Diecinueve puñaladas. Seis en el pecho y otras seis en la espalda. El resto,
repartidas en los antebrazos y el cuello. Una de las heridas era una incisión de degüello. La
mayoría de los cortes fueron hechos de arriba hacia abajo y eran profundos. El arma utilizada tenía
doble filo. Así asesinaron ayer a la madrugada a Pedro Antonio Rubén Fernández, subjefe del área
comercial de la agencia Arroyito de la EPE, que murió desangrado. Lo sorprendieron después de
guardar el auto de su pareja en un garaje frente a su casa en Cochabamba 5200. Alcanzó a ingresar
el vehículo, estacionar y cerrarlo con llave. No le robaron nada. Antes de marcharse, el sujeto que
lo mató se lavó las manos en un baño del estacionamiento.
Un retrato. Los vecinos contaron que era un tipo derecho y agradable. De esos
que con una palabra podía desbaratar cualquier discusión y encauzarla en una charla. Tenía 53 años
y en el barrio Azcuénaga lo conocían como Pedro, a secas. Tenía cuatro hijos. Hace doce años se
había separado y llevaba más de una década instalado junto a María Esther, su actual pareja, de 42
años, en un departamento de pasillo de Cochabamba entre Matienzo y Camilo Aldao.
Allí vivía la pareja con una perrita caniche. El trabajaba como supervisor
administrativo en la oficina de avenida Alberdi de la EPE. María Esther tiene una hija casada
afincada en Villa Gobernador Gálvez y, según la pesquisa, trabaja regenteando dos departamentos de
citas.
De acuerdo a testigos y fuentes policiales, María Esther llegó de trabajar
pasada la medianoche del miércoles manejando su Renault Megane azul. Estacionó el auto frente al
pasillo donde vive, entró y despertó a Pedro para que guardara el auto en el garaje de
enfrente.
Era poco menos de la 1.30 de la mañana. El hombre se calzó un buzo y se llevó a
la caniche. Recorrió en el auto menos de diez metros. Abrió el pesado portón amarillo, única
entrada al garaje, que estaba cerrado con llave. Ingresó, encendió las luces y estacionó el Megane.
Segundos más tarde recibió al menos 19 puñaladas.
El descubrimiento. A diez minutos de la salida de Pedro, María Esther salió a la
vereda. En la calle no había nadie y el portón del garaje estaba cerrado. Según fuentes policiales,
la mujer cruzó la calle y oyó los ladridos histéricos de su perra. Golpeó el portón y nadie
respondió. Entonces llamó a un vecino con su celular. "Vení, por favor, no sé qué le pasó a Pedro",
dijo.
El vecino, amigo de la familia, demoró 15 minutos porque no estaba en el barrio.
Al llegar encontró a María Esther en la entrada del taller.
Cerca de las 2 de la mañana el joven abrió el portón y entró al galpón de unos
20 por 25 metros. Había cuatro autos allí. El más cercano al ingreso, el Megane azul de Pedro. El
auto estaba cerrado con las luces encendidas. Y del hombre ni noticias.
El recién llegado se dejó guiar por los ladridos de la perra y en la sala de
ajuste del taller, a unos 25 metros del ingreso, halló el cuerpo de Pedro.
Estaba recostado sobre uno de los brazos en medio de un charco de sangre. Tenía
varios puntazos en el pecho, la espalda y el cuello. Como signo de resistencia aparecían cortes en
sus antebrazos. En el lugar no había más señales. Sólo en el lavatorio del baño unas manchas de
sangre. Como si alguien se hubiera lavado las manos.
Sin robo. "La hipótesis del robo está casi descartada. Al hombre no le llevaron
nada y sólo faltó la llave del vehículo. El auto estaba cerrado con llave y al abrirlo se encontró
intacta la documentación del Megane y de la pareja de la víctima.
"Usaron un arma blanca de doble filo que no fue encontrada. Pudo haber sido un
estilete. La mayoría de los cortes tienen trayectoria de arriba hacia abajo y son profundos",
confió el vocero. "A primera vista del taller no falta nada. Al menos eso dijo el dueño. El garaje
tiene una sola entrada que es el portón. Hay ventiluces a los costado del recinto, pero están
enrejados y no estaban violentados. El que atacó a este hombre entró por el portón", comentó el
portavoz.
Días difíciles. La policía reunió varios testimonios que afirmaban, de modo
coincidente, que la relación entre Pedro y María Esther era conflictiva. Las discusiones entre
ellos habían escalado y no tenían pausa. Así lo señalaron familiares y vecinos. Hubo, incluso, una
denuncia judicial el año pasado de ella contra él (ver aparte).
Se ignora cuántas personas atacaron a Pedro y por qué. Ninguno de los pesquisas
consultados arriesgó el móvil de la agresión pero se inclinan por un motivo pasional. Investigan la
seccional 14ª, la Brigada de Homicidios y la jueza de Instrucción María Luisa Pérez Vara.