Un 5 de agosto de 1852, Rosario fue elevada al rango de ciudad por el gobierno de la provincia de Santa Fe. Ese mismo día se daba a conocer a través de un diario de Buenos Aires la obra "Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina", de Juan Bautista Alberdi, configurando una sincrónica correspondencia con el nacimiento institucional de la urbe y la manifestación orgánica de un proyecto de país.
El célebre tucumano tenía una franca admiración por Rosario, en la que veía la representación del futuro federal y progresista que anhelaba para el país, al punto que escribió en 1874: “Si hubiera estado en mi mano elegir el pueblo que ha de llevar mi nombre, no lo había colocado en otro sitio que a orillas del Paraná, en Rosario de Santa Fe, la llave de oro de los futuros destinos de nuestra República, en mi manera de entender su desarrollo ulterior, social y comercial”.
A pesar de sus tres mil habitantes, hacia 1852 ya era un puerto natural de gran actividad y con un horizonte de expectativas económicas y políticas que superaban ampliamente la denominación oficial de “Villa del Rosario”, otorgada en tiempos de Estanislao López. Al punto que era expresamente denominada “ciudad” y no “Villa” fuera de la provincia, tal como se puede observar en crónicas periodísticas, informes y hasta en algún que otro documento emitido por el propio gobierno del entonces Director Provisorio de la Confederación Argentina, general Justo José de Urquiza.
Tras la caída de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, las provincias vencedoras impulsaron la organización constitucional del país bajo un molde republicano y federal. Por pedido expreso de Urquiza, el gobernador Domingo Crespo formalizó el decreto que reconoció a la “Ilustre y Fiel Villa del Rosario” como “Ciudad del Rosario de Santa Fe”. En cumplimiento de la ley provincial del 3 de agosto, se le concedieron todos los fueros y prerrogativas institucionales correspondientes a su nueva jerarquía urbana, lo que desencadenó en poco tiempo una profunda transformación político-administrativa.
Se trataba de una época bisagra de reordenamiento político. Rosario fue ciudad como resultante de las tensiones de su tiempo, de revoluciones económicas y tecnológicas nacidas a miles de kilómetros de distancia, y por el enfrentamiento entre una Buenos Aires que no se resignaba a ceder los privilegios heredados de la colonia y quienes reclamaban igualdad de oportunidades superando su situación de subsistencia.
De los considerandos de la ley de declaratoria se desprenden sus motivaciones fundamentales:
— El objetivo estratégico: crear un poderoso centro político y mercantil en el Litoral capaz de competir con el poder centralizado de Buenos Aires y su Aduana de puerto único, la cual se empeñaba históricamente en mantener cerrados los ríos interiores.
— La gratitud institucional: representó también un reconocimiento a los vecinos de Rosario por el respaldo brindado a Urquiza en su pronunciamiento de 1851 y el envío de batallones a la campaña que derrocó a Rosas.
— Las potencialidades regionales: los fundamentos legales reconocían virtudes innegables desde el siglo XVIII: una ubicación geográfica estratégica, un puerto natural, una región fértil, un activo tráfico mercantil, una importante densidad demográfica para los estándares del Litoral, y su condición de refugio humanitario para los perseguidos políticos y símbolo de libertad.
En apenas quince años, Rosario experimentó un crecimiento demográfico extraordinario —pasando de 3.000 a 23.000 habitantes— y se consolidó como el principal complejo ferroportuario del Cono Sur, al punto de ser designada por el Congreso de la Nación como capital de la República Argentina, un status que luego el centralismo frustraría mediante vetos presidenciales. Esta designación favoreció una rápida transformación cívica: se abrió el río al comercio internacional, se crearon juzgados de paz, comercio y policía, se establecieron las primeras inspecciones escolares, correos, nomenclaturas urbanas —como la emblemática calle Libertad, hoy Sarmiento— y, seis años más tarde, nació la Municipalidad con sus ramas ejecutiva y deliberativa.
La trastienda
Semanas antes de que Rosario fuera declarada ciudad, Nicasio Oroño experimentó en carne propia la violencia entre los bandos enfrentados, evidenciando que no toda la población adhirió inicialmente al urquicismo.
El 5 de junio de 1852, seguidores de Juan Pablo López —opositor al gobernador Crespo— se alzaron en armas en la ciudad y pusieron en grilletes a Oroño, entonces secretario del comando de la Frontera Sur, y al juez de paz Marcelino Bayo. Fracasada la revuelta al trascender que López se ganaría el repudio de Urquiza, ambos recobraron la libertad, sellando un episodio que reflejó la imperiosa necesidad de institucionalizar y blindar políticamente a la región. A este mismo Oroño se le atribuye un papel clave en las gestiones entabladas entre Urquiza, Crespo y la legislatura provincial para la sanción de la ley.
Para entonces, en relación con las posibilidades económicas que generaría el fortalecimiento de Rosario como plaza mercantil y ferroportuaria, Urquiza ya disponía de valiosa información aportada por diplomáticos, militares y comerciantes de Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Bélgica y Brasil. Para una amplia gama de actores de la época, la transformación jurídica de la antigua villa operó de manera implícita o subordinada dentro de un proceso político y económico infinitamente mayor: su consolidación definitiva como el puerto alternativo y rival directo de la Aduana de Buenos Aires.
Rosario sería el correlato material de aquellas ideas difundidas por Alberdi a través de las “Bases” en los días que se la declaraba ciudad. Amparó, protegió y difundió los anhelos plasmados en la Constitución nacional de 1853 frente a la separación de Buenos Aires. La libre navegación del río Paraná la destinó en el siglo XIX a ser una de las metrópolis más importantes del mundo. Privada de ser la capital del país federal no tuvo las posibilidades que se le abren en la actualidad, 174 años después, para desarrollarse con las herramientas de una ciudad autónoma