Es otra de las cosas que se suman al rosario de cuestiones frustrantes de la vida diaria. Y encima, se interrumpe en los momentos menos oportunos. Apenas se suelta un escrito para consultar el diccionario en línea para encontrar esa palabra justa, aparece el simpático dinosaurio que exclama "ouch", y el cartelito de "no hay conexión a internet". Y entonces empieza el peregrinar burocrático electrónico, pedirle a la máquina que descubra cuál es el desperfecto, que lo solucione, que busque alternativas; pero nada, la pantalla sigue congelada con el bichito que se emperra en no dar una satisfacción, que por fin no es tal sino algo que se da por sentado que se brindará por un pago estipulado antes.





















