Opinión

Un intendente de barrio

Héctor Cavallero disfrutaba de sus recorridas por la Rosario profunda, en las que no importaba el tiempo ni los protocolos. Era ahí donde detectaba las prioridades de su gestión.

Viernes 02 de Octubre de 2020

Una mañana tórrida. El calor cruzaba la ciudad a las 8.30 pronosticando que la temperatura de la siesta sería implacable. El intendente emerge del Palacio de los Leones y con un "vamos muchachos" inicia una recorrida por la Rosario profunda. A esa que le gustaba ir para escuchar "lo que cuenta la ciudad". Una acción que él disfrutaba por su vocación. Pero para el resto era un viaje al imprevisto. Con la única certeza de que no se trataba de un ratito. Era mucho más que eso. Era mucho más que tiempo.

Apenas bajaba del auto saludaba a todos. Y con aquel vecino reticente por timidez o por algún encono en particular lo encaraba con determinación, y con esa voz corporal lo abordaba con un firme "¿cómo andamos...?". Y así desarmaba hasta las más férreas de las defensas.

Ese día en el que el calor no ofrecía espacios, el intendente, fiel a su estilo, encaró decidido por las calles de tierra del oeste y sudoeste. Las vecinas salían al cruce para saludar y reclamar, y cada cuadra era un asamblea vecinal, algo que él disfrutaba, porque desde allí fue tejiendo su gestión comunitaria.

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Su pragmatismo era transversal. Pero era en los sectores más vulnerables en los que más cómodo interactuaba. Porque interpretaba todos los gestos, y decodificaba con rapidez las prioridades. Una virtud hoy poco habitual.

Fue en esa recorrida en la que doña Mabel lo invitó a pasar a su modesta casita para "tomar unos mates con torta fritas". Y se mandó esquivando perros al tiempo que seguía saludando a chicos que se arremolinaban en su derredor para aparecer en las fotos. Se sentó, engulló la torta frita, tomó un mate, y ahí nomás le preguntó: "Decime viejita, cómo está el barrio".

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Un ventilador medio desvencijado soplaba un aire caliente, pero el intendente mientras mateaba se secaba la transpiración sin perder el hilo de la conversación. Media hora. Saludó. "Te dejo así podés almorzar", le dijo el mandatario. "Este es mi almuerzo", escuchó como respuesta, la que rebotó en los oídos de todos los presentes.

El intendente caminó unos metros, miró a quien esto escribe, y comentó: "Doña Mabel nos dio mate y torta frita, pero nosotros los gobernantes tenemos que darle las soluciones a las necesidades que tiene el barrio y ayudarla para que su almuerzo sea más que eso. Sino no merezco volver acá".

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A esa altura poco importaba el calor de las 13. Porque el hecho quedó grabado en la memoria como definición de un estilo que marcó una época. De un intendente simple y práctico. El que se subió al auto y cuando escuchó que el chofer le preguntó: "¿Volvemos?". El le contestó: "No, ahora vamos a barrio Triángulo".

Y así se fue Héctor Cavallero por las calles de tierra que luego pavimentó. Como se fue hoy, dejando un gran recuerdo "bajo todo conceto", como decía sin importarle la dificultad de pronunciar la palabra concepto. Con la ductilidad de un intendente que supo ser y hacer. Como un verdadero Tigre.

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