Opinión

Eva, esa mujer

Evocaciones. La mujer del general Perón es un mito, pero también es un hecho político y, como tal, ha generado múltiples interpretaciones que ayudan a leer el personaje.

Miércoles 23 de Mayo de 2018

Copi estrenó su obra Eva Perón en París, en el año 1970, en medio de una gran polémica en la que no estuvieron ausentes el éxito, las críticas feroces (Le Figaró la llamó "pesadilla carnavalesca" y "mascarada macabra") ni las bombas que estallaron una noche en el teatro parisino donde se representaba. Pero más allá de otras consideraciones, la obra de Copi es la que hace trascender el mito de Eva Perón en el mundo y da pie años después, entre otras intervenciones, a la famosa opera Evita.
Eva Perón es un mito, ninguna duda cabe al respecto, pero también es un hecho político y, como tal, ha generado múltiples interpretaciones que, desde la aceptación o el rechazo, ayudan a leer el personaje.
Rodolfo Walsh, en su cuento "Esa mujer", recrea un episodio real en el que un general del ejército y un periodista conversan sobre el destino del cadáver de Eva Perón. El militar quiere obtener información sobre unos papeles que se supone están en poder del periodista y este, por su parte, desea saber el paradero del cadáver de Eva Perón, secuestrado por los golpistas y mantenido oculto, fuera del país, muchos años. El cuento, breve, de un clima denso según avanza la conversación que acabará en punto muerto, se carga con la oscuridad envolvente del crepúsculo y el alcohol que embriagará al militar hasta extremar su paranoia y megalomanía. El periodista, sin perder la compostura ni su táctica para obtener la información que no consigue, hace partícipe al lector de su perfil ideológico y la declinación emocional a la que lo empuja el militar. Dice el periodista, narrador del relato: "Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, vengativas olas, y por un momento yo me sentiré solo, ya no me sentiré en una arrastrada, amarga, olvidada sombra".
Es curioso que el discurso del periodista, es decir, el del narrador, se contenga en la conversación para encontrar el modo de doblegar al general en su voluntad y que sea en la introspección cuando entre en el campo semántico de una tragedia griega, "frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, vengativas olas", abrazando el mito y abandonando el personaje político. Incluso el general, al describir el cadáver de Eva Perón, le dice a su interlocutor: "Ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta". El militar tampoco puede, aún en su aversión, evitar el lugar que el imaginario colectivo le asignó: diosa.
Jorge Luis Borges escribió en un texto breve, El simulacro, una muestra visceral de antiperonismo que, como tampoco podía ser de otro modo, también es una clara presentación mítica de Eva Perón. El cuento de Borges se sitúa en un pueblo de la provincia del Chaco y narra cómo se arma una capilla ardiente con una tabla y dos caballetes, una muñeca de pelo rubio en una caja de cartón, flanqueada por cuatro velas puestas en candeleros y un hombre, el cual, junto a la caja, recibe el pésame de la gente del lugar que se acerca a la representación del velorio. Escribe Borges: "La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología".
El presidente Perón murió un día del mes de julio de 1974 y cuando se anunció oficialmente su deceso yo estaba en el colegio. Ni bien se supo la noticia se interrumpieron las clases, pero nos obligaron a permanecer en la escuela hasta el horario de salida habitual. Con mis compañeros de clase, asomados a las ventanas del aula, un primer piso de la calle Entre Ríos de Rosario, vimos pasar no sin asombro algunas furgonetas con ataúdes envueltos en banderas argentinas. Después supimos que era para montar capillas ardientes en las unidades básicas y velar simbólicamente el cuerpo de Perón. Borges lleva razón en la afirmación de un personaje. Perón no era Perón, es verdad, pero la muñeca rubia sí era Eva Perón. Perón nunca llegó a ser un mito o, al menos, un mito perenne; siempre fue un líder, un militar y un estratega político que recibió respeto y un fervor que muy pocos dirigentes concitan (y un odio proporcional por parte de los opositores).
Copi cierra su obra Eva Perón -que se representó el año pasado en el Teatro Cervantes, con una idea brillante en la que dibuja su versión del origen del mito. Eva, agonizante, le dice a la enfermera que la asiste: "Va a ayudarme a morir como una partera. Es por eso que la quiero. ¿Usted sabe de partos?" En este trazo del personaje que esboza Copi marca el tránsito del cuerpo hacia su idealización, hacia el nacimiento del mito.

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