Cristina Belén Lugo, una mujer de 22 años que fue atada a la cama de una
precaria casilla de barrio Las Flores y murió calcinada, no sólo fue víctima de un asesinato. Un
acto de crueldad adicional, un tormento inhumano, se añadió a la intención de quitarle la vida. Por
este motivo la Cámara Penal confirmó la condena a prisión perpetua impuesta a la pareja de la joven
por homicidio calificado por ensañamiento: se comprobó que buscó prolongar su sufrimiento al
convertir el rancho en una trampa de fuego.
Con todos los componentes de un caso de violencia de género, el crimen de Lugo
expuso el costado más cruel de esa problemática que se cobra la vida de unas 200 mujeres al año en
Argentina (ver aparte). La mujer no sólo era víctima constante de malos tratos por parte de su
pareja, sino que además ese castigo la condujo a una muerte aberrante.
La agonía añadida a la que fue sometida al ser inmovilizada en un rancho que
ardió en segundos — y del que los vecinos no pudieron rescatarla pese a sus gritos
desgarradores pidiendo ayuda— motivó que a Matías Alberto Verón lo imputaran de una figura
más grave que un simple homicidio. Por el ensañamiento provocado a la mujer fue condenado a prisión
perpetua.
La sentencia impuesta a Verón, de 27 años, fue dictada en noviembre pasado por
la jueza de Sentencia Carina Lurati y ahora fue ratificada por tres jueces de la Sala III de la
Cámara Penal. Lo relevante del fallo no sólo es que los camaristas mantuvieron la figura agravada.
También decidieron extremar el valor de las pruebas porque parte de las evidencias fueron
consumidas por las llamas.
Los jueces Otto Crippa García, Elena Ramón y Ernesto Pangia remarcaron que
mediante "la prepotencia, la amenaza continua y permanente, Verón lograba el sometimiento por el
temor, que como suele ocurrir culmina con la muerte de la mujer. En este caso ha sido realizada de
manera brutal, con maldad, perversidad y alevosía".
Atrapada. El drama estalló el 28 de octubre de 2007 en Estrella Federal y la
autopista a Buenos Aires, uno de los sectores más pobres de barrio Las Flores. El hermano de la
chica contó que esa noche la pareja discutió porque, al parecer, ella estaba embarazada y Verón no
toleraba esa posibilidad. Un vecino declaró en la causa que, alrededor de las 2.30, Verón golpeó a
la joven y le gritó que "si no era de él no sería para nadie y prefería que estuviera muerta". Dejó
a la mujer encerrada en la casilla —de chapa, sin ventanas— y cerró la puerta por fuera
con una linga. Después se quedó en un rancho cercano tomando cerveza con unos amigos.
Poco antes de las 3 de la madrugada los gritos desesperados de Lugo alertaron a
los vecinos, que vieron cómo el fuego abrasaba las chapas. Hicieron todos los esfuerzos posibles
por rescatarla y un vecino empujó la puerta, pero no pudo abrirla. Otros rompieron un caño de agua
para apagar el fuego, pero no fue suficiente. "Tratamos de levantar una de las chapas pero el techo
se nos vino abajo y ya no se pudo hacer nada", contó uno de ellos a LaCapital la mañana
siguiente.
Una mujer contó que, por un hueco en una chapa, Lugo pedía que la sacaran de
allí y le aclaró: "No puedo salir porque estoy atada". Con las últimas fuerzas, antes de morir
calcinada, alcanzó a pedir que cuidaran a su hijo, un nene de 5 años que no vivía con ella a causa
del maltrato cotidiano que sufría puertas adentro.
La defensa de Verón planteó en la Cámara que no estaba probado el origen
intencional del fuego. Que bien pudo iniciarse por unas velas que habían quedado prendidas porque
esa noche hubo corte de luz. Y que no estaba demostrado que Lugo hubiera quedado atada a la
cama.
Para los jueces eso fue así por el relato de su vecina y porque, de lo
contrario, la mujer hubiera intentado salir de la casa. Lo confirma además el resultado de la
autopsia: el cuerpo carbonizado de Lugo no estaba en posición fetal "como es lo común, la tendencia
instintiva" ante una agresión de ese tipo, sino "boca arriba, en plena exposición al fuego", lo que
permite inferir que estaba atada. Por último, la pericia de Bomberos concluyó que el rápido avance
del fuego pudo deberse al uso de un acelerante.
A esto se sumó el relato de los amigos de Verón y otros testigos del incendio.
Ellos contaron que en un momento Verón se acercó a la casilla y se negó a entregar las llaves de la
linga. Las arrojó detrás de un árbol y se perdieron en la oscuridad. Para los jueces esto fue
indicador de una doble conducta homicida. Una, por acción, al desatar el fuego; y otra, por
omisión, al impedir que otras personas rescataran a la joven. Recién después de desprenderse de las
llaves, según los vecinos, Verón comenzó a mostrarse dolido mientras repetía "mirá lo que hice, la
maté".