Rusia 2018

Símbolo de integración, adentro y afuera

Una selección de Francia multirracial y con un gran sentido colectivo venció a Bélgica por 1 a 0. El domingo jugará la final de la Copa del Mundo contra Inglaterra o Croacia.

Miércoles 11 de Julio de 2018

Hay un nuevo orden en Rusia 2018 y Francia es la referencia. Un equipo que ilumina con un fútbol que insinúa ser de largo alcance y que es símbolo de integración multirracial afuera de la cancha. El Mundial ya tiene a su primer finalista y hay fútbol en estado químicamente puro. Con una selección que está llamada a reverdecer aquel título que logró cuando organizó su propia fiesta en el 98. Por eso invita a seguirla, a mirarla y a tomarla como ejemplo. Ya Argentina había tomado debida nota qué lejos estaba de parecerse a este conjunto galo que ayer se sacó de encima a Bélgica con un estilo reparador. Es cierto que a veces puede parecer que el martilleo de su juego le gana a la poesía, pero lo que identifica a Francia es que nunca abandona esa frenética personalidad colectiva.

Francia llena el formulario de los grandes equipos. Habrá que ver si se consagra en el gran escenario que siempre representa jugar una final del mundo. Croacia o Inglaterra se encargarán de tomarle el último examen. Pero igual es evidente que Didier Deschamps supo imprimirle un sello indeleble a esta criatura que creó. Porque este equipo no se asemeja en nada al que perdió la Eurocopa hace dos años en sus propias narices contra la Portugal de Cristiano Ronaldo y compañía. Y eso que está formado por la mayoría de los mismos jugadores. Pero luce reconvertido. Nada lo saca de su eje y cuando encuentra algún recoveco va a los bifes directamente.

Si de jugar se trata están Pogba, Mbappé o Griezmann. Cuando la situación pide planchar el trámite, nadie mejor que Kanté para llevarse la pelota a lugares inalcanzables. Los centrales Varane y Umtiti nunca pierden la vertical y los laterales Pavard y Hernánez son dos pistones por sus sectores. El arquero Lloris está para sacar las pelotas que van adentro y así con cada engranaje que se va retroalimentando. Habrá que ver si el domingo puede descorchar el champagne luego de jugar su tercera final de los últimos seis mundiales (Francia 98 y Alemania 2006).

Qué fácil fue sacarles una radiografía a los dos. Lo ganó Francia, pero hasta con una venda en los ojos se hubiera descubierto cuál era uno y el otro. Bélgica utilizaba el pase como vehículo de progresión y se estiraba como chicle para desperdigarse por toda la cancha. Hazard por la izquierda, De Bruyne primero por la derecha y después el otro costado y así hasta que apareciera ese espacio para explotar. Todos movimientos ensayados, bien coordinados, que salían prácticamente de memoria. Francia se guardaba la carta que más le rindió en el Mundial. Recuperación y ataque en bloque, también muy bien sincronizados. Cuando Pogba o Kanté encontraban el camino o algún atajo para evitar piernas, Mbappé y Griezmann se encargaban del resto. Todo armonioso y en la justa medida, más allá de que faltaba ese toque final que es el que realmente establece las diferencias.

Con sentido colectivo

Era un verdadero gusto verlos respetar la esencia que los había llevado a disputar la semifinal de un Mundial. Ya desde el nacimiento del partido se observó esa idea de que ninguno de los dos se distrajo en perderse en arabescos ni efectos intrascendentes. Lo de los dos fue jugar con sentido colectivo. Hazard tuvo una oportunidad con un remate que se fue desviado, otra de Alderweireld que respondió Lloris y también hubo una salvada providencial de Varane.

En tensión competitiva y vena dramática, el partido fue el que se esperaba. Pero de tanto masticar el juego, Bélgica fue metiéndose en el terreno de la conveniencia de Francia. Para eso, Kanté fue el peaje por el que todos tenían que pagar. Fellaini y Chadli ya empezaban a caer cada vez con más frecuencia en los tentáculos de ese morochito y petiso francés que siempre está en todos lados. Cuida el radio de acción en el que se mueve con la fe de un devoto y gracias a una recuperación rápida en el medio vino la gran atajada de Courtois ante una filtración de Pavard por la derecha. Bélgica tiene eso. Puede perder el comando de lo que está haciendo, distraerse como le pasó cuando estuvo dos goles abajo contra Japón en octavos de final, pero también sabe que en el arco juega con la tranquilidad de que Courtois casi siempre está entrenado para aparecer cuando lo llaman. Porque en el cabezazo de Umtiti poco pudo hacer. Fue un fusilamiento, ya que el defensor se anticipó a Fellaini y produjo esos golpes estratégicos por el momento en el que se lo asestó.

Bélgica no fue Bélgica

En el amanecer del segundo tiempo, como para aturdirlo de movida. Francia encontró ese gol que adormeció a Bélgica. Ya no fue más el mismo. Nunca perdió las intenciones ni la prolijidad, pero el reloj le marcaba otro apuro. Y Francia, con esa paciencia de artesano que distingue a los que equipos que nunca alteran su sistema nervioso, se lo hizo pagar de la peor manera.

Bélgica se vio obligada a tentarse por algún centro de De Bruyne o del ingresado Mertens para intentar la heroica. Algo a lo que no está acostumbrada porque no lo siente. Tampoco le quedaba otra. Y si de apetito se trata, el de Francia fue voraz para recuperar rápido y hacer daño con Mbappé y Griezmann. Los franceses tenían todo tan acomodado que hasta se dieron el lujo de generarle situaciones que bien podrían haber estirado el resultado.

Esta Francia no sólo es un símbolo de la integración de razas afuera de la cancha. También lo es adentro con un equipo comprometido con la causa y que hace gala de un gran sentido colectivo. Jugará una nueva final del mundo. Bien merecido lo tiene.



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