Si el domingo, en la elección general, se consolidan los resultados de las Paso, Cambiemos, Juntos por el Cambio, Juntos o como se llame la alianza entre el PRO y el radicalismo quedará posicionada para algo inimaginable dos años atrás, después de la desastrosa gestión 2015-2019: regresar al gobierno en 2023.
Esa situación es parte de una lógica que prima en la política –cuando la oposición gana una elección de medio término queda en la pole position para el recambio de cargos ejecutivos en el turno siguiente–, aunque hablamos de una disciplina que, como el fútbol, muchas veces se convierte en la dinámica de lo impensado.
Por caso, el escenario actual de Santa Fe, donde se rompe la división del electorado en tercios por la caída del Frente Progresista, sería muy distinta si no se hubiera producido un hecho que rompió todo cálculo lógico: la muerte de MIguel Lifschitz por coronavirus.
¿Cuánto tuvo que ver la pandemia en esta oportunidad que se presenta a la alianza que nuclea a la centroderecha? Mucho, muchísimo, tanto a nivel nacional como provincial.
La gestión de Alberto Fernández se fortaleció cuando, en marzo y abril de 2020, el presidente pareció convertirse en el líder que el país necesitaba para afrontar –con una sensatez que, por ejemplo, le faltaba al brasileño Jair Bolsonaro– ese acecho mundial. Pero se debilitó cuando los paliativos para atenuar el impacto de las consecuencias económicas del problema se mostraron insuficientes, o se demoraron las posibilidades de reapertura y el regreso a clases. Y se terminó de desdibujar cuando se descubrió que mientras públicamente se proyectaba como el comandante en jefe de las fuerzas del cuidado de la salud colectiva, puertas adentro de la residencia de Olivos se festejaban cumpleaños sin el menor cumplimiento de los protocolos para prevenir el contagio.
En el medio, la inflación, las penurias económicas –que tienen mucho de herencia, de lo que produjo el parate pandémico, y también de impericia propia– y la propia crisis política del oficialismo terminaron de configurar un escenario de más que probable derrota electoral y de interrogantes sobre lo que puede pasar el día después; cómo se llegará a 2023.
La volatilidad del voto independiente entre 2017, 2019 y las Paso 2021, la transferencia de sufragios de una fuerza a otra que aparentemente se confirmará el domingo, exponen un diagnóstico de buena parte del electorado: a un gobierno lamentable –el de Mauricio Macri– lo sucedió un mal gobierno –el de Alberto Fernández–. Aunque al actual presidente le quedan aún más de dos años y algunas facetas de la economía, como el crecimiento industrial luego de la depresión pandémica y las políticas protectivas y proactivas que permitieron pequeñas y medianas empresas sostenerse en pie en la tormenta, aún puedan alimentar expectativas.
Cómo transitar los dos años que vienen es un dilema que abarca hoy a todo el sistema político.
En el oficialismo miran a Cristina, la verdadera líder del sector. ¿Cómo se plantará ante una eventual derrota? ¿Cómo definirá su relación con Alberto? ¿Qué dirá sobre las negociaciones con el FMI y qué actitud tomará ante la presión devaluadora y el riesgo de default?
¿Y en la oposición? Sin la fortaleza de otros tiempos por parte del PRO, que pagó en las Paso su fracaso en la gestión de gobierno con el fortalecimiento del radicalismo, su socio en Juntos por el Cambio, seguramente comenzará dentro de la coalición un fuerte proceso de debate interno que pondrá en discusión todo: desde cómo se planta ante el gobierno y cómo define y se compone la fórmula presidencial, hasta –ojalá– un cambio, una moderación, en la orientación de su política económica.
Una cosa está clara de ese lado de la grieta: el liderazgo está en disputa. Con Mauricio Macri que no acepta un retiro y le hace guiños a Javier Milei en claro desafío a Horacio Rodríguez Larreta, con las expectativas de los radicales Gerardo Morales y Facundo Manes, y con la necesidad del jefe de Gobierno porteño de negociar justamente con la UCR para cumplir su sueño de llegar a la Casa Rosada.
Unos y otros deberían ser responsables. Dejar de lado por una vez las acciones especulativas y pensar, como decía Hermes Binner, no en las próximas elecciones sino en las próximas generaciones.
Porque, mientras tanto, la Argentina parece caminar por un callejón sin salida, acechada por la deuda, la desigualdad, el desempleo, la pobreza creciente. Situaciones que, a la vez, llevan a la inseguridad, la violencia, el florecimiento de las economías ilegales, la degradación educativa y cultural. El mal vivir.
Cuando Cristina eligió a Alberto Fernández como candidato a presidente y se relegó ella al segundo lugar del binomio asumió una realidad: en una Argentina en la que las identidades políticas se definen mayoritariamente por ser contrario a algo o a alguien, se necesitaba una figura con imagen y vocación conciliadora.
Cristina veía a Alberto, que de alguna manera había estado de los dos lados del mostrador, como un dirigente capaz de unir al peronismo para ganar pero también de construir espacios de concertación donde consensuar políticas con distintos sectores sociales y económicos, que le dieran sustentabilidad a una gestión que arrancaba con el país megaendeudado, en crisis inflacionaria y con casi la mitad de su población por debajo de la línea de la pobreza.
Cuando el actual gobierno asumió se renovaron esperanzas. Los primeros pasos de Alberto las alentaron aún más. Pero, ya se dijo, pasaron cosas. Y la crisis hoy es más grave que entonces, el empobrecimiento no se detuvo y la violencia avanzó a niveles insoportables.
¿Es definitivamente la Argentina un país inviable? La respuesta no la tiene un partido político, un gobierno, una gestión. Sino todo el sistema político. Para, a partir de ahí, reclamar y compartir responsabilidades con otros actores, fundamentales, del poder real. Esos que suelen pensar solo en sí mismos, como las grandes empresas, los formadores de precios, el sector financiero, el capital concentrado.
En los últimos días, a partir de casos de inseguridad –asesinatos– conmocionantes, volvió a sonar el “que se vayan todos”. Pasó en Rosario y en Ramos Mejía, en el Gran Buenos Aires. El domingo hay elecciones y todo indica que el voto que se impondrá será, otra vez, el voto castigo. Sería bueno que los políticos tomen nota: la población entiende que acá no hay nadie que merezca un premio.