Opinión

El viento los amontona

Los opositores a la reforma y aplicación de la ley de educación sexual integral han procurado construir su propio enemigo: la ideología de género.

Miércoles 10 de Octubre de 2018

Sobre un alusivo fondo rosa y celeste resalta la inscripción: "Con mis hijos no te metas", el grito de guerra de los que se oponen a la ley de educación sexual integral. El núcleo más duro e intransigente de los provida ahora se atribuye la defensa de los hijos, la familia y la moral, en una cruzada contra lo que parecía el único consenso logrado en el polarizado debate por la legalización del aborto.

Años de desidia legislativa avalada por el lobby conservador han permitido que la ley nacional de educación sexual integral, sancionada en el 2006, hasta el momento sólo se implemente –de forma desigual– en 12 de las 24 jurisdicciones del país. Por eso, el Congreso de la Nación se ha propuesto reformarla y declararla de orden público, de modo que tenga plena vigencia en todo el territorio nacional, sin necesidad de que cada legislatura local la someta a su aprobación.

Los que se oponen no pueden contener su indignación al advertir que la reforma sabotea su privilegio de someter la educación sexual a sus más arraigadas creencias, sobre todo desde que se elimina la posibilidad de que los establecimientos educativos adapten los contenidos al "ideario institucional y a las convicciones de sus miembros", como actualmente admite la norma vigente. Esto busca asegurar que los programas sean uniformes, científicos y laicos, para poner fin a la parodia de educación sexual que se imparte en las escuelas confesionales.

"A mis hijos los educo yo" es otro de los eslóganes de quienes pretenden censurar lo que se aprende en las escuelas. Desconocen que, independientemente de las ideas de los padres, los alumnos tienen derecho a recibir una educación de calidad, y el Estado, el deber de garantizarla. Los más conservadores exigen que se les permita amoldar la enseñanza a los dogmas cristianos que, por ejemplo, indican que las relaciones sexuales son exclusivamente un instrumento de procreación que debe darse en el seno de un matrimonio heterosexual. Piden una educación sexual para el amor y con perspectiva de familia, esa que defiende Albino, mientras dice que los preservativos son de porcelana y no sirven para evitar embarazos ni prevenir enfermedades de transmisión sexual. La incuestionable libertad que otorga el conocimiento, para ellos, es una invitación a la depravación moral.

Para la difícil tarea de sostener, a esta altura de la historia, un discurso en contra del acceso a la educación sexual, los opositores a la reforma han procurado construir su propio enemigo: la ideología de género. Llaman a resistir contra ese veneno con el que los libidinosos buscan pervertir y corromper la infancia, sexualizar a los niños, promover la homosexualidad, normalizar las desviaciones, adoctrinar a los jóvenes, destruir a la familia. Todo esto, porque la ley comete el pecado de incluir a la distintas orientaciones sexuales sin juzgarlas ni reprimirlas, incurre en la aberración de reconocer a la identidad de género como una categoría distinto del sexo biológico o incluso se nutre de los aportes de la perspectiva de género.

No se trata de un fenómeno exclusivo de la Argentina. En los últimos años, movimientos con las mismas consignas se han manifestado –a veces en dimensiones multitudinarias– en varios países latinoamericanos mientras se debatían leyes de matrimonio igualitario, educación sexual o identidad de género. Por supuesto que no faltan esos líderes intelectualoides que, desde los extremos, siempre encuentran un público reaccionario al que cautivar. El efecto multiplicador de las redes sociales les confiere una suerte de legitimidad y se sienten elevados a la categoría de héroes, pero su causa no es otra que una defensa maquillada de la homofobia y la transfobia.

La Iglesia Católica, naturalmente, acompaña el reclamo. Por algún extraño motivo, cuando la discriminación parte de un trasfondo religioso suele gozar de cierta dosis de tolerancia injustificada que no se concede en otras circunstancias. El respeto por la libertad de culto no debería permitir que se pasen por alto actos abiertamente ofensivos contra las minorías sexuales; que la discriminación tenga el respaldo de una institución sólo la hace más grave.

El agravio de los que buscan impedir la sanción de la ley radica en que no pueden concebir que existe una diversidad que va más allá de sus prejuicios. Los que hoy se oponen a la educación sexual, en verdad, son una expresión de aquellos que siguen resistiéndose a aceptar que las lesbianas, los gays, los bisexuales, son sujetos plenos de derecho, que la identidad de género no es un capricho sino que es un derecho humano. Ven a la realidad que los rodea como una amenaza y creen que deben preservar a sus hijos de toda esa desviación que los demás pretenden imponer como cierta. La represión empieza por casa y quieren que siga en la escuela.

Están convencidos de que protegen a sus hijos cuando los aíslan de aquello a lo que consideran anormal. Para ellos, la diversidad no es otra cosa que un foco de contagio y se preocupan por hacer todo lo posible para que sus hijos, tan rosas y celestes, no se contaminen de eso a lo que tanto temen. En verdad, por mucho que les duela aceptarlo, deberían hacer todo lo posible para asegurarse de que sus hijos sean libres de brillar del color que quieran.

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