Un objeto es como es, y sin embargo termina siendo según la mirada que sobre él tenga el observador, es decir, que al fin es receptor de incontables interpretaciones y proyecciones de lo que simboliza. Desde ya que las diferencias son sutiles, pero cargadas de significado. Un chico ve un tren de juguete y empieza a imaginarse una máquina mágica que se desplaza pitando, que tiene en sus entrañas una caldera que produce vapor que mueve pistones, émbolos y ruedas y que expele chorritos de humo; que viaja sobre vías que se enroscan y desperezan hasta perder la noción de un destino inconcluso mientras atraviesa estaciones con minúsculos pasajeros que viven esperando, inútilmente, que la locomotora pare en el andén con casitas con techos a dos aguas, salpicadas de gotas blancas que simulan copos de nieve y rodeadas de tiesos pinitos también moteados de nieve, autitos por siempre inmóviles, túneles escabrosos de los que el convoy sale victorioso, domando los obstáculos que, emperrada, le pone la montaña.


























