Tres adolescentes y un hombre fueron asesinados en el barrio La Cerámica en el transcurso de cuatro días y con pocas cuadras de distancia. En ese marco comenzaron a difundirse por redes sociales mensajes amenazantes que advertían de una matanza contra cualquiera que estuviera en la calle por las noches mientras no aparezca una supuesta cantidad de droga robada de una casa. Ese rumor se expandió virtualmente junto a videos de supuestos nuevos crímenes que en realidad corresponden a casos antiguos y generaron un fuerte impacto público. Mientras tanto, por fuera del pánico viralizado, hay familias que atraviesan en carne propia las consecuencias de la violencia callejera.
El 10 de mayo por la mañana Máximo Luján, de 13 años, se enteró que durante la madrugada había sido asesinado su amigo y vecino Jeremías Natanael López de 15 años. Supo que estaba con un grupo en la vereda de la casa del hermano, en Siripo al 1400 del barrio La Cerámica, cuando desde un auto los balearon. Fueron días muy tristes para Máximo, con Jeremías habían estado muy unidos atravesando el duelo por la muerte de sus amigos Thiago y Brandon en un siniestro vial en octubre pasado. Juntos habían pintado un mural dedicado a ellos: "No existen las despedidas entre nosotros. Allá donde estén, los llevaremos en nuestros corazones".
Tras el crimen de Jeremías, a quien sus allegados le decían Benjamín, entre los vecinos comenzó a correr un rumor: algunos relacionaron el crimen a los problemas habituales por el punto de venta de drogas ubicado en esa cuadra y otros hablaron de una represalia por el robo a una casa. Lo que nadie dudó en ese sector de La Cerámica es que Jeremías era ajeno a esos conflictos y que la había ligado de rebote.
Casi dos días después, cerca de la medianoche del jueves, el barrio se sacudió con otro crimen: Luis Alberto Gómez, de 36 años, quien tomaba una cerveza con amigos en Unión al 2800 cuando lo acribillaron desde un auto. Los vecinos volvieron a hablar de un crimen por error y entendieron que en el barrio había estallado alguna bronca al punto de exponer a personas que nada tenían que ver con ese trasfondo.
Último día
Máximo se acercó más de lo habitual a su madre Nadia, de 32 años, tal vez buscando contención en esos días difíciles. El sábado 13 de mayo despertaron tarde, pasado el mediodía, en la casa familiar de Calfucurá al 1400. Máximo salió a comprar un alfajor y cuando volvió se hizo un mate cocido que tomó mientras acomodaba su ropa y su madre limpiaba. Así pasaron la tarde, él salió y volvió algunas veces pero siempre se mantuvo cerca de ella y de su hermano Yaiel, de 2 años.
Llegada la noche Nadia le preguntó qué iba a querer cenar. Arroz amarillo, pidió él mientras se sacaba fotos con su primo Julián. Antes de salir para acompañar a su madre a hacer las compras el chico le pidió hacer una selfie juntos: posaron, tomaron la foto y se fueron. Al regresar se encontraron con Maite y Yoselín, dos amigas de Máximo, quien les pidió que lo esperaran. A pesar de que su madre le advirtió su preocupación por las cosas que habían estado pasando en el barrio, el chico le dijo que solo se iba a quedar en el pasillo con sus amigas.
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Al rato apareció Julián, el primo, y le dijo a Nadia que estaba buscando a Máximo pero que afuera no lo encontraba. La mujer aprovechó que se había olvidado un caldito y pensó en salir a hacer esa compra y a buscar a su hijo. Cargó a Yaiel, salió y al cerrar la puerta se inquietó por una sensación de dolor y angustia en el pecho a la que no le encontró explicación inmediata. Apenas se asomó al pasillo una vecina pasó a las corridas y le dijo que se apurara, que le habían pegado a Máximo.
Nadia corrió con su bebé en brazos, sintió que las cuadras se estiraban y que no llegaba al tumulto de personas que más allá corría y gritaba. Cuando por fin se acercó vio a su hijo tirado en la calle, estaba lastimado y sangraba mucho. Se arrodilló junto a él, lo miró a sus ojos entrecerrados y le pidió que no la dejara sola, que aguantara, que iba a estar bien. Fue la última esperanza de una madre que no quería resignarse a lo que minutos más tarde le confirmaron en el Hospital Alberdi: su hijo había muerto producto de varias heridas de bala.
Violencia imparable
Máximo Luján, de 13 años, fue asesinado en una balacera junto a su amiga Maite Gálvez, de 15, que también recibió varios disparos. El ataque ocurrió pasadas las 21 del sábado 13 de mayo en Medrano y Coliqueo, a tres cuadras de la casa del chico. Los testigos, al igual que los dos crímenes anteriores en el barrio, vieron a un auto blanco que pasó y desde el cual gatillaron varias veces contra los chicos.
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"Lo mataron con mucha saña a Máximo, lo lastimaron re mal", cuenta ahora Nadia en un encuentro con La Capital en la casa de un familiar. Está al tanto de que, sobre todo luego del doble crimen de Máximo y Maite, en el barrio comenzó a correr con más fuerza el rumor del robo a una casa pero con el agregado de que se habían llevado un paquete de droga. Las advertencias indicaban que, mientras no apareciera el supuesto botín robado, los narcos iban a balear a cualquiera que estuviera en la calle desde la noche. Se trata de los mismos mensajes que los días siguientes se viralizaron con historias relacionadas también a "toques de queda" en otros barrios.
Ese contexto llevó a que el ministro de Seguridad Claudio Brilloni aclarara que se trató de audios "con intencionalidad espuria" para atemorizar a la población. Ese marco, más allá del impacto social, generó días de incertidumbre en La Cerámica, donde el horror se materializó con cuatro homicidios al hilo sin necesidad de generar pánico por redes sociales. "Yo no entiendo nada, se dicen muchas cosas desde que pasó lo de Benjamín. Lo único que sé es que a Máximo me lo mataron con mucha maldad", dice Nadia, que por estos días espera novedades en la investigación por el crimen de su hijo. "Hablé con la fiscal en el hospital, quedamos en que me iba a llamar pero por ahora nada", cuenta.
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Al relatar el último día con su hijo las lágrimas de tristeza aparecen en momentos puntuales: cuando recuerda que Máximo le pidió comer arroz amarillo, cuando se sacaron una selfie sin saber que sería la última, y cuando relata esa sensación de angustia inexplicable en el pecho. "Sentí un dolor, muy feo, una angustia que me hizo retorcer toda. Pero no escuché los tiros", detalla sobre el momento en que salió a buscar a Máximo sin saber que lo acababan de balear. Después lo encontró en el suelo: "Yo sentía que me miraba como muy lejos, pensé que estaba desmayado, jamás me imaginé lo peor".
Nadia cuenta que por estos días le está costando mucho dormir y descansar. "Antes, como mamá, pensaba en por qué los que hacen estas cosas no se arreglan entre ellos y no contra nuestros hijos que no tienen nada que ver", cuenta. "Eso lo decía antes de que me pase a mí. Ahora no sé cómo voy a seguir con esto", agrega. Con los días aparecen algunas ideas: entre sus allegados piensan organizar manifestaciones para exigir justicia y seguridad. Acaso uno de los caminos que eligen quienes de un día para el otro se convierten en familiares de víctimas de la violencia callejera. En 140 días de 2023 son 122 las personas asesinadas en el departamento Rosario, 8 eran menores de edad.