La fiesta fue canalla. El carnaval fue auriazul. La alegría no tuvo fin en el Gigante. La inmensa victoria que consiguió Central por 1 a 0 ante Newell’s, con el testazo notable de Alejo Veliz, desató en el pueblo guerrero un festejo conmovedor que hacía muchísimo que no se veía en Arroyito. La postal del final fue con los jugadores ofrendando el triunfazo a los hinchas en los cuatro costados de la cancha, con el piberío que defendió a capa y espada el escudo saltando al ritmo del grito de guerra que bajaba de la tribuna. Y claro que hubo un autor intelectual del éxito, del desahogo, que fue el ya señor técnico Carlos Tevez. Porque el Apache contagió a sus muchachos del fuego sagrado para jugar el derby, para luchar sin claudicar y así Central fue un justo ganador. Y dejó a Newell’s llenó de dudas, minimizado como equipo, sin invito y sin punta del torneo. Por eso fue todo canalla. Fue todo de un Central con un valiente corazón Apache.
Ni bien terminó el partido Carlitos se fundió en un abrazo conmovedor con su cuerpo técnico. Y luego el Apache le dio una abrazo paternal a Walter Montoya, el símbolo que eligió el DT para que porte la cinta de capitán. Después Tevez se fue caminando al vestuario y antes de meterse en el túnel volvió la mirada a la cancha, donde sus leones festejaban la victoria y se sacaban la mufa de los momentos traumáticos de los últimos tiempos. Ese festejo fue la síntesis del agobio futbolístico que traía Central y que con Tevez parece que el alma le volvió al cuerpo.
Antes se había jugado un partido ordinario. Discreto. Con poquito fútbol y mucha lucha. Con ocho amonestados, juego cortado, fricción, dientes apretados y casi ninguna idea. Pero en ese río revuelto en el balance de los 90 minutos siempre fue el canalla el que se acomodó mejor al barro.
También allí Tevez transmitió a la perfección cómo sería el trámite y sus muchachos nunca dudaron que la pilcha era el overol.
Mientras que Newell’s fue prolijo en el inicio y manejó mejor la pelota con Pablo Pérez, pero después se fue desinflando como un globo desatado. La correcta media hora leprosa, con el tiro en el palo incluido de Pérez, fue demasiado poco para un equipo que llevaba para defender la punta y sostener el invicto. La lepra no tuvo reacción, falló la apuesta de Panchito como carrilero izquierdo y el canalla poco a poco fue copando la parada y se terminó imponiendo con absoluta justicia.
A Central la salida accidentada de Buonanotte le aclaró el panorama. Porque ingresó Infantino, pero además Tevez rompió la línea de cinco atrás y mandó al debutante Juan Rodríguez a meter garrote en el medio. Allí el canalla equilibró el trámite y se despabiló.
Y cuando los arcos parecían estar lejos el derby se abrió. El dueño del cielo hasta ahí, el experimentado Lema, perdió de arriba con el desvergonzado Veliz. El pibe canalla metió un testazo notable que se coló en el ángulo derecho del arquero Herrera. Explotó el Gigante.
Central metió una mano que terminó siendo de nocaut para un Newell’s que desde allí jamás esbozó una reacción. El equipo de Sanguinetti de desmoronó en el juego, en la agresividad y tampoco tuvo rebeldía para forzar el destino.
Por primera vez la lepra estaba en desventaja en la Liga y no supo qué hacer con la pelota ni con la urgencia de tener que protagonizar las acciones para dar vuelta la historia.
Y Central, como una cazador ya con la presa en el bolso, se dedicó a cuidar el alimento con uñas y dientes, le quitó ritmo al trámite y además casi lo liquidó de contra con un remate de Veliz en el inicio del complemento que tapó Herrera.
Central construyó el triunfo desde el coraje, la solidaridad colectiva y el compromiso admirable de los pibes, como Tanlongo, Buonanotte, Veliz, Blanco y los ingresados Infantino y el pícaro Frías.
En el final el trámite se picó y volaron las amarillas por los aires. Igual el VAR pasó casi desapercibido por la actuación correcta del árbitro Fernando Espinoza. .
Central fue el dueño del clásico con autoridad. Trabajó y masticó la victoria. Fue un gran desahogo para el pueblo auriazul por la malaria de los últimos tiempos. Y Tevez, con perfil bajo, fue el padre de un triunfo gigante, con el sello del bravo Fuerte Apache.