—Empecé a estudiar las dinámicas de los barrios populares en Rosario en 2009, en una escuela del barrio Ludueña. Ese fue mi primer acercamiento fuerte a lo que en ese entonces, ya se empezaba a notar como una mutación muy general de los territorios periféricos de Rosario. A partir de 2012 nos metemos ya intensamente con el tema de la violencia y puntualmente con la violencia narco. Fuimos duramente criticados por los especialistas académicos y mediáticos. Habíamos conformado un colectivo llamado el Club de Investigaciones Urbanas y la primera hipótesis que elaboramos a inicios de 2013 fue que lo que se estaba constituyendo en Rosario era una vida narco, y que en la medida que se expandiera iba a provocar cada vez mayor cantidad de homicidios.
—¿Qué implica esa vida narco?
—Cuando hablamos de vida narco no decimos solamente que había narcotráfico, sino que había un modo de configurar los vínculos sociales en las periferias, bajo estéticas y códigos narcos. Es decir, que cada vez más había una disgregación o disolución de los lazos sociales, un proceso que se acelera en especial desde los 90 para acá. Pero a su vez ciertos lazos se estaban envileciendo. Por ejemplo, hablar de vecinos hoy en toda la ciudad, pero especialmente en algunos barrios, es un exceso. Ya no existe la idea de vecinos, no está más. Quedó en la forma de hablar, en los imaginarios, pero no hay más vecinos.
—¿A qué idea de vecino te referís?
—La vecindad como un espacio de socialización, de solidaridades mutuas. Modos colectivos de habitar un barrio popular. En 2013 decíamos que eso estaba desapareciendo. Y allí aparecen especialistas académicos y de los medios que se enojan mucho con nosotros, diciéndonos que estábamos sobrestimando el narcotráfico como la causa principal de los homicidios. Ellos se respaldaban en las estadísticas oficiales. En ese entonces les decíamos que desde un punto de vista cuantitativo las estadísticas les daban la razón, pero que era mirar una fotografía fija, porque si lo analizan en términos cualitativos y están en la vida de los barrios populares, esta vida narco de la que hablamos está presente y no va hacer otra cosa que expandirse. El tiempo pasó y el proceso cualitativo que veíamos en 2013 se une con el cuantitativo, y ahora todas las estadísticas oficiales y los especialistas tienen que admitir que la principal razón de los homicidios, la violencia letal en una ciudad como Rosario, está ligada a la narcocriminalidad. Obviamente esto también obedece a mutaciones antropológicas muy de fondo.
—¿Entonces lo que estamos viendo hoy es algo que estalló, pero que se venía anunciando desde hace años?
—Sí, porque en 2013 uno veía epifenómenos. Es decir, fenómenos más o menos aislados en los barrios. Nuestro principal epifenómeno, que nos permitió empezar a entender la mutación de los territorios en términos de una violencia cada vez más acelerada, fue que la militancia empezaba a padecer los barrios. Aquellos militantes, incluso los que viven en el barrio y eran referencias, en 2013 empiezan a estar sorprendidos y en parte atemorizados porque empiezan a surgir nuevas autoridades territoriales. Nuevos actores que ya no les permiten vincularse con los jóvenes como antes. Ya no les permiten caminar como caminaban antes los barrios. Ese fue el primer epifenómeno que permite ver una mutación civilizatoria.
—En estas mutaciones, ¿cómo estás viendo las infancias y que están gritando hoy los pibes de las barriadas populares?
—Quiero ser cauteloso porque hace muchos años que no estoy en la ciudad ni en los barrios populares de Rosario. Nunca es fácil esa pregunta con los jóvenes acerca de qué quieren o que no quieren. Nunca es cristalino ese diálogo porque tanto en Las partes vitales como en Chicas en fuga (su último libro, publicado en 2020) lo que detecté es que los pibes son muy astutos a la hora de vincularse con aquellos adultos que pretenden saber algo sobre sus vidas. Hay un concepto que yo utilizo que es el de “novela situacional”, que son aquellos discursos que los pibes y las pibas van modificando en los barrios de acuerdo a los interlocutores que los indagan. Entonces un chico o chica que se vincula con un académico que va a tratar de entender la violencia, seguramente cuente una novela acorde al deseo de este interlocutor. Lo mismo si va un periodista o un psicólogo que lo va a entrevistar para una beca. Va armar una narrativa acorde al deseo de su interlocutor. Me parece que las imágenes de dinamismo y ascenso social están más ligadas a tramas como la narcocriminalidad u otras, que se alejan de aquellas que históricamente tuvieron los sectores obreros en las barriadas populares. Esto es muy difícil de aceptar: que lo que hace feliz a un pibe se aleje tanto de ciertos parámetros que reinaban en el mundo escolar o militante. En la escuela se encontraron los primeros síntomas de ese choque. Ya el docente dejó de ser una personalidad relevante para los jóvenes. Esto ya lo veíamos en los 90, cuando irrumpe el mercado, las tecnologías, la digitalización de la vida y sobre todo el consumo. Pero no el consumo de sustancias sino el consumo como modo de vida y como modo felicidad. El consumo de cosas. Y sobre todo, cuando aparece la digitalización y el docente no es la figura adulta que garantiza los saberes necesarios para que un chico adquiera estrategias para vivir mejor. Creo que a partir del 2010-2011, en esta segunda década del siglo XXI, la militancia territorial empieza a padecer lo que ya los docentes padecían en los 90. Es decir, ya no son referentes ineludibles para los vecinos y tampoco para los jóvenes, ya hay otros actores y tramas que son más vertiginosas y garantías mucho más directas para llegar al dinero o a cierto estatus de respeto.
—¿Qué espacio de maniobra le queda a la escuela?
—La escuela hace mucho tiempo que tiene que reinventarse, lo que pasa es que la escuela es un ámbito anterior y siempre muy conservador, a la que le cuesta muchísimo los cambios, entonces nunca está acorde a las transformaciones sociales y mucho menos cuando la mutación de un territorio es tan vertiginosa. El territorio se modificó de manera acelerada y la escuela a paso de hormiga. Eso no significa que la escuela no tenga ninguna importancia. La escuela está, y los docentes en los barrios van luchando por construir ciertos vínculos. Me parece que lo que tiene que hacer es reinventarse. Pero ya no solo reinventar la escuela sino la adultez. Sino es imposible hoy entender las nuevas subjetividades juveniles.
—¿Notás una mirada adultocéntrica?
—Sobre todo es un adulto anacrónico, que mira desde una adultez que ya está destituida. Que existe nomás en un imaginario y que interpela a un tipo de joven que no existe. Ahí siempre hubo un ruido, el tema es que ese ruido se va haciendo cada vez más fuerte. En mi experiencia la docencia y las escuelas funcionan cuando hacen lo que históricamente no hacían, cuando inventan formas. Lo que pasa es que eso implica mucha valentía. Y no es fácil hacerlo, porque las tramas burocráticas son cada vez mayores.
—En tu último libro se juega el tema de la escucha a las pibas. Parten de una hipótesis que se les va reconfigurando.
—Sí, en Chicas en fuga tomamos dos decisiones muy ligadas a esto que decía anteriormente de la escuela. En una primera etapa solamente entrevistamos a adultos cercanos a las pibas que nos dieron toda su versión: trabajadores sociales, docentes, vecinos, padres, madres, amigos de la familia. Después vimos que no funcionaba y convocamos a las pibas. Y ahí tomamos dos decisiones: no vincularnos con ellas a partir de ningún tipo de taller, que no haya relación pedagógica con ellas o de transmisión de saberes; y tampoco las íbamos a entrevistar. Como los mecánicos que ponen unos tapones para ver cómo funcionan las cosas. Bueno, taponamos lo pedagógico y fuimos al encuentro con ellas, una especie de ranchada. Aún así fue muy difícil, porque teníamos una serie de hipótesis previas de por qué estas chicas de la villa 1-11-14 desaparecían por días o semanas. Las hipótesis era que estaban ligadas a posibles redes de trata o el narcotráfico y durante muchos meses todo lo que les preguntábamos de manera informal iba en esa dirección. Tratábamos de escuchar eso y no podíamos en realidad entender que, lejos de no hablar como creíamos, las chicas estaban contando demasiadas cosas. Una de esas era porque había una vida al interior de su casas que era insoportable, padecían encierros por ser mujeres y porque vivían en un barrio muy picante. Estaban encerradas, cumplían tareas domésticas y en algunos casos había violencia intrafamiliar de manera muy dramática. Las chicas iban contando cómo iban transgrediendo esos encierros, esos mandatos. La propia escuela para ellas era una buena excusa para irse de las casas, porque nadie les iba a decir nada y era una de las pocas excusas legítimas para rajar de sus hogares. Pero a la vez, en la escuela no la pasaban bien, les interesaba poco lo que ocurría a nivel pedagógico o los vínculos con los docentes, salvo con aquellas que eran piolas y se ponían en otro lugar. Entonces lo que hacían en esos traslados desde la villa hasta la escuela era ganar tiempo, o hacer pequeñas mentiras para poder tener espacios de libertad y autonomía. Y en los casos ya más radicalizados, lo que aparecía eran fugas no de dos o tres horas, sino que se iban por días o semanas, lo cual era muy peligroso.
—El deseo de salir, incluso aún con los peligros que había en el barrio.
—En un momento descubrimos que había un boliche en Liniers, un barrio vecino al Bajo Flores, que las chicas referenciaban mucho. Nos empezó a llamar la atención este boliche y su peculiaridad era que tenía una matiné de lunes a viernes desde las dos hasta las seis de la tarde. Claro, las chicas se rateaban, se llevaban ropa en las mochilas, se cambiaban en un bar y se iban al boliche en el horario de la escuela. A las cinco, cuando terminaba la escuela, salían y volvían a sus casas. ¿Por qué era importante eso? Porque lo que notamos es que este boliche era capaz de leer de manera muy lúcida las subjetividades adolescentes femeninas. No digo que estaba bien el modo en que lo leía o lo resolvía. Pero abría el boliche en un horario perfecto para estas chicas, que no podían salir a la noche ni la tardecita, y las chicas lo aprovechaban. En cambio a veces desde la militancia social, cuando decíamos qué hacemos para que las pibas la pasen bien organizábamos una jornada de juegos, vóley, fútbol o algún taller de serigrafía. Pero las pibas quieren ganarse la vida, quieren tener relaciones, bailar, divertirse. Por eso digo que todo el tiempo aparece una dificultad, que no ha hecho más que radicalizarse en los últimos años, entre la militancia o la escuela y las nuevas subjetividades juveniles, por la digitalización y la mercantilización de la vida. Pasa en todas las clases sociales, pero en los barrios populares tiene ciertas particularidades, y una de ellas es que la violencia letal allí está muy presente.
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Foto: Héctor Río / La Capital
—¿Cómo perciben los pibes la mirada ajena y los estigmas sociales?
—Por supuesto que sienten profundamente los estigmas, eso es claro. Creo que cualquier pibe de una barriada tiene mucha conciencia de los niveles de violencia porque la padece, es muy difícil caminar un barrio. Y si sos parte de alguna banda narco por supuesto que lo sufrís en carne propia y también padecés los temores y disputas, pero a la vez conocen que hay una estigmatización. Que no transgredan ciertas áreas y no vayan al centro o al shopping. Muchos sectores de la política, el empresariado y de la sociedad civil lee y cree que la solución es mayor represión y exclusión. Generar una especie de guetos de pobres que disputan sus vidas de manera letal. Pero también aparece en los chicos mucha vitalidad y capacidad para jugar un poco con esa mirada externa del barrio, ya sea de un militante, un periodista, un académico o de un funcionario. Son muy astutos y astutas, por eso a veces es muy difícil vincularse. Uno cuando va a un barrio siempre tiene miedo de que no hablen cuando les das el micrófono, pero para mí peor es que hablen mucho y digan lo que vos querés escuchar. Estas novelas situacionales de las que hablaba antes. El pibe es pillo, sabe que el barrio está estallado, que hay violencia, que hay mucho interés y que empiezan a haber becas, dinero para infraestructura, pero también represión. Entonces cuando hablan con distintos actores van acomodando su discurso a eso. A un pibe, protagonista del primer libro que escribí, un día le gestionamos una beca. Estábamos muy nerviosos porque le iba a hacer una entrevista una psicóloga. Salió a los diez minutos. “¿Fue difícil, te trataron mal, te discriminaron?”, le preguntamos. Nos miró muy suelto de cuerpo y nos dijo: “Re fácil, me preguntaron lo de siempre para las becas, si soy pobre, cómo está compuesta mi familia, si estoy ligado a alguna banda... una pavada”. Ahí nos dio la pauta que tenía ya un ejercicio. En la práctica son recontra pillos. Los pibes no son pasivos, tienen sus estrategias y luchan para vivir en ese marco. A veces vivo con preocupación esa vitalidad. La vitalidad es como el deseo, no es sinónimo de algo productivo ni beneficioso para los pibes, ni para su comunidad. Alguien puede ser vital o sentir vitalidad matando, robando, amenazando. El deseo también puede ser un deseo de muerte y de matar, y la vitalidad también. Entonces, hay vitalidades más interesantes que logran realmente transgredir los mandatos que hay para estos pibes. Y después hay vitalidades que son muy nefastas. Un pibe enfierrado controlando un búnker de drogas o haciendo sicariato también es un pibe vital, pero de la peor manera.
—La salida pasa entonces por aprender a reconducir esas vitalidades, desde la escuela o desde las organizaciones sociales?
—Reconducir suena demasiado unida a la manipulación. Entiendo lo que decís, pero creo que más bien es entrar en diálogo con esas vitalidades. Y tratar de ver qué se hace con esa energía vital. Aunque uno encuentra también en los barrios mucha depresión. Esto es algo que no se dice, porque en general la imagen que tenemos del pibe o piba de los barrios es que están de caravana, a los tiros o en la esquina escuchando cumbia, pero también hay mucha angustia, miedo y desolación. Pero allí donde aparece vitalidad hay una oportunidad. Porque la vitalidad en definitiva es una carga de energía. Por eso digo que es tratar de entrar en diálogo y ver qué se puede hacer en torno a eso, sobre todo que ese ser pillo sea algo productivo y no los ponga en peligro. Ni a ellos ni a otros.