Cada una de las siete secciones que propone el nuevo libro sirvieron de guía para transmitir con calidez, naturalidad y gran sentimiento esas vivencias y anécdotas que marcaron su vida. Estas líneas llegan al lector a través de un relato testimonial de aquellas emociones que lo vincularon con los alumnos y alumnas, el encuentro con personas muy valiosas, las palabras pronunciadas en conferencias y seminarios dentro y fuera del país, su desempeño en los distintos niveles de enseñanza y la muerte de seres queridos.
En este reconocido trayecto dedicado a enseñar y formar profesores, Santos Guerra menciona aquella primera publicación, Yo te educo, tú me educas, escrita en el año 1982, y que sería el puntapié inicial de ese largo recorrido como escritor y transmisor de experiencias. “Ese libro se refería a los sentimientos y pensamientos de un director de escuela en el ejercicio de su tarea, esta nueva publicación es un puente que habla de las emociones de la profesión docente”, destaca durante la charla que mantuvo por videollamada con La Capital desde la ciudad de Málaga.
También explica que algunas experiencias no están relacionadas directamente con el trabajo en las aulas y que igualmente se vinculan de manera directa al mundo afectivo. El escritor, que mantiene una relación entrañable con la Argentina y visitó 135 ciudades, dedica varias páginas de su libro a relatar algunos encuentros y momentos vividos en el país.
¿Considera que el libro refleja parte de las memorias de este largo camino vinculado con la educación?
Tanto es así, que estuve a punto de subtitularlo “Testamento emocional” pero me pareció demasiado. Ante un momento donde los docentes están muy vapuleados en dos sentidos. Primero, por la administración educativa con muchas leyes, prescripciones y desconfianza, y condiciones precarias en los sueldos, escuelas insuficientemente dotadas y con muchos alumnos. Y por otra parte, con un fuego cruzado desde las familias y la sociedad con la idea de que la escuela tiene que hacerlo todo: educar para la paz, educar para el consumo, educar en la sexualidad y en los sentimientos. Por eso, he pensado que era importante mostrar esa cara emocionante, y no solo para el que enseña sino también para el que aprende, y destacar esas dimensiones positivas y optimistas de reconocimiento y satisfacción que tenemos los y las docentes. Me pareció que la mejor manera de hacerlo era contar la experiencia.
En este testimonio de experiencias educativas y en muchos otros, siempre dedica una reflexión y mensaje especial hacia las familias.
Todas las familias saben que si quieren dejarle hoy algo importante a sus hijos, más que dinero debe ser una buena educación porque les va a permitir defenderse en la vida, comunicarse bien y ser felices. La educación está en la escuela y nos enseña a pensar y a convivir, y tenemos que darles las herramientas para entender el mundo. Todas las piedras que los padres arrojan al tejado de la escuela caen sobre las cabezas de sus hijos.
Cuando se refiere a esa tendencia que tienen los seres humanos de compartir los problemas y fracasos mucho más que las experiencias felices, ¿no solo pasa con los docentes en el ámbito educativo?
Somos más dados a contar las dificultades que a compartir esas emociones que vivimos y que muchas veces por pudor o falsa humildad no las compartimos con los demás. Así los profesores podían encontrar un consuelo, una ayuda y reconocimiento de la sociedad por esa tarea que es tan importante y hermosa. En una cultura neoliberal que defiende y practica el individualismo, la competitividad y la obsesión por los resultados, la escuela tiene que ser una institución contrahegemónica, es decir que tiene que ir contracorriente, aunque siempre sea más fácil dejarse llevar.
¿Cuál es el mensaje más valioso que se propone transmitir a quienes empiezan a transitar su camino vinculado a la educación?
He trabajado muchos años en la formación docente y me preocupa mucho qué tipo de maestros, maestras y profesores formamos. Me parece dramático que un joven que recién se recibe se encuentre ya quemado, desalentado y se convierta en un mercenario que solo espera el pago de su trabajo, y que no ve en lo que hace algo hermoso, emocionante y valioso, porque entonces qué les espera a esos alumnos y alumnas. Y esto depende de cómo vive la experiencia cada persona. La actitud con la que nosotros vamos ante la vida es la que se multiplica a nuestro alrededor, y esto vale para todos los docentes de cualquier país porque las experiencias son similares. No he querido decir con este libro que esta profesión solo tiene alegrías, recompensas y emociones positivas porque también es una profesión difícil y bastante incierta donde existen dificultades o problemas, pero no es igual la manera de afrontarlos.
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Ya jubilado como docente, el pedagogo español sigue activo como conferencista y autor de numerosos escritos.
En el libro cita varias veces la primera de sus obras “Yo te educo, tú me educas”, quizás como el principio de este trayecto y el deseo de transmitir a otros las experiencias vividas.
Es un libro escrito en el año 1982, que responde a la cuestión de qué siente y piensa un director de una escuela en el ejercicio de su tarea, en un momento donde la escuela era el reino de lo cognitivo y la pregunta era cuánto sabés y has aprendido. En ese momento ya me planteaba que no somos unas máquinas de enseñar y aprender, que las personas tenemos sentimientos, y hablo de enamoramientos, vivencias, tristezas y alegrías. Esa publicación hizo el puente con esta última que habla de las emociones de la profesión docente.
El encuentro de personas que expresan su gratitud hacia sus escritos, conferencias y enseñanzas dentro del aula, también se multiplican en acciones.
Es curioso descubrir qué sucede luego de una conferencia, un artículo o un libro porque tú no sabes qué ha pasado hasta el final. A veces, incluso después de mucho tiempo, alguien te dice que atesora un libro tuyo en su mesita de luz o un profesor de Málaga me cuenta que una conferencia que escuchó siendo alumno de bachillerato lo llevó a la docencia. No todas las cosechas de la sementera de la educación son inmediatas ni son conocidas, pero existen y lo muestran estos testimonios.
¿Cuáles anécdotas y vivencias destacaría o quizás fueron más significativas?
Elegiría dos fenómenos que me han impactado, el primero es de quien fuera alumna mía de bachillerato y autora del prólogo del libro. Chis Oliveira también está jubilada y nos reencontramos luego de una conferencia cuando se acercó a contarme que se había propuesto hablarme sólo si consideraba que era la misma persona que ella recordaba y tenía guardada en su corazón. Por las influencias de aquellas clases de filosofía no sólo se convirtió en filósofa sino que es profesora y hoy alguien más sigue sus pasos. Es esa cadena que se perpetúa en el proceso educativo y se está multiplicando. La segunda vivencia es el escrito que dedicó a la profesora Vicky Heras, quien muere trágicamente en un accidente cuando me desempeñaba como director del Colegio La Vega (Madrid).
¿Quedaron experiencias y emociones pendientes de publicar en este libro?
Seguro, no se puede incluir cincuenta años en una publicación, podría haber muchos otros capítulos como el de los fracasos, porque también ahí hay aprendizajes. En todo este tiempo han pasado muchas más cosas, por eso digo que es una selección.
¿En qué momento personal y profesional lo encuentra hoy este libro?
Me jubilé a los setenta años, y lo que sucede al llegar a esta etapa es muy significativo, si a medida que se acerca uno a la jubilación, uno siente pena por todo lo que dejas atrás es muy distinto a estar diciendo y deseando abandonar esta tortura. Además de los años, a unos la experiencia les ha dado sabiduría, optimismo, humildad, y a otros le puede dar pesimismo, pereza y tristeza. Por eso me parece tan importante este planteamiento que les hago a los docentes para que disfruten de la belleza y la comunicación, que son indispensables para la profesión. Un maestro trabaja con sentimientos, emociones, valores y expectativas. Voy a contar algo que no tiene que ver con el libro pero sí con las emociones: desde hace 19 años, justo el día que nació mi hija Carla, escribo en un diario cada vivencia junto a ella. Se llama Déjame que te cuente y ya van diez tomos.