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Los 83 años del Narigón Bilardo y las anécdotas que lo transformaron en personaje

El DT, campeón del mundo en México 86 y que se encuentra internado, marcó una huella dentro de fútbol por su capacidad y sus recordadas locuras.

Martes 16 de Marzo de 2021

Carlos Bilardo cumple 83 años. El entrenador campeón del mundo con la selección en México 1986 y finalista de Italia 90, además de emblema de Estudiantes, recibe un merecido homenaje como verdadero símbolo argentino por todo lo que le brindó al fútbol argentino. Mientras continúa con su tratamiento por el síndrome de Hakim-Adams, una enfermedad degenerativa que le fue diagnosticada en 2017, y con la tranquilidad que trajo la noticia de que ya recibió la primera dosis de la vacuna contra el Covid-19, en el día de su cumpleaños 83 un repaso por sus cábalas más disparatadas.

El DT se aferró a una serie de ritos a lo largo de su carrera en el fútbol para respaldar su capacidad, primero con los botines, luego ante el pizarrón. Muchas de ellas alcanzaron mayor notoriedad, como la designación de la canción "Gigante chiquito", de Sergio Denis ("Chiquito, bonito", al decir de Carlos Salvador), como himno oficial de la selección en el micro que trasladaba al plantel hasta el estadio Azteca durante el Mundial de México 1986. O el hecho de que sólo dos policías custodiaran la parte delantera del rodado durante la travesía (“el resto, atrás”, ordenaba). Otras tuvieron menos visibilidad. O quedaron en la intimidad de los planteles que comandó.

Algunas increíbles cábalas del Doctor rescatadas por los futbolistas que dirigió. Desde la selección hasta su última experiencia al frente de Estudiantes, que dejó una ristra de historias a la altura del personaje que fue construyendo a lo largo de su exitosa carrera.

Una voz en el teléfono

La anécdota aparece en el libro "El partido", de Andrés Burgo. En la previa del debut frente a Corea del Sur, mientras le realizaban masajes a José Luis Brown en la camilla, sonó el teléfono y el Tata atendió. El 3-1 posterior transformó un acto fortuito en una obligación para mantener a los astros del lado albiceleste. Así que el teléfono siguió sonando, y fue el defensor el encargado de atender, aunque del otro lado jamás hablara nadie. Tal vez era la gloria que a la postre premió la escena, repetitiva y bien actuada.

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Siesta cronometrada

El Mundial de México, el que consagró a Maradona y el último en el palmarés de Argentina a nivel mayores, terminó siendo un compendio de las “costumbres” de Bilardo, que involucró a sus jugadores a todo nivel en dichas obsesiones. Ricardo Giusti, por caso, debía colocar un caramelo en el centro del campo antes de los partidos (era por si a alguien se le secaba la garganta por la altura y el humo). Rubén Moschella, administrativo del plantel (hoy a cargo del predio de Ezeiza), recibía de manos del mismísimo Bilardo la planilla y los pasaportes de los jugadores para presentar a las autoridades. El Narigón no usaba pasta dental propia, sino que se la tenía que prestar el Tata Brown.

El engranaje de relojería de cábalas que armó estaba cronometrado. Incluso la siesta. Durante la Copa del Mundo que lo vio campeón sólo podía dormir la siesta de 14 a 16. A las 17, además, se había autopermitido llamar a Gloria, su esposa. Cumplida la sucesión de ritos, llegaba la ronda de mates con el plantel y cuerpo técnico. El pizarrón, así en la agenda como en la cancha.

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El pantalón del campeón

Argentina fue campeón en México con Le Coq Sportif como proveedor de indumentaria. Y los pantalones... negros. Lisos. Eso cambió en el 90. La AFA firmó un acuerdo con Adidas, que buscó ponerle su impronta al look, incluyendo las clásicas tres tiras en el pantalón.

Para cualquiera se trataría de un cambio ínfimo, sin ningún tipo de influencia. Para cualquiera, no para Bilardo. Tras la derrota ante Camerún en el debut en Italia, frente a Rusia, las tiras aparecieron misteriosamente tapadas. Y la mecánica se repitió cada vez que la selección usó el pantalón negro, como frente a Yugoslavia o Italia (victorias por penales). Las tiras podían esperar, según detalló Infobae.

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La sopa fantasma

Bilardo dirigió a Deportivo Cali entre 1976 y 1979 y luego a la selección de Colombia. Y allí, ante la intrusión de los cárteles de droga en las dirigencias del fútbol, el Doctor tomaba sus precauciones. Temía, por caso, que a sus jugadores les pusieran algo en la comida cuando jugaban en condición de visitantes. En consecuencia, siempre exigía que, como primer plato, a sus delegaciones les sirvieran sopa. ¿Por qué? Era el lugar más simple si algún adversario quería hacerles alguna maldad. Por eso, pedía la sopa, pero bajaba la orden de que nadie la tomara. Y los platos quedaban ahí, sobre la mesa, perdiendo temperatura.

La precaución se transformó en cábala. Y el pedido se sostuvo por largo tiempo.

El número maldito

En los vestuarios que maneja Bilardo no puede aparecer el color verde. Y hay un dorsal prohibido: el 17. En la quiniela, el 17 es la desgracia. Y siempre es mejor evitar convocarla. Sin embargo, en su última etapa como técnico en Estudiantes, entre 2003 y 2004, sufrió un desliz imperdonable para sus mandamientos.

Leonardo Pekarnik, mediocampista que se transformó en refuerzo del Pincha proveniente de Independiente, inocentemente tomó la camiseta 17. “Bilardo se agarraba la cabeza”, contó alguien que conoce de cerca al Narigón.

Una curiosidad: la obsesión por el color verde y el N° 17 Bilardo se la transmitió al Maradona entrenador. “Diego no quiere ver nada verde, y los números 13 y 17 se van para afuera. Fue lo primero que hizo cuando llegó. Lo aclaró con la utilería y lo hizo en todos sus clubes. Ahora están todos en el plantel cambiando de botines porque la gran mayoría los tiene de color verde”, reveló el paraguayo Víctor Ayala, días después del desembarco de Pelusa a Gimnasia en septiembre de 2019.

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Cruce peligroso

En último paso por Estudiantes, cuando saltaba al campo de juego, Bilardo se convertía en un gato negro. Siempre pisaba el césped antes que el rival, y en el momento en el que los jugadores adversarios asomaban por el túnel él tenía que cruzarse por delante de ellos. Planificaba los movimientos y los demás equipos, en principio, lo tomaban como una característica folclórica del personaje. Hasta que a muchos dejó de causarles gracia. Y Nueva Chicago, por caso, armó un operativo para evitarlo. El Doctor se desesperó, pero logró colarse en medio de la fila para, al menos, cumplir con el rito ante parte de la alineación del Torito.

El bidón de la suerte

El episodio del bidón en Italia 90 es uno de los más polémicos en la carrera de Bilardo como técnico. En ocasión del duelo por octavos de final ante Brasil, Branco, lateral del rival, acusó a Argentina de haberle ofrecido agua de un bidón contaminado, hecho por el cual terminó descompuesto. Los distintos protagonistas, el mismísimo Diego Maradona, Oscar Ruggeri, el masajista Galíndez y el propio Bilardo, jugaron a lo largo del tiempo entre la desmentida tajante, la frase sugerente y el festejo de una “avivada” (en el caso de Pelusa).

En Estudiantes el Narigón tuvo el bidón de la suerte. En uno de sus primeros partidos, un notero del programa CQC le obsequió un bidón. Y el entrenador, en lugar de ofenderse, lo adoptó. La cábala iba y venía con la utilería, como elemento vital de la delegación.

Bilardo acompañaba la “costumbre” con la indumentaria. Si ganaba o sacaba un buen resultado, un clásico: el traje tenía una nueva oportunidad. También el calzoncillo, aunque quedara fuera del alcance de las cámaras de TV.

Angeleri, el cantante frustrado

Bilardo no sólo le ofreció su experiencia a Estudiantes en aquella situación extrema en 2003 y 2004. También buscó inyectarle la mística que él incorporó en su época de jugador, que transmitió en su primera etapa en el banco de suplentes. Y apostó a promover o potenciar juveniles que asomaban de la cantera, como José Sosa, Marcos Gelabert, Marcelo Carrusca, el Tecla Farías o Marcos Angeleri.

A los jóvenes los sometía a maratones de entrenamientos con música (Bilardo era el propio DJ) o les encomendaba tareas especiales, como ayudar a los empleados en sus obligaciones. Y les inculcaba valores. También, involuntariamente, terminaban participando de sus “costumbres”.

Lemme otra vez se encarga de relatar la puesta en escena. “En la concentración estaba la habitación de Carlos, después venía la mía y la de Angeleri. Le había enseñado el utilero a tocar la guitarra. Yo lo hacía cantar a Angeleri. Una vez se enojó Carlos, salió corriendo y ganamos. Y le dije a Carlos que había que hacerlo otra vez, porque habíamos ganado. Entonces yo lo hacía cantar a Angeleri, él le gritaba y salía corriendo el pibito”, detalla la coreografía, que se repitió como un loop. “Son cosas lindas que vivimos al lado del maestro”, completa el Cabezón, al que hasta las cábalas le generan nostalgia.

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