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"Lo único que quiero es jugar a la pelota"

Angel Di María es un diamante en bruto que se convirtió en oro. Que se subió al pedestal de los elegidos luego de convertir el gol ante Nigeria en la final olímpica en Beijing 2008. ► Messi: "Después de lo que pasó, volver con la medalla es más lindo todavía" ► Mascherano ya cayó en la cuenta

Domingo 24 de Agosto de 2008

Angel Di María (20 años) es un diamante en bruto que hoy se convirtió en oro. Que se subió al pedestal de los elegidos luego de convertir el gol ante Nigeria en la final olímpica en Beijing 2008. Se calzó el traje de figura dentro de un equipo repleto de estrellas de la talla de Messi, Agüero y Riquelme. Pasó de primer suplente a chico de la tapa a un ritmo meteórico. Bienvenido al recorrido de un jugador que primero necesitó caminar por la cornisa del esfuerzo para dar el salto a este presente de ensueño.

En la historia de Angelito no todo lo que brilló fue oro, como la medalla que hoy cuelga sobre su pecho. Es que sus inicios en las inferiores de Central conocieron el lado ingrato de las postergaciones. Su infancia en la zona oeste de Rosario también estuvo moldeada por las privaciones. Papá Miguel y mamá Diana querían que uno de sus hijos jugaran al fútbol, pero se oponían a que dejara los estudios. Pero se impuso otra realidad. Para Angel los libros mordían. Por aquellos días nada era más importante que escaparse hasta el potrero y despuntar el vicio con sus zancadas de galgo.

"Lo único que quiero es jugar a la pelota. Nada ni nadie me hace sentir más feliz que divertirme con mis amigos", fue su declaración de principios cuando transitaba la etapa recreativa en las inferiores canallas.

Di María llegó a Central para divertirse pero conoció la amargura del ostracismo. Debió bancarse un tiempo en el que estuvo abonado al banco de los suplentes. Se armó de paciencia para soportar con la fe de un devoto. Esperó su momento y mostró su clase en la primera de Central. Luego en la selección Sub 20 que ganó el año pasado el Mundial de Canadá y por último en el equipo que acaba de retener la medalla dorada en Beijing.

Igual, el recorrido en las divisiones menores de Central ya lo mostraba como un jugador con genes de crack. De esos que llamaban la atención de los padres y técnicos ajenos cuando se jugaban los partidos en la ciudad deportiva de Granadero Baigorria. Marcelo Trivisonno, su entrenador en la sexta división de la Rosarina, no dudó en apuntárselo a Angel Tulio Zof, quien por entonces cumplía con el eterno ritual de sentarse en el banco de la primera. Corría el 2005 y ese flaquito con aspecto de debilucho comenzaba a trepar por su andarivel y en su carrera. Vinieron el salto sin obstáculos de la sexta al plantel de primera, el debut profesional ante Independiente (2-2), las asiduas convocatorias a la selección juvenil, la consolidación en el ciclo de Carlos Ischia y la explosión futbolística. Un cuadro de situación que desembocó en la venta a Benfica por la friolera cifra de 6 millones de euros por el 80 por ciento de su pase: "Ojalá que mi venta sirva para que Central se salve económicamente", dijo apenas se confirmó su partida a Europa.

No tuvo ni tiempo para disfrutar de la consagración del Mundial Sub 20 en Canadá. En aquel equipo arrancó como variante de ajuste y al final ocupó un lugar de privilegio. Toda una premonición para contar la historia archiconocida que vino después.

La imagen de Angel Di María gritando el gol ante Nigeria será la oblea que llevará para siempre sobre sus espaldas. Su grito desenfrenado retumbó con más fuerza en Rosario y se escuchó en cada rincón del mundo. Fue el Angel de la guarda de un país que desde el sábado conoce que en Central surgió un pibito, con cara de nene y aún acné juvenil, que hoy tiene el mundo a sus pies. Se llama Angel Di María y su análisis de ADN dio que es bien rosarino.

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