Opinión

Epidemias medievales en la era digital

Coronavirus. La historia y la literatura hablan de los traumas que dejan las viejas epidemias, pero hoy la ciencia alimenta la esperanza de una pronta respuesta.

Jueves 26 de Marzo de 2020

En 1986, poco después de la tragedia de Chernobil, el sociólogo alemán Ulrich Beck publicó “La sociedad del riesgo”, un libro en el que anuncia un mundo acosado por peligros que suprimen todas las zonas protegidas y todas las fronteras tras las que buscan refugio quienes pretenden eludir su alcance. Beck se preguntaba premonitoriamente: “¿se puede tener en cuarentena a grupos enteros de países?”, un escenario entonces insospechado que treinta y pocos años después se convirtió en una alternativa desesperada para nuestros gobernantes hasta volverse natural para millones de personas.

La dinámica de un peligro que no respeta fronteras –como vemos hoy con el coronavirus-, le imprime al riesgo un alcance global que establece una diferencia con cualquier otra amenaza equivalente del pasado. La historia ofrece múltiples ejemplos de epidemias que asolaron a nuestros antepasados, pero la interconexión del mundo actual permite una propagación que lo convierte en un “riesgo global”, lo que exige mayor coordinación de las respuestas y las políticas.

El miedo que desatan estas enfermedades renueva la misma sensación de incertidumbre e impotencia que experimentaron nuestros ancestros ante amenazas similares, después de todo, la naturaleza humana no ha variado sustancialmente pese a tantos cambios. Lo que sí ha variado, es el modo en que estas enfermedades se desplazan en un mundo global que estimula la movilidad y el nomadismo: ellas viajan en avión –ya no en barco o en carretas-, y se potencian en espacios de encuentro masivo -los aeropuertos-, en los que convergen viajeros procedentes de los puntos más diversos y remotos del planeta.

La historia y la literatura nos hablan de los traumas y efectos devastadores de las viejas epidemias, pero éstas hoy se despliegan en otro contexto, con una interconexión de alcance global, con una ciencia y medicina que alimentan la esperanza de una pronta respuesta y, con un desarrollo de tecnologías informacionales que ofrecen herramientas recreativas y comunicacionales que mitigan el distanciamiento social impuesto a países enteros.

No se trata de una simple reiteración del pasado, estamos ante la primera gran epidemia de la era digital o de la época del Game, como sugiere Alessandro Baricco.

Pero, como en tantos otros fenómenos del mundo actual, el hiperdesarrollo científico y tecnológico no agota la realidad, sólo nos muestra una cara de ella. En el caso del coronavirus, esa cara convive con lo arcaico pues, al fin y al cabo, la pandemia tuvo su origen en costumbres ancestrales de la población china que mantiene un extendido mercado de animales exóticos vivos para su alimentacion.

Ulrich Beck falleció en el 2015 y nos dejó una obra imprescindible para entender el pasaje hacia una nueva modernidad y para aceptar que los riesgos adquieren otra escala en un mundo globalizado. No vivió para ser testigo de este mundo cercado por cuarentenas de países enteros –que en 1986 podía parecer una historia de ficción-, ni para actualizar el catálogo de peligros que nos acechan, pues éstos no sólo provienen del despliegue desenfrenado de la ciencia y la tecnología –que tuvo su lado más oscuro en la catástrofe de Chernobil-, sino también puede combinarse con lo arcaico y desplegarse con inusual celeridad, como corresponde a una era informacional y digital.

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