Fresnillo, en el Estado mexicano de Zacatecas, es una ciudad de unos 150 mil habitantes ubicada a 670 kilómetros al norte de la capital del país azteca. Allí se desarrolla una feroz lucha entre dos o más grupos de narcotraficantes por el control del negocio de la cocaína y otras drogas, no sólo para el consumo a nivel local sino como mercancía de exportación a Estados Unidos a través de su frontera sur.
Hace un par de días, en Fresnillo aparecieron ocho cadáveres semidesnudos colgados de sogas, algunos de un puente, otros de un árbol, en tres sitios distintos de la ciudad. Esa escenografía de terror (foto) se exhibió poco antes de que el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (Amlo) visitara esa región del país en un viaje programado. La coincidencia de la muestra pública de los cuerpos y la llegada del presidente no puede significar otra cosa que una señal mafiosa de los carteles de la droga para advertir que en sus territorios son ellos los que mandan. Esa modalidad de colgar cadáveres no es novedosa en México, lleva muchos años, y ya casi parece no sorprender.
Salvando las distancias pero con puntos que podrían ser coincidentes en un futuro no tan lejano, lo ocurrido en Rosario el domingo pasado cuando un restaurante céntrico fue baleado, y por milagro no hubo muertes, causó un gran impacto en la sociedad porque quedó demostrado que esa modalidad ya no sólo se desarrolla en zonas periféricas en el marco de la lucha entre bandas narco. También que no sólo se trata del control de la venta de drogas sino que el rubro delictivo se ha ampliado a niveles inimaginables, como la extorsión mafiosa a cambio de “protección” y la apropiación de viviendas, entre otros. Lo que tal vez no se quería ver o interpretar nada más como una guerra marginal llegó al centro y ya toda la ciudad es terreno fértil. Las balaceras a las estaciones de servicio, los ataques a las sedes de Central y al busto del fundador de Newell’s fueron señales claras en ese sentido en las últimas semanas, aunque tal vez esta situación tenga su punto de partida en el ataque a tiros que sufriera la casa del entonces gobernador Antonio Bonfatti en 2013, unos de los hechos de mayor gravedad institucional desde la reinstauración de la democracia.
No es casualidad que esta zona del país se haya convertido en un polvorín con crímenes y balaceras diarias. Es una región clave para el tránsito de la droga a todo el país y también sospechada como puerto “exportador” de sustancias prohibidas, como más de una vez se ha detectado aprovechando la hidrovía y la gran cantidad de buques que zarpan todos los días. A esto se suman los delitos que se planean desde las cárceles y una población empobrecida donde se encuentra con facilidad mano de obra para ejecutarlos. Y para redondear un cuadro que será de muy difícil solución, pese a los esfuerzos del gobierno provincial, se le agregan algunos integrantes de las fuerzas de seguridad que en lugar de combatir los ilícitos son socios de quienes los organizan.
La particularidad de la crítica situación en Rosario es de tal magnitud que hasta causa una triste hilaridad: la Justicia tuvo que crear una “unidad de balaceras” y nombrar a tres fiscales para que se dediquen exclusivamente a la investigación de esos delitos, el nuevo rubro que sacude a la ciudad y que sería difícil de explicar a un extranjero, aunque no precisamente a un mexicano.
Los especialistas en seguridad, las fuerzas federales que han llegado a Rosario y los distintos organismos de la Justicia seguramente estarán analizando cómo enfrentar este fenómeno violento por el cual caminar por la calle puede tornarse peligroso. Esta tragedia de inseguridad urbana trasciende a la responsabilidad de un solo gobierno, tiene ya varios lustros y en lugar de aquietarse tiende a expandirse, por lo cual hacer un pronóstico de su evolución es muy complicado. Pero sin dudas con sólo patrullaje policial y sin inteligencia criminal no habrá solución. No puede haber un móvil policial en cada cuadra de la ciudad. Hoy protegen a las estaciones de servicios y locales gastronómicos. Pero mañana otros rubros susceptibles de extorsiones podrían ser también los blancos de las balas.
Si se mira hacia atrás, los niveles de violencia con su carga delictiva vinculados al narcotráfico, pero también a otros ilícitos, crecen año tras año.
Siempre hay algo novedoso para sorprenderse, como las balas que ingresaron en el local gastronómico céntrico con mucha gente en su interior. La próxima sorpresa, por qué no, podría ser la aparición de cadáveres colgando de puentes o árboles, como en México.
¿Alguien está en condiciones de asegurar que eso no ocurrirá en Rosario en medio de esta espiral ascendente de violencia?
Sólo el tiempo podrá dar una respuesta.