Policiales

Dos vidas pobres signadas por un crimen, ventiladas en un juicio

Comenzó ayer el debate oral por el asesinato en 2016 de Juan Ruitoro, de 65 años, en El Mangrullo. Piden 20 años de prisión para el acusado.

Jueves 22 de Noviembre de 2018

Las vidas al borde de dos hombres pobres quedaron expuestas en un juicio oral que empezó ayer en Rosario. Los dos vivían en la calle. Cuidaban autos entre bulevares y dormían en plazas, hospitales o refugios, según el rigor del clima. Uno, Juan Ruitoro, apareció muerto a golpes hace dos años a la orilla del Paraná, cerca del club de pescadores del barrio El Mangrullo. En ese lugar compartieron sus últimos días de indigencia en una tapera sin luz. El otro, Guillermo Muñoz, está acusado de haber cometido el asesinato y luego arrastrado el cuerpo al río. Pidieron que sea condenado a 20 años de prisión.


El 10 de noviembre de 2016 la Prefectura Naval encontró un cuerpo flotando a la orilla de una lengua de tierra sobre en el río, a la altura de la cortada Mangrullo al 4800. Era Juan Ruitoro, de 65 años, quien había vivido los últimos meses cerca de allí, en una casa en desuso del club de pescadores. Estaba muy golpeado y le faltaba un pie que apareció a los dos días contra un muelle cercano.

Un notorio reguero de sangre sobre el pasto conectaba la casa con el lugar del hallazgo. Por eso fue detenido Guillermo Eduardo Muñoz, un hombre de 57 años que convivía con Juan desde hacía unas semanas. Está preso desde entonces y ayer se sentó ante los jueces Gustavo Pérez de Urrechu, Mariano Alliau y Carlos Leiva en la sala más amplia del Centro de Justicia Penal.

Sin domicilio

"Estoy sin domicilio", respondió Muñoz cuando el tribunal le preguntó su dirección. Un dato personal del que carecía antes de quedar detenido. Es divorciado, no terminó la escuela secundaria y solía hacer trabajos en la construcción y como técnico en refrigeración. El defensor público Juan Pablo Nardín dijo que tuvo una vida signada por la muerte de su madre cuando era muy joven y por el alcoholismo: "Formó varias familias pero no pudo sostenerlas". Ningún familiar del acusado acudió al debate.

El fiscal Luis Schiappa Pietra pidió que sea condenado a 20 años de prisión como autor de un homicidio simple, una pena alta para un delito con un mínimo de 8 años. Justificó ese monto en la mecánica del hecho y el padecimiento que llevó a Ruitoro a la muerte. Hizo foco en el desamparo de la víctima y el acusado porque, a su entender, eso explica un crimen que desde los primeros minutos la policía adjudicó a una pelea de borrachos: "La forma de vivir, la ingesta reiterada de alcohol. La indigencia fue el móvil", dijo.

Ruitoro y Muñoz vivían en situación de calle: "Dormían, ganaban dinero y se calentaban en invierno de la forma que les permitía la calle". Ruitoro solía dormir en la plaza frente a los Tribunales o en hospitales. Cuidaba autos en la zona de Pellegrini, Alvear y bulevar Oroño y era parte de un grupo de personas sin hogar —convocadas a declarar al juicio— al que Muñoz fue el último en sumarse. Juan cobraba una jubilación y, según el fiscal, Muñoz se aprovechaba de eso: "Muchos lo veían como una persona violenta".

"Es cierto que se conocieron en el ámbito de la calle y que vivieron juntos. Pero nada de lo dicho coloca Muñoz como autor. No hay pruebas para condenarlo", contestó el defensor, que pidió la absolución por falta de pruebas y advirtió que "el horario de la muerte es incierto".

Relaciones

Lidia Ruitoro, hermana de la víctima, fue la primera en declarar tras los alegatos de inicio. "Teníamos una relación fluida. El venía a casa una vez por semana", contó. La mujer, de fervientes creencias religiosas, contó que Juan estaba en situación de calle desde hacía cuatro años y "hacía todo un recorrido para protegerse de la lluvia". Cobraba una jubilación y ella le cuidaba el dinero.

En el invierno de 2016, recordó, Ruitoro y Muñoz pasaron un tiempo en el refugio Sol de Noche. Sobre fines de septiembre se fueron a vivir juntos a una casa frente al río que les cedieron en el club. "Flaca, ¿me prestás unos pesos? Me voy a vivir al club de pescadores", le anunció su hermano por entonces. Ella le aconsejó que fuera a una pensión pero él le contestó que en ese lugar podía dormir a cambio de una cuota de 150 pesos: contaba con casa, baño y ducha. Planeaban instalarse cuatro personas pero al final sólo quedaron dos: él y Muñoz.

En octubre, para el Día de la Madre, Ruitoro invitó a su hermana a almorzar al club. Comieron pescado frito. Ese día la mujer conoció a Muñoz, con quien compartió unos pasajes de la Biblia en la sobremesa mientras su hermano y su esposo pescaban. Por esos días, con 8 mil pesos de Juan que tenía a su resguardo, le compró un catre y un celular. Notó que su hermano le pedía dinero con más frecuencia y cuando ella preguntó en qué lo gastaba, él contestó que había comprado unas cañas para pescar.

Un domingo, cuatro días antes de su muerte, Lidia fue a llevarle 1.500 pesos. "Estaba enojado", recordó. Juan le contó que estaba "todo mal" con Muñoz: "No se puede vivir con él. Se hace el dueño de todo. Me agarra las cañas, las deja tiradas. No tengo mujer para mantener, lo único que falta es que tenga que mantener a un hombre". Fue la última charla con su hermana.

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