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“El teatro es mi refugio, siempre lo fue, es donde me sentí contenido. Yo soy un actor que se formó esencialmente en este ámbito, pero a partir del año 93, mi carrera empezó a ir de la mano del cine y de la televisión. Comencé a producir mucho para ambos medios y considero que los tres espacios fueron una gran escuela, que terminó de formarme profesionalmente”, expresó Machín a Revista Sociedad.
El presente lo tiene viviendo desde hace más de dos años en el barrio porteño de Colegiales, junto a su mujer, la actriz Gilda Scarpetta, y sus hijos, Lorenzo y Aurora.
Además encuentra sumergido en varios proyectos a los que dedica gran cantidad de horas por semana. Por fuera de la gira teatral que lo traerá de nuevo a los escenarios locales, Machín arranca el lunes el rodaje de una nueva película, “Mensaje en una Botella”, mientras participa de otro largometraje: “La luz de las Bengalas”. También está rodando la nueva novela de Polka, “Buenos Chicos”, que se estrena a finales de agosto por la TV.
Descubrir la pasión
Fue en cuarto año de la secundaria que Machín tuvo un contacto directo con la actuación. Habiendo cursado estudios primarios en la escuela “Normal n°3. De adolescente se cambió al colegio “Comercial Manuel Belgrano", que quedaba emplazado en el mismo predio. Eran años difíciles, con la democracia a la vuelta de la esquina, pero transitando los últimos tiempos de la Dictadura Cívico Militar, y fue entonces cuando el rosarino conoció a quien sería su primer gran maestro, el actor Miguel Franchi.
“Teníamos una directora, Mireya Bottone, una persona que se dedicaba a la escritura y tenía mucha curiosidad poética. Fue ella quien permitió el ingreso de Miguel a la escuela. Cuando todavía había muchos cargos jerárquicos de docentes vinculados a la dictadura, Mireya le habilitó el espacio de creación y con un número importante de estudiantes nos enganchamos en las clases, rememoró Luis.
Después vinieron los talleres en el Centro Rosarino de Investigación Teatral, dirigido por Pepe Costa, donde realizó cantidad de obras, entre las que destacan Imarca y Los de la mesa. A su vez, en 1986 comienza a estudiar en la Escuela Nacional de Teatro de Rosario, siendo parte de la primera camada que egresa en el año 1989, luego de tomar clases con artistas de la talla del intérprete David Edery y de la ex ministra de Cultura de la provincia, “Chiqui” González.
Por esos años, Machín tuvo la oportunidad de participar de un hito histórico para la ciudad que fue la filmación inicial de un largometraje local. Se trató de la película “De regreso (el país dormido)”, coproducción de Cuba y de Argentina, filmada por Gustavo Postiglione, quien escribió el guion en colaboración con Héctor Molina. La pieza tuvo estreno en el año 1991 y Machín interpretaba a uno de los amigos del protagonista (encarnado por el propio Molina), en lo que eran sus incursiones por la gran pantalla.
Ese mismo año, se lanzó con un grupo de compañeros a cruzar el otro lado del charco, haciendo giras por España. Con Analía Ortiz, Jorge Carrara y Carlos Schwaderer hicieron teatro de títeres, paseando por distintas ciudades como Madrid, Zaragoza, Bilbao y Barcelona, esta última donde de se establecieron durante algunos meses. Tras esa experiencia, le llegaría el turno de volver con la obra “Malvinas, Canto al sentimiento de un pueblo”, autoría del director Néstor Zapata y con la cual recorrieron las Islas Canarias y otros países como Venezuela.
“Siempre me sentí muy vinculado a un lenguaje nacional, donde los actores permanecemos junto a las raices con una actuación de ligaduras rioplatenses. En un momento entre los noventa y el nuevo siglo, algunos directores se sintieron tentados por un lenguaje cercano al europeo a la hora de producir, pero hubo otros que se mantuvieron volcados hacia la cultura criolla, como Ricardo Bartís, que es para mí el más fiel de todos”, señaló Machín sobre su gran maestro y amigo e hizo mención a “La Gesta Heroica”, una tragedia costumbrista escrita y dirigida por el propio Bartís y en la que tuvo el placer de actuar en repetidas oportunidades.
Saber partir
Corría el 93 y Machín se decidió a dar un gran salto en su carrera, mudándose a la Capital Federal en la búsqueda por ampliar los contactos laborales e incursionar en la televisión y el cine. El circuito rosarino le había quedado chico y sentía que era ocasión de respirar nuevos aires, aunque, como todo cambio, el principio siempre es cuesta arriba. Una ciudad tan extensa apabullaba y le implicó al rosarino armarse de paciencia y valor para hacerse un lugar en la profesión.
“Tenía 23 años y fueron tiempos difíciles en cuanto a lo que era aclimatarme a una ciudad tan distinta. La primera gente con la que formé grupo eran María Fiorentino y Mauricio Dayub, pero fue el Sportivo Teatral el lugar que me cobijó en mi deseo y curiosidad como actor. Un espacio dirigido por Bartís y en donde se desarrolló mucho la actividad desde fines de los ochenta e incluso hasta antes de la pandemia”, consideró Machín.
A poco de haber concretado su ida a Buenos Aires, comenzó a trabajar con Bartís en la obra “El pecado que no se puede nombrar”, un compendio de improvisaciones basadas en el libro “Los siete locos”, de Roberto Arlt y que lo llevó a recorrer un listado de países como España, Francia, Bélgica, Canadá y Brasil. También participando de festivales internacionales como el de Aviñón, el Kunsten de Bélgica y el Theater del Welt de Alemania, entre otros. Luego estrenó en el Teatro San Martín, “Casa de muñecas”, de Henrik Ibsen y “Lo que va dictando el sueño” de Griselda Gambaro.
Paralelamente, durante los noventa, surge un mayor interés del rosarino por insertarse de manera más activa en el mundo del cine y la televisión. Por ese entonces grabó diferentes producciones como las novelas “Montaña Rusa”, “Amor Sagrado”, “Chiquititas” y “Campeones de la Vida”, y de las series “Vulnerables” o “Tiempo Final”. Pisando ya los 2000 le llegó el turno nuevamente al cine, con la película de acción y suspenso “La venganza”, dirigida por Juan Carlos Desanzo. En el 2001 también formó parte del premiado largometraje “Un Oso Rojo”, de Israel Adrián Caetano y protagonizada por Julio Chávez y Soledad Villamil.
“Los cambios fuertes los sentí desde fines de los noventa hasta principios del 2000, donde Europa y los festivales de teatro internacional pusieron mucho la mirada sobre la producción argentina. Desde el año 95 hasta el 2001 no dejé de viajar, llegando a ir tres veces por año al viejo continente, con producciones locales. Fue el proceso por el cual muchos directores se aliaron a productoras europeas para empezar a trabajar en conjunto, sostuvo Machín.
El actor hizo hincapié en que, entrado el nuevo siglo, no fueron trayectos fáciles para la cultura nacional que, igualmente, supo anteponerse a la crisis y salir delante de la mano de sus trabajadores y del público, que siguió apostando a las producciones locales. Así, el presente lo tiene enfocado en el mismo camino que comenzó más de treinta años atrás, entusiasmado por llevar su voz, cuerpo y gestualidad a un sinfín de nuevos personajes con la misma pasión de sus inicios.
En este sentido, resaltó que el regreso a Rosario con “La última sesión de Freud”, es una buena oportunidad para disfrutar de una obra con fuerte contenido psicoanalítico y desde la visión de dos grandes hombres. Por un lado, está Sigmund Freud, encarnado por el propio Machín, quien dialogará con el joven y brillante académico C.S. Lewis, interpretado por Javier Lorenzo. Según el actor, la pieza aborda con humor e ingenio interrogantes de la vida humana en torno al rol de la ciencia, la existencia de Dios, el amor y el sentido de la vida, y está desarrollada de manera que la gente se siente muy cera del lenguaje del psicoanálisis.
“Desde la primera vez que la hice hasta la última función, el público se levanta y la aplaude de pie. Yo siempre digo que la cultura argentina es de una solidez enorme, los artistas nacionales, en sus distintas expresiones, tuvimos siempre un espíritu muy combativo y el teatro argentino es reconocido en el mundo. Pero, sobre todo, los creadores han seguido produciendo más allá de las adversidades económicas, hay una resistencia que nos caracteriza”, destacó Machín.