Con diez mil históricas clínicas, siete consultorios y un equipo integrado por unas 30 personas en dos turnos, el Centro de Salud Juana Azurduy se ocupa de asistir a una importante área de la ciudad ubicada entre Juan José Paso, Provincias Unidas, Sorrento y Chaco.
Amílcar Galeano es médico generalista y forma parte del staff de ese centro. Como si se tratara de algo que sucedió hace mucho tiempo, recuerda los primeros movimientos que los obligó a hacer el nuevo coronavirus que circulaba por China, avanzaba en Europa y amenazaba con acercarse a Latinoamérica. “Estuvimos atentos desde el minuto uno a toda la información. Veíamos la complicaciones que presentaba en los pacientes de otros lugares del mundo y empezamos a pensar cómo nos iba a afectar a nosotros. La llegada del virus a Rosario nos impuso una dinámica impresionante. La gran ventaja es que trabajamos en equipo, conocemos muy bien la situación del barrio y eso nos dio el respaldo necesario para afrontar esta realidad”, comenta.
De recibir a un centenar de pacientes por día en cada turno (mañana y tarde): asistencia médica, odontológica, farmacia, enfermería, trabajo social, debieron habilitar la atención cara a cara sólo de los casos imposibles de resolver a distancia; destinar los teléfonos del centro médico y también los de los profesionales para recibir consultas; preparar un circuito de atención especial para pacientes febriles; equiparse con todas las medidas de bioseguridad; cambiar el sistema de distribución de los medicamentos para pacientes crónicos (a la mayoría se los está llevado a su casa) y organizar todos los movimientos priorizando, no sólo las situaciones de los pacientes más vulnerables por edad, comorbilidades o dificultades socieconómicas, sino las de las zonas más desprotegidas dentro del área de cobertura del centro.
El aislamiento obligatorio impulsó a los trabajadores a hacer una especie de prevención puerta a puerta: “Muchas de las personas que nosotros atendemos no tienen un patio, por ejemplo. La calle, la vereda, son el único lugar que tienen para tomar aire además de ser el punto de encuentro en el barrio. Hubo que hablar mucho, pedirles que cumplan con el distanciamiento, que se organicen con las compras (lo que es difícil porque casi todos viven al día), que retiren organizadamente la comida en los comedores”.
"Nuestro primer caso fue el de un trabajador de 30 años, que cumple tareas de limpieza en un centro médico"
“Así nos fuimos manejando hasta que el 10 de abril nos llegó la notificación de que unos de los pacientes testeados en el centro de salud, con antecedentes de fiebre y síntomas respiratorios había dado positivo para Covid-19. Nuestro primer caso fue el de un trabajador de 30 años de edad, que cumple tareas de limpieza de un centro médico que se decidió testear porque tenía fiebre y tos. Con el diagnóstico confirmado se lo trasladó al Carrasco porque en su casa hay una sola habitación que comparte con su mujer y su hija pequeña. No se lo internó por su situación clínica, sino porque no podía tener un espacio para el solo en su casa”, remarca.
El paciente evolucionó bien y ya se le dio el alta al tener un tercer testeo negativo. “Fue muy importante hablar con la familia. Hay que pensar que ahí quedaban una mujer a la que le llevaban a internar a su marido, una nena que dejaba de ver de repente al padre, en el marco de todo un operativo de salud. Se les acercó asistencia psicológica, además de identificar a todas las personas cercanas que habían tenido contacto en el radio de dos manzanas y transmitirles las medidas de higiene y distanciamiento fundamentales para que el virus no se propague”, indica.
Hace una semana se registró el segundo caso: una joven que trabaja como cajera en un supermercado que consultó por fiebre, edema en los miembros superiores, malestar general, síntomas urinarios y lesiones en la boca. También fue internada en el Hospital Carrasco ya que convive con otras siete personas en un lugar pequeño.
“Fue claramente un caso de transmisión comunitaria”, explica Galeano, que a su vez relata que “lamentablemente” el hecho de que todos se conocen o que para el hisopado llega personal de salud y los vecinos lo ven, no se puede resguardar la identidad del paciente y entonces, a las pocas horas aparecen fotos en Facebook, comentarios que no son agradables y la persona que fue diagnosticada teme represalias. “El miedo genera esas cosas que son dolorosas para el paciente ya que de por sí atraviesa un momento complicado. Les decimos a la familia y vecinos que tomando todas las medidas los riesgos se minimizan y que es necesario ponerse en el lugar del otro. El virus circula muy rápido, en algún momento, el contagio nos va a tocar a casi todos”, reflexiona.