Paolo Montero no guarda las formas. No hace las veces de técnico imperturbable ante las emociones fuertes, por más que su cabeza calva inconfundible, sus lentes y su sobrio traje de estos tiempos sin corbata, sugieren una pose de aplomo que no cuida. Porque el uruguayo así lo vive y esa pasión que liberó en los gritos de Camacho y Herrera, explosiva, se correspondió como nunca con un equipo que puso lo que hay que poner para que el Gigante se fuera pletórico de felicidad. No porque Central haya jugado bien, no porque haya dado un salto de calidad en su juego, pero sí porque ante esa merma aparecieron otros condimentos indispensables para equilibrar un trámite que lo llevaba inexorablemente a la derrota y transformarlo en un cierre épico, remontando con diez por la expulsión nada menos que de su capitán. La victoria sobre Gimnasia que lo metió en la Sudamericana será recordada por esos matices, que al cabo conmueven a cualquiera.





























