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Los héroes de la palabra

La Historia de los intelectuales en América Latina propone una visión "más terrenal" de las elites culturales. El director de la obra explica la perspectiva

Domingo 24 de Agosto de 2008

La noción de intelectual tiene una historia, una historia que se desarrolló en diferentes contextos sociales, culturales y políticos, y América Latina fue uno de ellos. Tampoco aquí brotó de golpe, sin progenitores ni tradiciones. El hecho de que no contemos con una historia general de estos grupos en nuestros países no significa que no se haya hablado y escrito sobre ellos, sobre su papel en el pasado y su misión en el presente. Por el contrario, en torno de estas cuestiones se han construido varias genealogías que proporcionaron modelos e imágenes duraderos para la identificación de los intelectuales.

Al menos hasta mediados del siglo xx, la concepción del hombre de letras como apóstol secular, educador del pueblo o de la nación, fue seguramente el más poderoso de esos modelos que se encarnaban en ejemplos dignos de admirar como de imitar. El prototipo se forjó en la cultura de la ilustración y les proporcionó a nuestros ilustrados una imagen de su papel social. El discurso americanista se entretejió tempranamente con esa representación de los hombres de saber y en el panteón de las personalidades del continente añadió, junto a los héroes de la emancipación —los Libertadores—, a los héroes del pensamiento. A veces, como en este pasaje de Pedro Henríquez Ureña, los héroes de la palabra alcanzaban en ese panteón un lugar más elevado que los hombres de acción:

La barbarie tuvo consigo largo tiempo la fuerza de la espada; pero el espíritu la venció, en empeño como de milagro. Por eso hombres magistrales como Sarmiento, como Alberdi, como Bello, como Hostos, son verdaderos creadores o salvadores de pueblos, a veces más que los libertadores de la independencia.

Al hablar de americanismo nos referimos a la empresa intelectual de estudio y erudición destinada a indagar, valorizar y promover la originalidad de América Latina, tal como se la podía descubrir en su literatura y en los legados de su historia cultural. La oda Alocución a la Poesía, de Andrés Bello, aparecida en Londres en 1823, suele ser citada como acta de nacimiento del americanismo, una tradición en que se inscriben los nombres de José María Torres Caicedo en Colombia, el de Juan María Gutiérrez en la Argentina, y a la que el uruguayo José Enrique Rodó va a conferir sentido militante. En el siglo xx, la continuación y el cuidado de esta empresa tuvieron sus grandes nombres en Pedro Henríquez Ureña, Mariano Picón Salas y Alfonso Reyes. La vocación del americanismo no era conservadora. Se lo concebía como parte de una promesa utópica, la "utopía de América", que buscaba en el pasado no sólo valores a salvar del olvido, sino también los elementos que anunciaban su independencia intelectual o preparaban lo que debía ser su originalidad moderna. El agente por excelencia de esa obra era la "inteligencia americana", como llama Rodó —y Reyes después— al cuerpo ideal de las minorías ilustradas, investidas de la misión de ofrecer luz y guía en un continente vasto, tumultuoso y rudo, inhospitalario para el espíritu. Ellas debían operar la síntesis entre la cultura europea y la realidad natural y cultural de América.

La representación del hombre de letras como apóstol y visionario, que honra a su país con sus obras y lo inspira con su pensamiento y su acción cívica, cristalizó muy tempranamente. Se la encuentra ya bajo la pluma de Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi en el Río de la Plata. La imagen se convirtió en un paradigma influyente a la hora de evocar a los escritores y los pensadores de América Latina, al menos a los considerados mentores y guías, a los considerados Maestros. El modelo sirvió igualmente como criterio valorativo para juzgar y eventualmente condenar a quienes no estuvieran o no hubieran estado a la altura de su papel. Fue lo que hizo el escritor e ideólogo aprista Luis Alberto Sánchez, que en los años treinta entabló un proceso a la literatura modernista y sobre todo a los intelectuales que llama "arielistas" por su identificación con el credo idealista de Rodó: "Los arielistas tuvieron lo que en Rodó habría sido deseable: poder. Nuestros gobiernos indoamericanos están plenos de mandarines arielistas, que constituyen una clase cerrada de monopolizadores del saber". En Balance y liquidación del Novecientos (1940), Sánchez amplió el dictamen. ¿Qué les reprocha a los modernistas en este libro polémico, un tanto repetitivo y apresurado en las generalizaciones, aunque también lleno de ideas y de observaciones agudas? Inconsecuencia entre la palabra y la acción, el haber sido claudicantes ante los poderosos, y también su esteticismo, su horror a las muchedumbres, su desconfianza de la democracia, su europeísmo. Al elenco de los intelectuales desertores Sánchez opondría otro, el de los que consideraba verdaderos Maestros, denominados también como Maestros de la Juventud porque el movimiento de la Reforma Universitaria los había tenido como guías: Alejandro Korn y José Ingenieros, Emilio Frugoni y José Vasconcelos, entre otros.

No es necesario desconocer la gran obra que muchos estudiosos llevaron adelante bajo el signo del americanismo, para admitir que la imagen de los intelectuales como grupo entregado a la salvación cultural de sus pueblos, idealización que iba asociada con la noción de "inteligencia americana", ya no corresponde a nuestras exigencias de conocimiento histórico. El punto de vista preceptivo en la consideración de los intelectuales ha tenido más de una versión, pero cualquiera de ellas alienta un discurso edificante, no sólo cuando se despliega como elogio, sino también cuando tiene como propósito la reprobación. Como lo muestra el libro de Sánchez mencionado: el panteón puede ser revisado, pueden quitarse algunas figuras o añadirse otras, pero sin romper con la concepción normativa, que en cualquiera de sus versiones gira en torno del valor sagrado de una misión intramundana. No se trata, en suma, de invertir el relato épico para alimentar el género historiográfico opuesto, el de la desacreditación de los intelectuales. El desafío de concebir actualmente una historia de los intelectuales latinoamericanos tiene como primera exigencia salir de esta problemática, que se halla tan arraigada, y buscar otros ángulos de visión para elaborar los temas y los problemas de una historia más terrenal de estos grupos y sus figuras.

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