Policiales

Historia de una joven vida que fue segada por el pánico a los robos

Verónica Mereles tenía 28 años. Al huir del robo a la heladería donde estaba la atropelló un auto. La joven, madre de dos niños, tenía terror a los atracos. La habían asaltado cuatro veces.

Sábado 24 de Diciembre de 2011

Un diciembre sin árbol ni adornos navideños es el que vive la familia Mereles. Verónica tenía 28 años y hace diez días murió tras ser atropellada por un auto en Provincias Unidas y Génova. No fue un accidente más, la mujer cruzó la avenida corriendo para escapar de un robo que estaban perpetrando en una heladería de esa esquina a donde había ido a comprar un helado para Aaron, su hijo más grande. Entonces entró un muchacho armado y a ella la envolvió el pánico. Huyó y un auto gris la llevó por delante a dos cuadras de su hogar. Casualidad o trágico destino: el papá de Verónica, Antonio, murió atropellado en la misma avenida en marzo pasado.

El caso podría ser sólo un trágico accidente, otro de tantos. Pero Verónica había sido víctima de cuatro robos en los últimos dos años: dos veces en una plaza olvidada que está a cincuenta metros de su casa y otras dos entre las calles oscuras del barrio Larrea, una encrucijada de veredas mal recortadas. Por eso el atraco a la heladería le causó estupor y la llevó, inconscientemente, a la muerte.

Vivía con miedo. Es diciembre y en la casa de la familia Mereles hace un calor miserable. Emilio, hermano de Verónica, cuenta aquella noche del martes 13 de diciembre en la que un robo y un auto sin control arrojaron a su hermana a la muerte. "Esa tarde fuimos a la fiestita del jardín de infantes del nene más grande. Ella estaba muy contenta, vivía para Mateo y para Aaron, sus hijos, y trabajaba mucho. Le tenía miedo a los pibes con gorrita, la habían robado varias veces y estaba asustada. Eso la mató, el susto", dice el hombre y su mirada se pierde en el vacío.

A la casa de pasaje Santa Rita al 1200 donde vive lo que queda de la familia Mereles, no es sencillo llegar. Un par de callejones empedrados por la casualidad y los vecinos apenas se distingue por Provincias Unidas al 1000 bis. Al entrar y recorrer unos 30 metros se abre un barrio de casas apretadas y pasillos anchos, un costado de Rosario sin demasiados servicios y por el que pasan pocos colectivos. Verónica trabajaba como mucama en el sanatorio Británico y su sueldo iba directo a sus hijos y a Laura, su madre.

"Esa noche estaba en la heladería. Eran como las 9 y me dijeron que entró un pibe que es conocido en la zona. La gente no quiere hablar mucho, el chico estaba medio sacado y parece que sacó un revolver. Mi hermana se asustó mucho y corrió", cuenta Emilio. Mientras tanto, por la humilde casa da vueltas Mateo en brazos de su abuela. El nene cumplirá un año en enero y sólo sabrá de su madre por las fotos de ella. En uno de esos retratos, la amplia sonrisa de Verónica lo cubre de un furioso caballito de plaza montado por el pequeño.

"La extraña, pregunta por la madre y a veces la confunde con una prima nuestra. Eran parecidas y para Mateo es igual a su madre muerta" cuenta la abuela Laura, una mujer que hace 30 años llegó a la ciudad desde el norte provincial y que ahora, con sus 65 años, vive en este lugar oculto de toda felicidad.

"Al chico que hizo el robo lo conocen todos porque es de acá, de la villa de Campbell y Génova", sostiene Emilio por boca de otros. Y cuenta que "la heladería cerró al otro día del hecho porque la dueña estaba cansada de los robos, lo mismo que le pasa a muchos de los negocios que hay por la avenida" Provincias Unidas (ver aparte).

A Verónica le habían robado en este barrio a distintas horas. "Ella veía a uno de gorrita y se desesperaba. La robaron una vez a las 9 de la mañana, otra a las 11, otra a las dos de la tarde. Era un buen barrio éste, pero a ella la robaron una vez con un cuchillo y quedó muy asustada", dice el hermano.

Todo dolor. Verónica no tenía francos los sábados ni los domingos, y los días en que podía llevaba a sus hijos a la Granja de la Infancia o al médico ya que uno de los niños tiene un problema de salud crónico. La chica se había separado hace tres años de un marido golpeador. "Una vez vino con la cara muy golpeada, su ex marido la trataba mal y ella se cansó, así que lo largó y se vino a vivir con nosotros", dice su madre.

Elida, la otra hermana de Verónica, falleció ahorcada hace unos años. Esa muerte deprimió mucho a don Antonio Mereles, su padre, quien no trabajó mas hasta su muerte, en marzo pasado y a metros de donde falleció atropellada Verónica. El deceso del jefe de la familia derivó en el cobró una indemnización con la cual pudieron comprar una casa en un barrio mejor. Pero ahora están muy golpeados, ni piensan en mudarse y abandonar esta casa en la que alguna vez fueron felices.

"Pensamos mucho en los chicos. A Aaron, que está con el padre, le íbamos a poner una psicóloga para que le dijera lo de la madre, y el padre parece que ya se lo dijo" cuenta Emilio, apocado.

El auto gris, el que volvió a traer la muerte a la casa de los Mereles, circulaba por Provincias Unidas y dobló a la altura del semáforo de Génova, según cuentan en la zona. Pero nadie puede afirmarlo. Es seguro que lo manejaba Pablo L., un hombre afincado en Capitán Bermúdez. Los deudos de Verónica lo cuentan con frases hechas, copiadas de la televisión: "Se dio a la fuga", dicen. Luego apareció, o al menos fue identificado, nada es concreto, cada palabra es indicio.

El caso entró en sombras después de esa noche. La abogada de la familia, Sandra Moro, tuvo algunos problemas para dar con el expediente.

La búsqueda. Desde la seccional 20ª no le facilitaron a la abogada los trámites de la denuncia del accidente y tuvo que rastrear cada punto y coma por su cuenta. "Lo llamativo es que el auto que atropelló a Verónica no tiene golpes y en la autopsia se determinó que el cuerpo estaba muy golpeado" dice la profesional. Y la familia agrega: "Vero estaba reventada todo por adentro, la llevamos al Policlínico Eva Perón pero murió al otro día, no resistía nada", cuentan con la lástima que deja una ausencia.

La abogada tramita, busca. "Estamos preguntando a todo el mundo, buscando testigos, pero la gente es reticente a hablar. A mi me suena todo muy raro", dice. "Parece que el que manejaba el auto tenía un accidente anterior muy parecido, pero esto me lo contaron", dijo Emilio Mereles, para quien también el asunto es complejo y "raro".

Una cuna de marca que cobijará a Mateo, una heladera nueva, una notebook y una casa limpia y humilde. A pesar de todo se respira vida en este hogar pobre. Un gato negro, "el mishi, como le puso Aaron" se planta en la puerta y la superchería no deja lugar a dudas, es hora de cambiar de mascota.

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