Hace unas semanas que la palabra “crisis” regresó a las conversaciones de todos los días. Está en los medios, en los tuits, posteos, memes, stickers, videos de tiktok y toda la parafernalia tecnológica desplegada para no darnos tiempo para pensar. Crisis que es leída y explicada de diferentes maneras y por distintos actores, pero que no por eso es menos real. Una antesala para nada agradable en vísperas de las próximas elecciones presidenciales, porque pone en cuestión a la democracia misma.
Algunos relativizan las cosas: “Los argentinos siempre estuvimos en crisis”. ¿Será, entonces, que nos hemos acostumbrado a vivir en riesgo, con remansos de relativo bienestar mientras en el mediano plazo desciende el indicador social que se nos ocurra? En todo caso, esa degradación de la vida de los argentinos se retroalimenta con un mito autosatisfactorio: “Los argentinos somos un pueblo resistente”.
Ahora bien, ¿por qué deberíamos serlo? Si de la resistencia no se pasa a la acción, ¿no somos entonces, un pueblo tan “resistente” como “sometido”? Lo que es “resistencia”, puede ser llamado “acostumbramiento” o “naturalización”. Y no es una virtud si convive con las injusticias, las contradicciones, o si tiene que ver con la naturalización de los sobresaltos. Una idea de que “de las crisis se sale” (lo que es cierto) pero que muchas veces olvida que no necesariamente se sale fortalecidos, ni mucho menos mejores. Lo que sí es seguro, es que una situación social extrema deja huellas sociales que en ocasiones son un descenso en nuestras expectativas y, también, una naturalización. Se pueden disfrazar de mitos autocomplacientes (“ante la crisis, somos solidarios”; “el argentino es generoso”), pero ¿no valdría la pena preguntarnos por qué necesitamos de esas ideas? ¿No sería mejor ser solidarios, o resistentes, pero no que ambas virtudes fueran puestas regularmente a prueba?
El mejor ejemplo es bien reciente. La pandemia que nos atravesó a todos, además de las muertes que produjo, fue una oportunidad desperdiciada. La degradación y el canibalismo, sobre todo en los poderosos, pero también entre pares que viven agobiados, en muchos casos se exacerbó. ¿Cuándo terminó la pandemia? Pongamos, provisoriamente, que fue a fines de 2021. Entonces hace un año y medio aún vivíamos con temor e incertidumbre. En un momento en el que hacíamos sacrificios de todo tipo sufrimos importantes desilusiones por parte de distintos referentes. Y sin embargo, dimos demasiado rápido vuelta esa página. Creo que desperdiciamos una oportunidad única de revisar de manera progresista las reglas de nuestra convivencia en todos sus planos: pero por lo contrario emergieron descarnadamente diferencias, injusticias y enormes problemas exacerbados por el cansancio y la debilidad.
Por eso es lamentable que quizás por cansancio, y por supervivencia, nadie haya querido ni quiera hablar de la pandemia. Así como nuestros estudiantes implosionan porque carecemos de herramientas para cuidarlos y procesar lo que vivieron, los adultos vamos en el mismo sentido porque no hay un objetivo político trascendente que organice esa energía. Por eso muchos quedan a disposición del primero que proponga por las redes hacer volar todo por los aires todo: el sistema, la casta, el populismo, lo que sea.
Este año, además del año de la crisis, es un año electoral. Lo sabemos porque entre preocupaciones más cotidianas y urgentes (los salarios, la seguridad, el dólar, los precios) aparecen las voces de los distintos candidatos a presidir la Argentina a partir del 10 de diciembre de 2023.
Y también este año se cumplirán cuatro décadas de la recuperación de la democracia. Será un aniversario de prueba, porque la democracia está impugnada por todas partes. Por los datos de la realidad económica, por las formas de hacer política, por los poderes fácticos, y cómo no, porque la vida política es percibida por millones de argentinos como ajena a lo que les pasa. Muchos periodistas y medios, alejados de su función principal que es informar, acompañan o potencian esos humores. Es decir, son también un actor político.
Los sectores y políticos antipopulares y autoritarios se nutren, como parásitos, del cansancio social. Pero aquellos que militan en fuerzas de tradición progresista, para no quedar rezagados, imitan sus formas. Son políticos que renunciaron hace tiempo a la imaginación y la reemplazaron por la tecnología electoral. Ya no deben convencer: alcanza, como si su actividad fuera generar posteos, con captar voluntades y adhesiones. No, ya no necesitan convencer, que es precisamente lo que vuelve imprescindible a la democracia: es el único sistema que permite la discrepancia y el diálogo en la diferencia, el conflicto con reglas, que las mayorías se expresen. Alcanza con convertir, incluso provisoriamente, con pescar un voto like.
¿Demasiado ingenuo? Lo escribe alguien que emergió a la vida política en 1984, después de la dictadura militar. Creo que las pasiones mueven a las personas, y también las emociones, pero que son las ideas las que las organizan. Y de eso veo bien poco. Hay, también, una responsabilidad por informarse, por trascender la bronca o la angustia, para no ser presa ni de pragmáticos ni de odiadores.
En estas elecciones tendremos votos de rechazo y odio: para que alguien no vuelva, para terminar con tal o cual cosa. Basta ver las consignas que ya circulan, escuchar a quienes ya hablan. Si en algo coinciden todos las propuestas partidarias es en hablar hacia el pasado: sea tanto un voto movido por el odio, o por el rechazo, o un voto de adhesión. Son votos que canalizarán enojos, frustraciones y temores. A lo sumo, nostálgicos. O también coyunturales: no quiero que me roben, quiero comer, quiero tener trabajo, quiero tener una buena educación. Cuando la necesidad aprieta, en este clima, más que soluciones buscamos responsables, lo que es un peligro. Así, qué pocas veces nos preguntamos y demandamos cómo harán eso que prometen hacer, y cuántas veces más, en cambio, nos alcanza con saber quién queremos que no haga más nada, o con qué liviandad, apostando al pasado, pensamos que tal o cual podrá reparar este daño. ¿No sabemos que la historia no se repite? ¿No sabemos que no hay nada más fácil que endulzar los oídos angustiados o llenos de odio con lo que desean escuchar?
Olvidar eso es lo que más desvirtúa a la democracia. Porque un voto es una apuesta al futuro. La esperanza organizada por un proyecto político es lo que permitió avanzar en conquistas y derechos sociales. Hay trayectorias e historias partidarias, pero en este maremágnum en el que estamos, la mera apelación al pasado –a cualquiera– permite a los traficantes evitar la mínima responsabilidad de explicar qué futuro proponen en nombre de la historia a la que apelan.
Si el voto expresa un malestar, la elección será sólo una catarsis. Nunca será una posibilidad. Frente a este panorama, la función del pasado no es justificar un voto específico, sino alertar sobre un clima social. Podemos contar que llegar a depositar un papel en una urna costó sangre, y vidas, y luchas, y proscripciones. Que hubo compatriotas, antes que nosotros, que vivieron situaciones semejantes, y aun así imaginaron mundos mejores. Y que por eso tenemos que exigir más precisión a quienes nos van a representar. Pero antes, tenemos que saber nosotros qué futuro queremos: no a quién odiamos, o a quién amamos. No alcanza con eso en una sociedad democrática.
(En la imagen, "El grito", del gran pintor noruego Edvard Munch).