Despedida

El Tigre Cavallero, garra y corazón al servicio de Rosario

Fue el primer intendente socialista de una ciudad a la que amó y transformó en uno de sus momentos más críticos.

Viernes 02 de Octubre de 2020

Héccctorrrr Cavallero. La voz fuerte, la consonante bien marcada. Así se escuchaba el contestador de Héctor Tigre Cavallero. Enérgico. Como era él: garra y corazón. Esa energía la puso muy claramente al servicio de Rosario a partir de los años 80, cuando desde el Concejo Municipal sacó de los claustros universitarios al entonces Partido Socialista Popular y le dio una vidriera que no tenía en un aspecto que se convirtió en la bandera que lo llevó luego al poder: la transparencia.

En 1985 fue electo para ocupar una banca en el Palacio Vasallo. Y enseguida se hizo notar, por su pelea para conseguir el acceso a las obras y servicios públicos para todos los vecinos de Rosario. Pero su salto a los primeros planos de la política se produjo cuando investigó el caso Fibraca, un entramado de corrupción que terminó con concejales detenidos por el cobro de coimas y empresarios vinculados con la prestación de servicios al municipio de Rosario procesados.

Desde el Concejo, el Tigre se convirtió en una especie de fiscal anticorrupción y de a poco fue construyendo popularidad, mientras Horacio Usandizaga era intendente. Su ascenso político se cristalizó en 1989, cuando logró colarse entre la insólita decisión del Vasco de renunciar al cargo porque Carlos Menem había sido electo presidente y la mala imagen del peronismo local. Así, sin llegar a imaginarlo antes, ganó los comicios convocados para definir el reemplazo de Usandizaga. Casi no había hecho campaña, porque venía de una enfermedad que le dificultaba moverse.

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El 8 de diciembre de 1989 Cavallero juró y se convirtió en el primer intendente socialista de una ciudad importante. Años después recordó que apenas podía caminar porque todavía no había podido fortalecer las piernas. Pero su voluntad, su deseo, su perseverancia se pusieron en acto desde el primer día en el Palacio de los Leones.

La ciudad vivía una de sus horas más críticas. Venía de la hiperinflación y de los saqueos. La pobreza se hacía sentir como acaso nunca antes. Por eso, lo primero que encaró fue un fortalecimiento de la asistencia a los sectores populares. Apoyado en las vecinales, amplió y rediseñó la política social del municipio. Con Hermes Binner como secretario del área, también encaró la transformación de un modelo de salud pública que luego se convirtió en marca registrada del socialismo. Redefinió la distribución presupuestaria con un claro sentido social. Inauguró también un cambio cultural que luego profundizaron sus sucesores.

Fue reelecto en el 91, con su popularidad por las nubes. La gestión -con hitos como el plan de extensión de la red de gas a toda la ciudad y obras que terminaron con las inundaciones- tenía niveles altísimos de aprobación. El crecimiento de su figura lo llevó a ser elegido al frente de la Federación Argentina de Municipios. Desde allí comenzó a tejer una relación con el entonces presidente Carlos Menem, a la par que se intensificaban los cortocircuitos internos con el sector que provenía del ala universitaria del Partido Socialista Popular, encabezada por Rubén Giustiniani y Hermes Binner.

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En el 93 esa disputa llevó a una elección interna inédita en el socialismo. La candidata a concejala de Cavallero, Rita Coli, perdió con Binner, que se convirtió así en la nueva estrella en el firmamento de un partido que se encaminaba irremediablemente hacia la ruptura entre los que buscaban una alianza progresista y el intendente que era acusado de haberse peronizado, por su cada vez más estrecha relación con Menem. El Tigre veía con el Turco, por el televisor de la residencia de Olivos, los partidos del Mundial 94.

Cavallero terminó afuera del socialismo. En el 95 fue candidato a gobernador por un sublema que compitió dentro del lema justicialista. Parecía que todo el peronismo lo iba a apoyar para impedir que el radical Usandizaga le arrebatara el poder provincial, con el respaldo de sus ex compañeros del socialismo. Pero Carlos Reutemann, entonces mandatario provincial, metió la cola, y consiguió lo que parecía imposible: convertir a Jorge Obeid, que era intendente de Santa Fe, en un candidato competitivo.

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La elección fue pareja y también escandalosa, por una extraña caída del sistema de conteo que puso todo bajo sospecha. La noche de los comicios solo se sabía que el lema peronista tenía más votos que el de la Alianza Santafesina, pero no si el mandatario electo era Cavallero u Obeid. "El gobernador está en las urnas", tituló aquel día La Capítal. Hubo que contar voto por voto, y un mes y medio después se supo que el Tigre no podría cumplir su sueño: Obeid le ganó por un punto.

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Cavallero, voluntarioso, firme como siempre, se recompuso y apostó a una construcción política propia, el Partido del Progreso Social (PPS), que se convirtió en aliado estratégico del peronismo. En 1997 fue electo concejal, el lugar desde donde se había hecho fuerte políticamente, y en 1999 fue electo diputado nacional. Durante la era kirchnerista fue un fervoroso defensor de las ideas del gobierno y construyó una relación de gran afinidad con Néstor. En 2009 se convirtió en concejal por tercera vez.

En 2011 intentó llegar a la Intendencia una vez más y perdió con Mónica Fein. Conocía la ciudad, sus barrios. Caminaba por ellos y era reconocido. Nunca dejó de señalar las desigualdades, la urbe partida en dos. Fue de los primeros en denunciar el avance del narcotráfico y advertir lo que implicaba como fenómeno asociado a la violencia. Rosario era su gran amor.

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Qué duro el 2020. La pandemia, la crisis y también las muertes. Binner en junio, Cavallero ahora, justo el día de su cumpleaños 81. Ambos fueron compañeros, luego adversarios acérrimos, y en los últimos años se reencontraron porque, al fin de cuentas, estaban de un mismo lado: el de quienes creen en la política, que la honran, como una herramienta para mejorar la vida de la población, de los que menos tienen.

Chau Tigre, gracias por todo.

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