Cambiemos

La intolerancia

¿Y los argumentos? El episodio de las declaraciones de Juan José Gómez Centurión en un programa de televisión blanqueó más que nunca una cultura que parece instalada definitivamente en la sociedad.

Domingo 05 de Febrero de 2017

Esta es la primera vez que decido opinar sobre lo ocurrido el domingo pasado con el titular de la aduana Juan José Gómez Centurión en el programa que conduzco por América TV. En realidad, más que opinar mi intención es contar lo ocurrido en cámaras y fuera de ellas y, sobre todo, ratificar una posición que vengo sosteniendo en estas columnas: la peor herencia que ha dejado el kirchnerismo, alimentada todavía hoy, es el desprecio por el verdadero sentido de argumentar y la convicción siniestra de que la intolerancia es un valor.

En nuestro programa "Debo decir" recibimos cada semana a seis invitados que han ido desde el jefe de gabinete Marcos Peña y Hugo Moyano, pasando por cantantes como Jairo o Sandra Mihanovich o modelos como Rocío Guirao Díaz y el modisto Benito Fernández. Esta heterogeneidad, esta libertad que ofrece el canal, creo, favorece escuchar a algunas personas hablando de lo que habitualmente no hacen. Conocer el "lado B" de alguien notorio es nuestro objetivo.

El domingo pasado la propia oficina de prensa de Gómez Centurión propuso, como lo hacen muchos, que se lo tuviera en cuenta para el programa porque consideraba que el formato era atractivo. Jamás se acordó el temario para interrogarlo. Como no se hace con nadie.

Conozco la trayectoria del hombre de Aduanas desde hace tiempo. Los ex combatientes de Malvinas usaron adjetivos de heroísmo para describir su paso por las islas desde el primer día de la recuperación. Gómez Centurión fue condecorado en la Argentina por su valentía y en textos ingleses se habla de él con admiración. Este era un costado de ese "lado b" de un invitado que quería contar. Claro que su suspensión frente a la Aduana era un tema. Claro que su actual pelea contra las mafias importadoras también lo era. Sin embargo, estar frente a un soldado que honró su uniforme defendiendo la bandera en un proceso que pensaron generales desesperados por mantener el poder a costa de la vida de jóvenes conscriptos resultaba interesante.

Gómez Centurión contó cómo en Malvinas fue rescatar a un subordinado en medio de una batalla y de las recomendaciones de sus superiores para que no lo hiciera. La pregunta fue instintiva: "¿Qué siente por Galtieri?". "Es un personaje más de la historia. No va a tener relevancia cuando se lo recuerde", dijo. La colega Romina Manguel se sintió molesta frente a lo dicho. Para un periodista, no para un ex combatiente, Leopoldo Fortunato Galtieri es antes que nada un condenado con sentencia firme y con valor de cosa juzgada por delitos atroces de lesa humanidad. Alguien que sí quedará en la historia como un asesino que utilizó el Estado para perpetrar sus crímenes.

Luego vino la discusión del plan sistemático de desaparición de personas, de los "vuelos de la muerte", de los campos de concentración y más. El invitado no quiso nunca retractarse de lo dicho a pesar de que este cronista le repreguntó tres veces si se estaba arrepentido. En el corte comercial el clima era extremadamente denso. Los otros invitados, Hilda "Chiche" Duhalde (hasta ella lo llamó a reflexionar), Ari Paluch, la cocinera Jimena Monteverde y el músico Leo García no salían de su sorpresa. Gómez Centurión se acercó a mí y me dijo que entendía nuestra posición (la de Manguel y la mía) pero que no creía que debiese decir otra cosa. Sus asesores de prensa, al borde de la desesperación, le decían al oído cosas que nunca supimos.

A partir de entonces, quienes tienen repercusión en la opinión pública se dividieron en dos. En donde sectores irreconciliables como sucede cuando se decide discutir quién dice antes de analizar qué se dice. Los que apoyan al jefe de Aduanas consideraron una zancadilla periodística el programa auspiciado, hasta escuché decir, por sectores promontoneros engarzados en el kirchnerismo rabioso y en el deseo de golpear al presidente Mauricio Macri. Del otro lado, los que creen que el hombre que opinó, gracias a un cuestionario concesivo de un periodista que quiso favorecer al funcionario, blanqueando la posición sobre derechos humanos del gobierno nacional proclive a Videla, Massera y sus secuaces, y defensor de los gobiernos de facto.

Frente a lo ocurrido debo decir que importan poco algunas opiniones que sólo demuestran el prejuicio y el desprecio a priori por quien habla o escribe. A los fanáticos K que estaban dispuestos a sostener la cuadratura del círculo con el sólo fin de despreciar al PRO y, a la inversa, a los cegados por defender a este gobierno a costa de cualquier excusa anti K les cabe la consecuencia de la era de la intolerancia. No les importan los desaparecidos ni el estado de derecho ni cualquier cosa que merezca debate. Los mueve solamente el deseo de ver desaparecer (con perdón) al sector político que aborrecen. A cualquier precio.

Fue patético, por ejemplo, escuchar a la ex presidenta al respecto. La misma que nombró al general Milani al frente del ejército y la que se negó recibir a toda otra organización de Derechos Humanos que no fuesen sus dogmáticos seguidores. Fue horrible escuchar a funcionarios de Cambiemos justificar los dichos apologéticos de la ilegalidad bajo el pretexto de diferenciarse de sus oponentes políticos. Todos preocupados por el origen de la pregunta. Casi ninguno por el nacimiento de las respuestas.

La Justicia ha dicho que las organizaciones terroristas están fuera de la ley. Para decirlo sin ambages, fueron delincuentes que mataron, torturaron y sembraron terror. El gobierno que se inició en 1976, dijo la misma Justicia, utilizó un plan sistemático de ilegalidad que incluyó la desaparición de personas, los secuestros y las matanzas masivas. ¿Un ciudadano de a pie no puede discutir esto? Puede. Pero está obligado a respetar el sistema republicano que dice que la Justicia es el resguardo de la ley y de lo que está dentro de la constitución. ¿Gómez Centurión no puede opinar? Desde su casa, puede. Ateniéndose a las consecuencias de la misma ley si pretender ensalzar lo que la justicia dijo que era delito. Pero si se lo hace desde la función pública, en representación de un estado que falló conforme a la norma, su situación se complica dejándolo en infracción moral y jurídica.

¿Y la sociedad en general? Está claro que la mora en la justicia a 40 años de aquellas atrocidades ha dejado una cuenta sin pagar. Quizá esté allí el germen de no de poder encarar una discusión en serio sobre casi nada sin caer en el desprecio del otro por el mero hecho de serlo. No hay un solo tema (los 70, los precios, el topless de una playa, la imputabilidad de menores, nada) que admita discutir desde la argumentación con el beneficio de escuchar lo que se piensa antes de denostar a quien lo piensa. El fanatismo es una tara de la inteligencia. La intolerancia no es un valor sino una desgracia intelectual. Un episodio en la televisión vino a ratificar que pensar en estos tiempos luce imposible cuando lo que se impone es el dogma de los amigos y el aborrecimiento de los enemigos.

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