María Marciani: Quien llega a un análisis lo hace con un sufrimiento
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María Marciani: "Quien llega a un análisis lo hace con un sufrimiento"

Es una reconocida psicoanalista de orientación lacaniana. En extenso y profundo diálogo con La Capital evocó su formación y reflexionó acerca de la práctica y su capacidad para incidir en este difícil presente
20 de marzo 2024 · 06:10hs

María Marciani sube por las escaleras hasta su consultorio. Tiene puestos una camisa blanca, una pollera de jean y zapatos negros con detalles metálicos. Abre la puerta y se sienta en una de las esquinas. El espacio tiene forma rectangular. Detrás suyo, una biblioteca ocupa toda la pared.

La biblioteca de un consultorio es una carta de presentación. Mientras la entrevista transcurre, los estantes cobran vida. La entrevistada se para, busca un libro, constata una fecha y sigue. Después busca otro, comparte un fragmento y lo utiliza para ejemplificar una respuesta. Los seminarios de Lacan están ubicados en orden, del primero al último y al alcance de la mano. La traducción del Ulises de Joyce también reluce en su lomo color bordó en un estante más arriba.

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Marciani es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana Sección Rosario y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. En este diálogo atravesamos su relación con el psicoanálisis a lo largo del tiempo y cuáles son, desde la clínica, las herramientas para pensar el presente que toca vivir.

¿Qué es para vos el psicoanálisis?

Lacan dice que el psicoanálisis es una práctica-clínica para sentirse mejor. Esta definición rompe con muchas cuestiones que podrían haber sido estandarizadas. Pone el acento en el analizante en el punto donde algo se tocó en el análisis y hay una mejoría estable, que impide la repetición del padecimiento. Esa es la respuesta que elijo en este momento de formación, análisis y práctica. Creo que es la definición que nos conviene pensar en función de las dificultades y los síntomas de la época.

¿Es posible sentirse mejor?

En mi caso verifiqué que hubo un sentirme mejor. Muchas veces el psicoanálisis se racionaliza mucho. Lacan al principio, estructuralista, buscaba matematizarlo, como lo hizo Freud también con la medicina. Pero sobre el final de su enseñanza Lacan pone el acento en cierto sentirse mejor, y eso es algo que el analista aprende del paciente. Es un sentirse mejor con lo que después uno sabe hacer en la vida. Es algo que no es momentáneo, es un saber, en el plano del sentir, que se puede utilizar en distintas circunstancias, que se vuelve útil.

Para mí el psicoanálisis ha sido eso, encontrarme con la posibilidad de sentirme mejor en la vida, de poder sentir la vida y a partir de ese sentirme mejor, poder armar respuestas diferentes frente a lo que era muy mortificante para mí.

¿Qué era tan mortificante?

Nací en 1962 y crecí en los 70 con la militancia política de mis padres que ya venían con una historia previa. También fui a una escuela religiosa. Por esas dos vías, tanto de la militancia política, como la vía de la religión, la severidad del deber ser, del superyó como le decimos los psicoanalistas, fue muy fuerte. Frente a lo político había que sacrificarse por los ideales y frente a la religión había que sacrificarse por la obtención de la vida eterna. Dos vías muy complejas que se transformaron en dos razones por las que llegué al psiconálisis.

¿A qué edad te diste cuenta de que te interesaba practicarlo?

En la adolescencia. La militancia de mis padres era con personas de psicología, abogacía y filosofía, y un día, por manos de un conocido, llegué a un libro donde había otra cosa que no era ni la militancia ni la religión. Recuerdo que era un libro de Alfredo Moffatt, Psicoterapia del oprimido, donde él contaba la experiencia de la Peña Carlos Gardel en el Borda, el psiquiátrico histórico de Capital Federal.

El libro es la experiencia a partir de la cual un grupo de trabajadores se las ingenió para darles la palabra a los internos del psiquiátrico. Este era un lugar donde había un mutismo generalizado, donde se aglutinaba gente de distintos lugares del país, una población muy humilde. La creación de la Peña Carlos Gardel empieza, mediante la música, a lograr la circulación de la palabra.

¿Cuando llegás a ese libro tomás la decisión de empezar a estudiar psicología?

Hasta ese momento estaba entre abogacía o psicología. Pero tuve la suerte de encontrarme con una docente en la secundaria que nos dio para leer El yo y el ello, cuando empiezo a leer Freud logro sacarle otro jugo a lo que había leído de la Peña Carlos Gardel.

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Sigmund Freud,

Sigmund Freud,

¿En qué año te recibiste?

En 1985, pero comencé a analizarme tiempo antes. Cuando empiezo la carrera estábamos en la dictadura, 1979. Los primeros años fueron muy duros. Ahí empecé un análisis con alguien cercano a la IPA (Asociación Psicoanalítica Internacional), era un espacio ortodoxo que duró unos años. Ese análisis me ayudó a terminar la carrera e ingresar en algunos grupos de estudio pero el psicoanálisis verdadero lo encontré por fuera de la Facultad. En la carrera, en esa época, no daban nada de lo que yo esperaba encontrar.

¿Tu decisión de ser analista llega antes o después de recibirte?

Antes, mi formación empieza con el análisis, los grupos de estudio y mi decisión de acercarme al ámbito asistencial. En diciembre de 1985 me recibo, al año siguiente empiezo a viajar a Buenos Aires para formarme, escucho por primera vez a Jacques Alain Miller y comienzo otro análisis de orientación lacaniana en Rosario.

¿Por qué nombrás el trabajo asistencial como una razón para tu llegada al psicoanálisis?

Es que cuando comencé a trabajar profesionalmente lo hice en el ámbito asistencial, y lo que veía como eficaz a la hora de intervenir e inventar dispositivos de atención con otros era por la vía del psicoanálisis.

Cuando llego al Instituto del Campo Freudiano me involucro con mayor profundidad en la cuestión de la infancia. Ahí me acerco a lo que se conocía en ese momento y también ahora como Cien (Centro de Estudios Interdisciplinario sobre la Infancia), una idea de Jacques-Alain Miller y su mujer Judith.

¿Ella estuvo en la Argentina?

Judith fue la que se ocupó de llevar y sostener el psicoanálisis en distintas partes del mundo. Lo hizo por la vía de las bibliotecas. Ella fundó y alentó esas fundaciones. Así funcionaba en ese tiempo, primero se forma una biblioteca, después se aportan libros y por último se forman las escuelas. En muchos lugares de Brasil y Argentina fue así.

Con Judith aprendí muchísimo. Ella era la que dirigía el Campo Freudiano, y nosotros éramos parte del Instituto del Campo Freudiano, entonces todas las reuniones que teníamos para armar los proyectos eran orientadas por ella, que tenía una decisión de incluir las nociones del psicoanálisis en lo social y un gusto por el trabajo con los otros discursos.

¿Qué hacían en esas reuniones?

En ese entonces dirigía varios talleres de apoyo escolar en Santa Fe, uno específico era en un club de un pueblo, ahí inventamos un dispositivo éxtimo a la escuela con chicos no escolarizados, con problemas de conducta y aprendizaje, y empiezan a pasar cosas maravillosas.

De esa experiencia escribí un trabajo, que se selecciona para exponerse en un Congreso internacional de la AMP (Asociación Mundial de Psicoanálisis) en el Sheraton Hotel de Buenos Aires. Lo había llevado para leerlo y un rato antes Judith Miller dice que tenía que comentarlo sin papel. Lo presenté en una mesa junto a Daniel Roy y los comentaristas fueron Eric Laurent y Alexandre Stevens, de los cuales aprendí mucho respecto de la posibilidad de los efectos psicoanaliticos en dispositivos institucionales, aun allí donde la intervención no es del analista sino efecto del trabajo interdisciplinario que se llevaba a cabo con docentes, médicos, asistentes sociales, abogados y otros. Después de ese trabajo comienzo a formar parte del grupo de coordinación del Cien en Latinoamérica y ese grupo tomó forma de cartel con el tiempo

¿Qué son los cárteles?

El cartel es un dispositivo, un órgano base de la Escuela de Orientación Lacaniana. Es una invención que apunta a que se eviten los efectos de grupo en la formación del analista. Está conformado por cuatro personas más una. El más uno es elegido por los cuatro cartelizantes y es quien provoca el trabajo, en general, es quien más concernido está en el trabajo de la Escuela. Cada cartelizante define un rasgo dentro de la temática que se ha elegido para investigar y trabaja durante dos años sobre el mismo. Producen textos y exponen en jornadas. Esto tiene que ver con una lógica: el corazón de la escuela es que no se sabe qué es un analista y el cartel permitirá la elaboración colectiva de saber, por eso es órgano de base, la Escuela es ese lugar de elaboración colectiva.

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Misteriosa media sonrisa. Jacques Lacan.

Misteriosa media sonrisa. Jacques Lacan.

¿El analista no es un ser?

Lacan rompe con la idea de ser analista, con la estructura piramidal de la IPA, donde sí se sabía qué era un analista, donde todos tenían que identificarse con un ese que era “el analista”. Todos los días de análisis, cuarenta y cinco minutos exactos, un formato rígido. Lacan rompe con eso y pone en el centro de su escuela esa pregunta murciélago en el centro. No se sabe qué es un analista, se verifica en los efectos de su acto cada vez, si hubo o no analista se verifica en la clínica en los efectos que tuvo su intervención si tocó algo y produjo un cambio en el analizante. A mí eso es lo que más me atrapó del psicoanálisis. Porque hay que inventarlo cada vez. Hay que volver a los textos de Freud y Lacan, todo el tiempo, leyéndolos a partir de la clínica.

¿Y cómo sigue desde ahí tu recorrido en el Campo Freudiano?

En 2000 presento ese trabajo en Buenos Aires y tengo una devolución en la revista El niño por Eric Laurent. Cuando él hace esa lectura me retrotrae a una conferencia que da Juan Carlos Indart en Rosario, respecto de los efectos analíticos y el fin de análisis, de cómo pensar el final de un análisis. Eso me queda resonando y al poco tiempo decido analizarme con él, y desde esa fecha hasta ahora. Ser analizante es ser responsable de su síntoma y un analista es quien sostiene esa posición, que es motor, no solo de su propio análisis, sino de su formación, y su apuesta a la Escuela, en mi caso de la Orientación Lacaniana.

¿Con el tiempo dejaste lo social y te dedicaste mayormente a la clínica?

Lo que dejé fue el trabajo en las instituciones asistenciales, ya no me convocaron los proyectos existentes, pero nunca deje lo social, porque el psicoanálisis no es una práctica individual, siempre tenemos que estar a la altura de la época para poder escuchar. Seguí supervisando a colegas del ámbito asistencial, di cursos de formación en hospitales, discusiones clínicas y como siempre sostuve mi práctica clínica, en los últimos años, siguiendo ese hilo que Lacan formaliza en su última enseñanza respecto al sinthome.

En el Seminario 20 Lacan había trabajado las formas de la sexuación, un instrumento valiosísimo, un gran recurso para entender la clínica, ya había formalizado los grafos, los discursos y ahora avanzaba con las fórmulas con la lógica modal. Sin embargo en el Seminario 21 dice “recomienzo”. No es que lo anterior no fuera más sino que lo que dijo iba por un camino que conducía a una encerrona. La ambición de Lacan era que el psicoanálisis produjera un cambio, que tocara algo de lo real.

Ahí empieza a teorizar la cuestión de los nudos, una topología con más precisión, para llegar al Seminario 23, donde toma como modelo el paradigma de Joyce. Ese empalme con la literatura es interesante, no para analizar al artista sino para aprender de él.

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James Joyce.

James Joyce.

¿Qué es lo que plantea Lacan sobre Joyce?

Estamos hablando del Seminario 23 del año 1976. Lo que Lacan rescata de Joyce es que el personaje principal se inventa una vida sin contar con el nombre del padre como síntoma principal. Inventa una escritura, que le permite armarse un yo de suplencia para anudar el imaginario corporal.

Hay una escena en El retrato del artista adolescente que relata una paliza. El personaje sale de ese acontecimiento y no siente el cuerpo, el cuerpo se desprende, dice, como la cáscara de una fruta madura, ese cuerpo que se desvitaliza, no tiene cuerpo para afrontar las escenas de la vida, este desanudamiento, si permanece, es lo que nos impide armarnos un cuerpo, una imagen del cuerpo y un universo simbólico para sostenernos en la vida, Lacan aprende de Joyce cómo inventar su propio modo, su propio sinthome, que no es por la vía de los ideales, es decir la vía del padre.

Hoy encontramos mucho de esto en la clínica. La gente le llama depresión pero creo que tiene que ver más con esto que Lacan plantea acá. Creemos que tenemos un cuerpo pero en realidad el cuerpo en cualquier momento “levanta campamento” es decir, se pierde el sentimiento de vida que anima al cuerpo. Tengo un cuerpo que me puede abandonar, eso es lo que dice Joyce y que Lacan teoriza, rearmar, anudar, empalmar y suturar eso es un análisis, esa es una experiencia única que es posible en el encuentro con un analista. Es fundamental pensar los síntomas de la época sobre este giro que da Lacan. Esa cara del goce que no se interroga. Son casos que si vos querés ir por la vía del viejo refrán psicoanalítico “¿y a usted qué le parece?” no vas a ninguna parte. Entonces la pregunta está ahí, ¿cómo tocar en los primeros encuentros ese punto de padecimiento? Y las maneras para hacerlo son de las más inventivas.

¿El sujeto que plantea Lacan para la clínica está inspirado en Joyce?

Lacan deja la noción de sujeto y comienza a hablar del parlêtre. un cuerpo que habla, cuerpos hablantes. Plantea que somos hablados, eso es el inconsciente, ser hablados por el otro. Entonces no hay una división entre lo social y lo singular, por eso también me interesa la clínica desde esa lectura.

El interés por la locura en cualquier ámbito tiene que ver con un interés por lo social. Me interesa ese mecanismo psíquico que hace que dos personas en mismas condiciones y situaciones, por ejemplo, un caso de dos hermanos en una familia, en uno haya una aparición de psicosis y en otro no. Esa insondable decisión del ser, dice Lacan. Me interesa investigar cómo alguien bajo condiciones tremendas puede encontrar un hilo que lo amarre a la vida y no quede estragado.

Por eso insisto, en los testimonios del pase uno lee cómo el psicoanálisis le salva la vida a cada quien de la mortificación de la cual viene. Porque somos hablados por el otro y hay que desprenderse de una gran escoria para localizar algo del síntoma más propio.

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¿Cuáles son los síntomas que aparecen en este momento histórico?

El síntoma no aparece como antes, como algo de lo cual el parletre se queja o se hace una pregunta. Ya no es el síntoma como lo entendía Freud, ese compromiso, esa formación del inconsciente que irrumpía como lo plantea en Psicopatología de la vida cotidiana.

Estamos en un momento histórico donde el síntoma se presenta en su cara más gozosa. Su núcleo de repetición es un padecimiento puro que no hace cadena, que no se interroga, que no ve al otro en el sentido de la interrogación, es un goce más solitario. Es el analista el que tiene que apostar al síntoma, tiene que insistir ahí, por eso la noción de sinthome es crucial en la época de la caída del padre, si no existe el riesgo de instaurarlo nuevamente y no ir más allá del padre, para eso el analista tiene que formarse.

¿Hay una decadencia de la figura del padre en esta época?

En 1938 Lacan decía que la decadencia del padre iba a generar nuevos síntomas. Los analistas no somos nostálgicos del padre. La lógica del nombre del padre y la castración trajo consecuencias nefastas. La segregación no resuelve nada. El superyó es un goce, una forma oscura. La mortificación por los ideales, una lógica que se llevó puesta a mucha gente. En nuestro país sabemos lo que fueron los 70, un gran sufrimiento y padecimiento. No es que uno no tenga que tener ideales, sino que si esos ideales no se anudan a la vida y producen algo, van directo a la muerte, a los fundamentalismos, a los dioses oscuros. Lacan en su última enseñanza teoriza sobre la lógica del no-todo. Que es una lógica diferente, que no se rige por la segregación, y plantea que hay otra posibilidad de amarre para el humano y que ese amarre es el sínthome, que participa de una lógica no-todo.

El síntoma es el que salva del todo...

Quien llega a un análisis llega con un sufrimiento. En la época actual llegan personas con mucha angustia, pasajes al acto o actings outs, lo que llamamos como patologías del acto, adicciones, agresividad, hiperactividad, consumos de todo tipo, angustias que han llamado ataques de pánico, cansancio, depresión, esos son los síntomas.

Eso ya es una construcción, un armado. Entonces la pregunta es qué justifica que uno se meta con eso. Y uno se mete con eso porque algo de eso le impide la vida, los deja fuera de juego, son síntomas incompatibles con la posibilidad de la apuesta a la vida, más bien pulsión de muerte desatada.

El tema es que meterse con ese síntoma se justifica en la medida en que alguien consienta en hacer un análisis, es decir poner su síntoma al trabajo y para eso tiene que haber un analista que formalice algo de eso. Alguien que toque ese punto de sufrimiento y lo aloje para que se dé un amor inédito, un amor nuevo, que es el amor de transferencia.

¿Hay lugar para el síntoma en este contexto?

En el capitalismo todo es valor de cambio, todo tiene su precio y su costo, todo tiene su valor para entrar en el intercambio. Necesario por un lado, porque da la posibilidad de tener cosas en común, pero no puede ser lo único. El capitalismo explota solo esa dimensión. Una dimensión en donde se anula y borra lo singular, que, en contraposición, tiene que ver más bien con un valor de uso. El síntoma no puede ser intercambiable, no es que vas a ir al analista y vas a salir con un síntoma nuevo porque ese que tenías no era muy agradable o adecuado, sino estar advertidos de cuál es el goce que nos habita y cuáles son los amarres, síntomas singulares que nos son útiles para la vida.

¿Hablar del contexto social o económico es una especie de justificación para no analizarse?

El analista tiene que ir sobre eso que se ha construido como defensa frente a ese poder sentirse mejor. El análisis es la construcción hacia un goce más amable. El sufrimiento no es intercambiable. Eso tiene que ver con los encuentros contingentes en la vida que uno ha tenido y de los que se ha agarrado, de los que se ha servido. Sobre el final de su enseñanza Lacan dice que prescindir del padre es posible pero primero hay que servirse de eso, de lo que ha funcionado, lo que ha operado como amarre, pero no para quedarse pegado en la religiosidad de esa figura sino para inventar una vida común más propia. Es posible más allá del padre pero a condición de servirse del mismo.

Pero qué puede decir el psicoanálisis de esta época...

Hay que tratar de pensarlo. Lacan habla de la cicatriz del padre en 1957, ahí él ya decía que el porvenir de los mercados comunes iba por la vía de la segregación absoluta. El capitalismo y el mercado iban a unificar el mundo pero los fundamentalismos iban a resurgir.

La cicatriz del padre no se evapora tan fácilmente y la vía del orden es cada vez más feroz. Cuando hablo de los 70 pienso en lo que pasó, en la idea de querer cambiar las cosas y en ese orden que vino a arrasar con todo. Pero también pienso en eso que Lacan les dice a los estudiantes del Mayo del 68 en las escalinatas de la universidad en Francia, esos jóvenes también estaban en búsqueda de un nuevo amo y eso sucedió. La revolución también es segregativa, es volver a imponer un orden.

El psicoanálisis puede leer los procesos sociales pero en un análisis uno no va a creer en el hombre nuevo, porque en un análisis uno se da cuenta de que los humanos estamos jodidos por estructura y que no vamos a ser ni buenos, ni nuevos. Porque nos habita el lenguaje y eso implica un goce que siempre se repite, que va a insistir, que es pulsión de muerte, Freud lo menciona así.

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¿La psicosis es un paradigma para pensar la época?

Hace unos años estuve haciendo un seminario con un grupo de colegas sobre psicosis ordinarias. Es un término acuñado por Miller para revisar la noción de psicosis a finales de los 90. Veníamos de leer el Seminario 3, que nos había servido para ubicar la forclusión del nombre del.padre en la psicosis pero en la última enseñanza de Lacan, nos habla de una forclusión generalizada, no hay de dónde agarrarse, el padre es un sintoma más y uno cada vez más en desuso. Por eso sobre el final puede tomar como paradigma a Joyce incluso para pensar la neurosis desde esa perspectiva

Lo que entendíamos era que en la psicosis lo que no opera es la vía principal que es la operación del nombre del padre. Eso estaba forcluido y por lo tanto hay un retorno en lo real de lo que tendría que haber sido reprimido. Entonces el retorno es la alucinación en la forma que sea, los delirios y los fenómenos en el cuerpo, donde paranoia, esquizofrenia y melancólicas eran las.consecuencias

Hay una revisión de eso en la última enseñanza cuando Lacan teoriza a Joyce, para pensar desde la psicosis que todos somos locos, todos somos delirantes, dice Lacan. Refiriéndose a que todos necesitamos darle un sentido a lo que no tiene sentido, que es la vida misma. Ese sentido es un poco siempre delirante. Hay un delirio singular de cada uno. Pero ese delirio nos puede permitir vivir o tomar un sesgo redentor y despegarnos de los delirios comunes y relativizados o posibles de alguna dialéctica

El problema es que en la actualidad hay un delirio todista, un delirio que no permite ser usado para las distintas cuestiones de la vida, ahí es cuando podemos hablar del loco, ese que las hace y se las cree, ese que hace de ese delirio una certeza.

Pensemos que eso hoy en día nos toca muy de cerca, alguien que viene y cree que va a crear un nuevo país, y que ese país va a ser una potencia. Esa lógica de la redención es peligrosa. Lacan dice que hay que revisar eso.

¿Hay herramientas para la psicosis desde el psicoanálisis?

Al principio fue bastante frustrante. Cuando iba a supervisión, mi primer analista decía que en esos casos no había mucho para hacer. Cuando empecé a trabajar en espacios asistenciales no sabía de qué se trataba la psicosis y las herramientas que tenían que ver con la neurosis. Era muy difícil en los 80 pensar el psicoanálisis y la clínica de la psicosis, en los circuitos no asistenciales. Eso cambió muchísimo.

El trabajo con los institutos del campo freudiano y las elaboraciones de las Escuelas de la AMP fueron fundamentales para ampliar la posibilidad de intervención del psicoanálisis más allá de la neurosis.

Para eso tenemos que aprender e invertir la cosa: aprendemos de los arreglos sintomáticos que hace ese que viene a consultarnos y le damos esa dignidad. El saber está ahí. Ahí se invierte la ecuación. El saber que tiene el analista es algo a destituir por el analista mismo en primera instancia, es el analista el obstáculo. A su vez, Lacan no piensa el análisis como interminable, su decisión era llegar a pensar que el saldo de un análisis le podría permitir a alguien salir del dispositivo con un saber hacer con su síntoma y prescindir del analista, ese es el horizonte, y es el analizante quien ubicará ese punto de basta.

Lo enseña Joyce y lo toma Lacan. Freud también decía algo parecido, construir ese coraje para ir más allá de lo que está instituido. Joyce enseñó que una persona se puede salvar con un artefacto que se inventa para sostener su vida. Por ejemplo, cuando escribió Finnegans Wake, un texto inentendible, decía que lo más importante de ese texto fue la diversión en la escritura, el juego con el lenguaje. Hay un poema de Borges, Invocación a Joyce, que dice que los que no pudieron hacer eso que él hizo, igual, leyéndolo van a sentirse agradecidos.

¿Cuál es el sentido del psicoanálisis?

Hay una obra brillante de Beckett que se llama Final de partida. Un padre y una madre están en dos tachos de basura, hay un hombre que está incapacitado con su sirviente, el contexto es que el mundo se ha terminado después de una guerra, y el sirviente tiene que decidir qué hacer, si se va y deja ese lugar atrás o no, pero para hacer eso tiene que abrir la puerta y ver qué pasa ahí afuera. El psicoanálisis es un poco eso, abrir una puerta después de un mundo que se ha derrumbado.

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