La ciudad es preciosa, aunque seguro lo era más antes, aquella vez que la recorrió sin rumbo, por primera vez, con la sola compañía de una musiquita, una canción pop, en la que un chico que parece una chica canta, grita, aúlla aquello de “because we’re young”, como si fuera un himno, una declaración de principios, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Sucede, cuando era la banda del momento, cuando valía la pena ser joven.
El recuerdo es impreciso, seguramente falso, como todo recuerdo que valga la pena ser recordado, pero implacable. Atardece sin prisa, el walkman gira con un zumbido sordo, las zapatillas viejas, gastadas, dan un paso tras otro mientras cruzan el verde de Hyde Park, a lo lejos se escuchan las campanadas de un reloj, acaso el del Big Ben; difícil, está lejos para que el rumor de la ciudad las deje oír. Nada que hacer más que vagabundear.
Un amigo, que había estado en Londres tantas veces que perdió la cuenta, le contó que en el Museo Británico, entre tesoros egipcios, incunables y armaduras romanas, hay vitrinas que atesoran escritos de puño y letra de escritores famosos, que no pudo identificar porque no los conocía y no le interesaban, y también de Los Beatles, las letras de las canciones escritas por las manos de Lennon y McCartney. Sólo por eso valía la pena visitarlo.
Buscó Marble Arch, en la entrada Este del parque, y se perdió entre la gente que andaba a la corridas por Oxford Street. Caminó como un zombie, con la musiquita dándole vueltas en la cabeza y la mirada perdida en las vidrieras de los negocios, los colectivos de dos pisos, las jovencitas de negro riguroso como si llevaran luto aunque, en realidad, iban en plan darkie, “no future”, ése que incitaba el punk que atronaba en las disquerías de moda.
No se dio cuenta hasta mucho tiempo después, esa tarde, en medio del gentío que se debatía en el “rush hour” tratando bajar las escalinatas de la estación de Oxford Circus, se sintió como pez en el agua. Como si Londres, la capital del imperio, ése que Doris Lessing dijo que “no existía más”, fuera su ciudad y no lo era, por más que hubiera ganado el premio de mejor alumno en Iatel y que se supiera de memoria el álbum doble de “The Wall”.
No lo era, ni lo había sido ni lo sería jamás, por más que soñara con estudiar en Oxford, ver a Led Zeppelin en Earls Court y salir de paseo los domingos por la tarde en Camden Town, perderse entre las tiendas de antigüedades del mercado, tomar una cerveza en la terraza del pub que da al viejo canal de Little Venice, mientras el sol agoniza lentamente. Lo imaginó así desde que escuchó por primera vez “A Day in the Life” y pensó que era real, pero no lo era.
Al llegar a Charing Cross, dobló a la izquierda sin pensarlo, siempre le había gustado como sonaba Charing Cross y cuando vio el letrero de la calle salió disparado en busca del número 84, la dirección de la librería donde Helene Hanff, en la piel de Anne Bancroft, conoce a Fran Doel, un Anthony Hopkins joven e intenso, en “La carta final”. No la encontró, pero no se desanimó. Marks & Co. se llamaba, pensó, debe estar más adelante y siguió su camino.
Vaya uno a saber por qué mientras miraba sin ver hacia a un lado y al otro en busca de la librería perdida se le cruzaron por la cabeza las palabras de Herman Melville en el comienzo de “Moby Dick”: “Mi nombre es Ismael. Hace unos años, encontrándome sin apenas dinero, se me ocurrió embarcarme y ver el mundo”. Las había leído antes de subirse al avión, en la librería del primer piso del aeropuerto de Ezeiza, y pensó: “La historia de mi vida”.
Cuando estaba a punto de chocar con una mujer que venía cargada con la compra del supermercado y cara de pocos amigos, levantó la vista y con la habilidad de un esquiador suizo la esquivó con un golpe de cintura. Ahí se dio cuenta de que su destino estaba en la dirección contraria y volvió sobre sus pasos. En la primera esquina, a la izquierda, se encontró con una coqueto callejón peatonal llamado Cecil Court, a donde se metió sin dudarlo.
A ambos lados se elevaban los edificios de estilo victoriano que albergaban casas de antigüedades, estudios de arte, y lo que más le llamó la atención, varias librerías de viejo. Entró en la primera, una campanilla sonó ni bien empujó la puerta, aunque nadie salió a su encuentro. Estuvo un rato husmeando en las estanterías hasta que, ante su asombro, dio con un libro que hacía tiempo andaba buscando: “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melville.
No era una edición cualquiera, sino la de la colección de literatura fantástica La Biblioteca de Babel, que dirigió Jorge Luis Borges. Había visto muchas veces la tapa gris con la filigrana bordó que enmarcaba la ilustración de una pluma sobre un fondo de cielo celestey blanco, sí, la había visto muchas veces, pero nunca la había tenido en sus manos. La abrió y vio que era un ejemplar numerado, el 724, acarició la cubierta y lo devolvió a su lugar.
Nunca llegó al Museo Británico, se pasó lo que quedaba de la tarde revolviendo las mesas de saldos hasta que se hizo de noche y tuvo que volver al hotel. Su vuelo partía al día siguiente y tenía mucho por hacer antes de emprender el regreso. Mientras se dejaba llevar por la cinta transportadora a través del aeropuerto de Heathrow se preguntó por qué no había comprado el libro, si lo deseaba tanto, si parecía destinado a que fuera suyo.
Varios años después volvió a Londres, la ciudad estaba preciosa, aunque seguro lo era más antes. Fue acompañado, volvió a los mismos lugares que había estado la primera vez, los halló distintos, irreconocibles. Buscó la librería de viejo, el libro de Melville con prólogo de Borges, pero ya no estaban, en su lugar había una tienda elegante que vendía objetos de arte y ofrecía a los clientes un rico café humeante. No pudo evitar sentir cierta nostalgia.
Al volver al hotel, cansado después del largo día, se recostó un rato. Como no quería dormir, encendió la lámpara de la mesita de luz y entonces lo vio, era un paquete pequeño, envuelto con un papel de regalo sencillo. Al abrirlo se llevó la sorpresa de su vida, ahí estaba, esperándolo desde siempre, el ejemplar 724 de la colección La Biblioteca de Babel de “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville con prólogo de Jorge Luis Borges.
Alzó la vista sin salir de su asombro y, al otro lado de la habitación, se encontró con una sonrisa cómplice. Entonces supo, como sólo se puede saber una verdad revelada, que el destino no es sino que se hace y que la historia del viaje a Londres que hizo cuando era alegre y joven y que había contado hasta el hartazgo, era ciertamente mágica. El libro que tenía en sus manos era la prueba de que era así, el amor que sentía también.
Datos útiles
• Dónde parar: 54 Boutique Hotel, 54 Queen’s Gate, en el corazón de South Kensington, ambiente confortable y buena atención, 26 habitaciones con wi-fi libre. fiftyfourboutiquehotel. co.uk
• Qué visitar: Museo Británico, Great Russell Street, atesora la mayor colección de arte del Antiguo Egipcio y la sala de lectura más grande de Europa. britishmuseum.com.
• Imperdible: Watkins Books, 19-21 Cecil Court, librería de usado especializada en temas de ocultismo, esoterismo y metafísica establecida en 1901. watkinsbooks.co.uk