Los días se sucedían iguales sin solución de continuidad y el fútbol del estadio Doménico Chindamo lejos estaba de volver. Las jornadas pasaban monótonas y no había rutina hogareña que calmara las ansias deportivas de los players. Con este panorama, en tiempos de cuarentena obligatoria, fue inevitable la llegada de los recuerdos. El pasado, que no siempre fue mejor, cobró una especial relevancia en el cansado trajinar del mundo que rodeaba al Chindamo, llámense jugadores, cuerpo técnico, utileros, cancheros, personal administrativo, fans y hasta las familias de todos los componentes vitales de esta máquina recreativa que significa el viejo estadio y el aura mítica que lo enaltece a cada paso.
Un mensaje en el grupo de whatsapp pasadas las cinco de la madrugada despertó a toda la grey y adelantó una mañana movida. "¿Se acuerdan de Lluvia?”, posteó irreverente y sin cortapisas el Negro, como recién salido de la más tupida de las tinieblas. Aún en la duermevela y con el sobresalto propio de un sueño insepulto despertó con el rictus amargo de una historia lejana.
El primero en responder fue Quiquín, quien todavía somnoliento sólo atinó a teclear: "Uyyy, ¿te acordás?”. Uno a uno, primero, y en tropel a eso de las 6, los apesadumbrados y aún atontados futbolistas de la red del Chindamo comenzaron a dar muestras de haber sentido la estocada en el medio de la frente. Todos acusaron recibo de aquella triquiñuela del destino que debieron afrontar en épocasno tan lejanas y que ahora la memoria les devolvía como despertar de un sueño colectivo.
"Eso fue duro”, cerró la inicial tanda de comentarios el Pibe Campari, más adormilado que de costumbre.
Entre todos fueron armando la evocación, que permanecía viva en cada una de las retinas con mayor o menor precisión, como el rompecabezas de un todo que requiere de muchos para poder reconstruirse.
La fecha de aquel hecho trajo la primera disonancia. No lograron ponerse de acuerdo. Los más veteranos, quienes vivieron en primera persona tal suceso, aventuraban momentos tan disímiles que resultaba difícil dar crédito a tales disparates. Es más, quedó la sensación inequívoca de que la vejez había hecho estragos en la memoria de quienes se decían memoriosos.
Los más jóvenes, que no habían estado de manera presencial en el hecho, terciaban en la conversación proponiendo algo de orden y acercando aproximaciones a la fecha en sí, ya que guardaban el relato de la cuestión de las generaciones mayores.
Si la fecha fue difícil de consensuar, la duración del fenómeno fue el tópico disruptivo excluyente y hubo conatos de agresión, entre dos bandos primero, luego entre tres facciones y así hasta terminar en provocaciones generalizadas y desafíos a duelo a trompadas mano a mano entre todos los participantes de la red chindamística.
La cuestión sería más o menos así: en un lejano abril, del que por estos días se cumplen "muchos" años, el Negro en el centro del campo, con la pelota bajo la suela y un papelito con una lista en la mano, contó los escasos concurrentes al Chindamo y con cansado asombro se dio cuenta de que no juntaban ni para un equipo. Acomodó la redonda bajo el brazo, farfulló un contundente "no organizo más” y puso pies en polvorosa.
En aquellos aciagos días la convocatoria al Chindamo se hacía mayormente por teléfono, ya que no había otro medio, y el encargado cada vez debía realizar ingentes llamados el día previo para conseguir un número decoroso que permitiera la jornada futbolera. Como la asistencia disminuía a pasos agigantados cada vez más, el Negro aprovechó la situación para hacer mutis por el foro.
Después de muchos ruegos y frente al posible desmembramiento del grupo, Zamba se hizo cargo y con demoledor entusiasmo abordó la tarea.
El primer martes, y tras innumerables llamados, exhibió orgulloso una lista en la que figuraban 14 rutilantes nombres para la mañana siguiente. "Aprendan”, espetó con suficiencia y un dejo de altivez.
De madrugada, un diluvio arreció la ciudad y los jugadores, al primer chasquido de las gotas sobre el techo de sus casas, optaron por cancelar el despertador y dejaron el sano esparcimiento del fútbol para otro día. La semana siguiente ocurrió algo parecido, una lista voluminosa de jugadores el martes a la noche y una lluvia copiosa a la mañana siguiente.
Las semanas pasaban y el clamor por volver al Chindamo crecía, así como el entusiasmo y la preocupación de Zamba. Casi todos habían resuelto otro espacio para despuntar el vicio de la redonda, pero el Chindamo era algo especial, único.
No es posible afirmar si el fenómeno duró semanas, o meses, o años. Aquí los chindamistas entran en desacuerdo total.
Doménico sostiene que su estadio estuvo sin fútbol por varias temporadas y hasta asegura que aún recuerda con nitidez "el trueno de todos los miércoles a las 9 de la mañana”.
Lo cierto es que esa especie de maleficio provocó pullas hacia el organizador y sin que él lo supiera fue bautizado como Lluvia. Cierta vez escuchó tal apelativo a sus espaldas, cuando iba pasando, frenó en seco y preguntó de quién hablaban. La estentórea carcajada general le otorgó las últimas certezas. Aquella vez dejó la lista sobre la mesa con su nombre tachado y sólo dijo: "Renuncio. Y no voy más”.
Al día siguiente, el sol salió.