En estos días, ver a la ciudadanía movilizarse en Rosario me hizo recordar un acontecimiento que viví hace 30 años en Palermo, Italia. Fue en mayo de 1993 con motivo de cumplirse el primer aniversario del asesinato del juez Giovanni Falcone. En esa jornada se llevó a cabo la primera marcha antimafia donde miles de personas se juntaron para reclamar justicia y seguridad.
Giovanni Falcone estaba convencido de que la mafia no era, en modo alguno, invencible y reafirmaba que es un hecho humano y como todo hecho humano tiene un principio y también tendrá un final.
La muerte de los jueces Falcone y de Borsellino, esta última ocurrida en julio de 1992, marcó un verdadero antes y un después.
Ellos formaron la pareja de jueces antimafia más simbólica de Italia y juntos lograron poner en marcha en 1986 el maxiproceso. Se trató de uno de los juicios más importantes de Italia y el mayor hasta la fecha contra la mafia organizada, con casi 500 imputados, de los que fueron condenados 360.
Yo sueño que pase algo parecido acá. Que el sufrimiento de nuestros hermanos rosarinos sea lo que decida a las autoridades a tomar el toro por las astas.
En el libro “Es hora que me escuchen ” escribí hace 15 años: "Al respecto, no puedo evitar mi indignación. Se tiene que terminar el tiempo de hipócritas, tibios y cobardes. El que tenga miedo que se calle y no se dedique a la política, porque en los tiempos por venir, con el avance del crimen organizado, la inacción será equivalente a complicidad".
Lamentablemente la respuesta fue la sordera. No solamente no me escucharon sino que de manera ridícula comenzaron a plantear los Derechos Humanos de los narcotraficantes.
Estoy convencido de que parte de la solución sería disponer de una cárcel exclusivamente para este tipo de delitos, pero además que la misma esté dotada de un sistema tecnológico que impida que los detenidos puedan comunicarse con el exterior. No podemos seguir manteniendo el actual sistema penitenciario sumamente laxo y que permite desviaciones tanto durante la investigación como después en la condena.
Otro tema que vengo planteando, también desde hace varios años, es el sistema de recompensas por denuncias anónimas. Una de las formas para desarticular las organizaciones delictivas es utilizar un sistema de premios y recompensas económicas. La propuesta consta de tres pasos: en un principio, cualquier ciudadano podrá colocar en la parte superior de un papel, escrito con duplicado mediante un carbónico, una cifra de siete u ocho dígitos, que servirá de clave numérica de identificación, garantizando el anonimato. Debajo del número, detallarán la información reservada sobre las actividades clandestinas de las bandas. Por ejemplo, la localización geográfica exacta del lugar donde decomisar los cargamentos de drogas.
Seguidamente, estos datos llegarán de manera anónima, y por distintas vías, a las fiscalías especializadas en la lucha contra el crimen organizado. Para que los funcionarios judiciales actúen rápidamente, deberán contar con los recursos y la autonomía adecuados.
Por último, si se comprueba que la información es fidedigna y útil, el denunciante recibirá una suma de dinero como retribución, para lo cual acreditará con el número clave haber sido la fuente de los datos.
De esta manera, en poco tiempo las redes mafiosas desplegadas en cada ciudad argentina quedarán expuestas y se tornarán completamente vulnerables. Sus peores pesadillas se habrán materializado.