Nadie tiene la verdad en el fútbol. Por eso es tan atrapante. Las épocas van cambiando, la tecnología hizo su parte para eso en este último tiempo, pero está claro que se está viviendo una etapa con sello propio en cuanto al juego en sí. Antes los defensores y el arquero veían más la pelota cerca cuando los atacaban, hoy son la primera parte de la acción y se les exige el mismo buen trato que cualquier volante. A veces, el balón lo tienen más ellos que sus compañeros de avanzada, nadie la revienta, todos intentan jugarla y los guardavallas son parte de ese circuito de salida, tanto que parecen tocarla más con los pies que con las manos. Hasta esta evolución soporta errores groseros que terminan en goles.
La velocidad es otra también y la combinación con la precisión vale más que nunca, pero siempre con las pausas intermedias que le dan los defensores en una salida donde la suelen tocar todos. El Mundial de Qatar fue la exaltación de esos preceptos y los máximos candidatos hicieron gala de esas premisas, los que eligieron otros caminos parecieron antiguos, como Polonia o México. Y en Argentina, adonde toda evolución parece llegar un poco más tarde, la impronta de River parece la más amoldada a ese nuevo status y marca la diferencia. No por nada la encarna Martín Demichelis, criado como técnico en el fútbol alemán.
Pero lo dicho, toda verdad es relativa. El fútbol argentino, de demasiados equipos en primera división, con figuras que emigran rápido y con talentos repartidos entre muchos, excepto River al resto le cuesta amoldarse. En ese contexto, en Rosario claramente un equipo trata de seguir esa ruta y el otro se aferra a estilos de otros tiempos. Pero le va mejor a este último. Por eso se insiste, toda verdad es relativa.
El primero es el Newell's de Heinze, claro, que busca un fútbol moderno pero hasta el momento le cuesta salir de la teoría. Tanto, que la mejor versión del libreto que pretende, se vio cuando puso en cancha un equipo más alternativo, pero de más juventud e intensidad, y adonde deberá reflejarse con los cambios que hagan falta si lo que pretende es jugar habitualmente así. Se habla del triunfo ante Racing en Avellaneda.
Del otro lado el Central de Russo juega de otra manera. La salida es más tradicional, el arquero la toca poco y nada. si puede avanza con los laterales de manera más directa y si no se puede, el pelotazo no pone colorado a ninguno de los zagueros. Depende en ofensiva más de lo que produzcan las individualidades como Malcorra o Montoya, para alimentar a un 9 más pivot que otra cosa. No hace del toque un culto ni mucho menos y es más, sufre mucho cuando enfrente tiene un rival de la nueva escuela, que puede inyectarle velocidad y precisión a sus desplazamientos.
Pero lo dicho, Central tiene 23 puntos y Newell's 19, y en toda esta primera mitad de la liga siempre estuvo arriba en la tabla. Por supuesto que tiene lógica que Russo represente a la vieja escuela y Heinze a la nueva. En el corto plazo la razón se la llevó el primero. En el largo parece racional adaptarse a los nuevos tiempos.
Al pragmático Estudiantes de Alejandro Sabella le faltó un minuto para ser campeón del mundo ante, quizás, el que inició esta nueva tendencia. Pero aquel maravilloso Barcelona de Pep Guardiola jugó igual hasta el instante final, así se lo empató y así se lo ganó en el alargue en 2009. En general, son excepciones las que confirman las reglas y cuando se nota una evolución, tratar de alcanzarla sería el más inteligente de los caminos.
La razón es simple. Los clubes de acá precisan el mercado europeo y en las mejores ligas del mundo, que están ahí, necesitan jugadores que encarnen bien ese dinamismo actual. El caso de Enzo Fernández, el de Julián Álvarez, el del mismo Facundo Buonanotte, así lo demuestran. Además de que es difícil pensar que el fútbol vuelva para atrás, a un juego más lento, o al de un catenaccio que pasó de moda, ése es el derrotero más conveniente.