A lo largo de estos diez años, el papa Francisco ha renovado diferentes dimensiones del pensamiento social y político del catolicismo y de la vida institucional de la Iglesia. Entre ellos, sin duda, sobresalen sus consideraciones sobre la problemática socioambiental, condensadas en la encíclica Laudato si´, y sus reflexiones teológicas sobre la igualdad y la fraternidad como valores políticos fundamentales, en Fratelli tutti. En estos documentos, Francisco propone una actualización significativa de la Doctrina Social de la Iglesia y señala nuevas sendas a la militancia católica y, en general, a todas las personas de “buena voluntad”. Muchos recogen el guante con entusiasmo, otros no tanto. Asimismo, también han sido relevantes sus políticas de reforma de la curia romana y de algunas instituciones de la Iglesia, como el Banco Vaticano, que, aunque a un ritmo lento, han comenzado a dar resultados. No obstante, al menos en mi opinión, el aspecto más innovador de su papado no está en estas iniciativas, sino en su intento por reflotar el potencial utópico del cristianismo. Lejos de la esterilidad política que suele afectar a muchos de los movimientos ambientalistas radicales y a buena parte de las formaciones políticas de izquierda en nuestros días, tras las derrotas ideológicas de finales del siglo XX, Francisco propone pensar más allá y disputar a las derechas neoliberales, nada más ni nada menos, que su control sobre las imágenes del futuro. Los nuevos gurúes pseudocientíficos del neoliberalismo progresista pueden imaginar una ciudad en Marte y robots con una Inteligencia Artificial que humillarían al T-800 de Terminator, pero no un sistema de salud universal. Menos aún condiciones laborales como las que, hasta hace no tanto, gozaban los trabajadores de los países ricos.
Por supuesto, la batalla por imaginar escenarios alternativos a los del capitalismo neoliberal actual no es un combate que el papa esté cerca de ganar, pero la centralidad que ha dado al problema del futuro y la utopía dejan en claro que sus diagnósticos, al menos en este punto, son más acertados que los que circulan en otros sectores del pensamiento contrahegemónico contemporáneo. Por lo general, a la defensiva, encerrado en la denuncia y el lamento cotidiano, o, peor aún, como subraya la filósofa estadounidense Nancy Fraser, refugiado en la militancia de una agenda progresista-neoliberal incapaz por definición de postular un futuro alternativo real que toque fibras sensibles de la realidad social.
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Conmemoración de los 10 años del pontificado de Francisco en la Basílica de Luján con la consigna "Ni un pibe ni una piba menos por la droga".
Foto: Natacha Pisarenko / AP
¿El futuro dónde está?
El historiador francés François Hartog considera que uno de los aspectos más definitorios de las sociedades contemporáneas es su apego al presente. Si las sociedades tradicionales miraban al pasado y las modernas al futuro, las posmodernas están atrapadas en el hoy. El diagnóstico de Hartog coincide con el de algunos filósofos y analistas de la realidad contemporánea como Mark Fisher, Stephen Duncombe, Nicolás Casullo o Franco Berardi quienes también toman nota del debilitamiento del pensamiento utópico en las izquierdas globales tras la desaparición del bloque comunista y la crisis del pensamiento emancipatorio a finales del siglo XX. En este contexto, como suele insistir el filósofo Slavoj iek parafraseando al teórico marxista Fredric Jameson, "es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo". La industria de Hollywood, dicho sea de paso, nos lo ha enseñado hasta el hartazgo en las últimas décadas. Muchos meteoritos, maremotos, zombis e invasiones alienígenas pero poca imaginación política.
En este contexto de derrota histórica de las izquierdas y las clases populares, a contramano de las tendencias dominantes, Francisco propone volver a hablar del futuro, aunque intentando aprender de las derrotas y conectando el potencial utópico del cristianismo con una noción de futuro como horizonte, abierto, múltiple y en proceso. En 2015, durante su viaje a Bolivia dio algunas de sus principales definiciones al respecto: “Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: proceso de cambio. El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar proceso y no por ocupar espacios” (Francisco, 9 de julio de 2015).
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El Papa Francisco ingresa a la plaza San Pedro, el Vaticano.
Foto: Andrew Medichini / AP
El papa contra los zombis
A la idea de proceso le sumó en 2019, durante su viaje a Japón, la de apertura al futuro. “El futuro no es monocromático” y, por tanto, debemos acercarnos a él en su “variedad y diversidad” de posibilidades. En esa oportunidad pidió también a la juventud “mirar grandes horizontes” y “lo que les espera si se animan a construirlo juntos” porque sin “sueños”, sin imaginación, pero también sin pasado, sin memoria, concluyó somos como “zombis”, es decir, muertos en vida. En la misma línea, en 2014, durante un encuentro de la Comisión Pontificia para América Latina, explicó que la “utopía crece bien” solo “si está acompañada de memoria y de discernimiento”. La memoria porque "mira al pasado”, indispensable para pensar el futuro; el discernimiento porque sin él se cae fácilmente en el “nominalismo declaracionista de las meras abstracciones” (Francisco, 5 de marzo de 2014) que se olvida de las circunstancias, de “los lugares, los tiempos y las personas” (Francisco, 5 de noviembre de 2016). En esta clave, nuevamente, en el 2021, pidió no dejarse abrumar por el desencanto ni diluir la profecía convirtiendo a la “Iglesia en una pieza de museo, hermosa pero muda, con mucho pasado y poco futuro" (Francisco, 9 de octubre de 2021).
Esperanza y política
Durante su exilio en los Estados Unidos en la década de 1940, el filósofo marxista Ernst Bloch escribió uno de sus libros más influyentes: El Principio Esperanza. Allí, Bloch concluye que la utopía no es una ilusión sino la expresión concreta de la inconformidad frente a lo dado y, por tanto, un insumo indispensable para sostener la acción política. Sin esperanza, sin utopía, sin ningún “deber ser” que alcanzar, no puede existir una vida política propiamente dicha. Por eso, el apego al presente que caracteriza según Hartog a nuestras sociedades constituye una de las manifestaciones más dramáticas del agotamiento de las tendencias emancipatorias del siglo XX y de la propagación de una política zombi, definida precisamente por la imposibilidad de imaginar formas diferentes de vivir y convivir. Walter Benjamin llamaba a este estado político y emocional: acedia. El sentimiento melancólico de la omnipotencia de la fatalidad que “despoja de todo valor las actividades humanas” y en consecuencia lleva al “sometimiento total al orden de cosas existente”.
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Por los 10 años de pontificado y previo al Ángelus del mediodía, fieles muestran una bandera: "Muggio saluda al Papa Francisco".
Foto: Alessandra Tarantino / AP
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El Papa Francisco en la asunción, el 13 de marzo de 2013. Cumple 10 años en su pontificado colocando el eje de la agenda vaticana en los problemas socioambientales, la igualdad y la fraternidad y la renovación de la utopía de la religión.
Foto: Gregorio Borgia / AP
El futuro de Francisco
Dicho con otras palabras, sin la posibilidad de proyectar horizontes no hay política con mayúsculas, sino, cuanto mucho, mera administración fatalista de lo existente. Por eso, desde su llegada a la silla de Pedro, Francisco ha intentado volver a hacer del cristianismo uno de los combustibles de la inconformidad y la utopía. Dos de las dimensiones básicas para devolver a la política su fuerza transformadora en un mundo que, según sus propias palabras, vive una “tercera guerra mundial” en cuotas. El futuro dirá si su apuesta por “hacer lío” florece o sucumbe ante los embates de sus críticos y enemigos dentro y fuera de la Iglesia.
(*) Diego Mauro, es investigador independiente en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (Conicet), docente y coordinador del Doctorado en Historia, forma parte de la Red de Estudios de Historia de la Secularización y la Laicidad (REDHISEL) y coordina el Observatorio de Culturas Religiosas también de la Universidad de Rosario ( UNR) ...
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