lo dicen en serio, pero sonríen.


Para los “chilotes” cualquiera puede ser un brujo y toman sus recaudos, una taza boca abajo o una escoba detrás de la puerta basta para mantenerlos a raya. En los relatos de los lugareños hay sirenas, barcos fantasmas, basiliscos y viudas negras que merodean por las noches y lanzan fuego por la boca. La costa occidental da al mar abierto, que azota embravecido los acantilados costeros. Ahí está el Muelle de las Almas, hasta donde llega el balsero Tempilcahue para llevar a los muertos a su descanso eterno.


Hay que caminar un largo trecho para llegar hasta Punta Pirulil, en Cucao. Hay que cruzar la isla por el paso que hay entre la cordillera y la costa, un sendero estrecho y sinuoso abierto entre grandes helechos y árboles nativos. Al final de una cuesta empinada cubierta de un césped verde, prolijo, que a simple vista parece recién cortado, está el puente de madera que termina abruptamente en un vacío triste, solitario y final. Desde ahí se ve el Pacífico en toda su majestuosidad, las loberas y las gaviotas que caen en picada sobre las olas.


Si el día es soleado, cálido y el viento no se ensaña con los extraños, el lugar es ideal para hacer un picnic en las rocas colgantes, como en la película, pero en la vida real. Nada mejor que un sandwich casero de salmón, una copa de vino blanco y buena compañía para disfrutar del paisaje salvaje y sereno del lugar al que el saber popular ubicó como el escenario del último acto antes de emprender el camino al más allá. Pero el balsero no llega, la tarde agoniza y el cielo se tiñe de tonos ocres. Es hora de volver al hotel.

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