Opinión

COP 25: una agenda de ricos que los emergentes no pueden aplicar sin dañar sus débiles economías

De los habituales racimos de militantes ecologistas de hace pocos años se ha pasado a masas motivadas y movilizadas.

Lunes 09 de Diciembre de 2019

La COP 25 en Madrid ha logrado convocar una masividad nunca antes vista en este tipo de conferencias sobre el cambio climático. De los habituales racimos de militantes ecologistas de hace pocos años se ha pasado a masas motivadas y movilizadas.

   A la vez, este fenómeno, como el movimiento Fridays for future de Greta Thumberg, solo logra esta sintonía y masividad en los países desarrollados. En Argentina es evidente que la filial local de Fridays for future no tiene la misma convocatoria. Sumemos la recepción de los dirigentes políticos locales. Fue un comentario generalizado que el nombramiento de Juan Cabandié en Ambiente y Desarrollo Sustentable demuestra el poco interés que el tema tendrá para el nuevo Gobierno. Lo mismo vale para el ministro saliente, Sergio Bergman. Aunque hay que reconocer que Macri creó numerosos parques nacionales e hizo avances sustanciales en energías eólica y solar. Pero aumentar el parque eólico y a la vez estimular fiscalmente Vaca Muerta, como hizo Macri, no luce bien a ojos del público de la COP 25, ni tampoco de sus paneles científicos.

   Argentina no es la excepción en esta manera de afrontar contradictoriamente el tema medioambinetal. Sabe que un compromiso a fondo con la actual agenda ligada al cambio climático tendría un efecto muy nocivo en su desarrollo. Basta centrarse un momento en Vaca Muerta. Tanto Macri como Alberto Fernández apostaron fuerte a ese megayacimiento, casi como a una “segunda soja”. Si Argentina acatara el mandato de Greta y sus acólitos, y aún el más sólido y científico del panel de la ONU IPCC y su cronograma de recortes de gases de efecto invernadero, debería renunciar a ese proyecto. Para colmo, el yacimiento es explotado por “fracking”, una mala palabra al mismo nivel de esa otra palabra maldita, “hidrocarburos”, para los ecologistas. El calendario exigido por el IPCC es extremo: recortar las emisiones totales en 45% para el cercano 2030 y al 100% para 2050 (http://report.ipcc.ch/sr15/pdf/sr15—spm—final.pdf). Esto incluye no solo las emisiones que producen los combustibles fósiles, también las que generan la agricultura, la ganadería y la silvicultura. El modo de producir alimentos para la humanidad debería replantearse apresuradamente, algo potencialmente mortal para millones de personas que viven al borde de la hambruna.

   Surge con claridad el choque de prioridades y agendas. Ni Brasil con Bolsonaro ni con Lula, ni Argentina con Alberto Fernández o con Macri, ni India, ni China ni ningún otro país emergente puede aceptar los recortes drásticos de emisiones que exige el IPCC y aceptan los países ricos como Alemania, Suecia y similares. Es un lujo que los emergentes no pueden permitirse.

Por otro lado, al recorrer los eslóganes de los ecologistas reunidos en Madrid, se encuentra que no les bastaría con que los gobiernos se rindieran incondicionalmente al recorte del IPCC. Sus consignas veganas, anticapitalistas y de un holismo integrista, indican que hay ahí una cultura que quiere ir mucho más allá: hasta la negación completa del modo de vida moderno, condenado en términos cuasi bíblicos. El gesto fanático de la niña Greta, su vocabulario limitado pero siempre cargado de mandatos agresivos, señalan que esta gente no está acá para debatir nada, sino para imponer. Su visión apocalíptica y escatológica de la Historia, la noción de pecado capital que, en formato laico, siempre aparece en su discurso, indican que esto no es solo una discusión sobre los niveles atmosféricos de los gases CO2 y NH4. Acá se quiere imponer mediante el medio que sea necesario un cambio radical de estilos de vida. Es una cruzada.

El rechazo frontal de las geoingenierías, que podrían revertir el calentamiento global en cuestión de días, es la mejor prueba. Si tanto preocupara el calentamiento global se admitiría una discusión franca y a fondo de estas tecnologías, máxime cuando científicos e ingenieros de alto nivel las impulsan y diseñan. La inyección en la estratósfera de compuestos de azufre o de calcio, por ejemplo, haría caer de inmediato la temperatura global. Pero no, no se permite hablar públicamente de esto. Al punto que la enorme mayoría del público jamás ha escuchado hablar de geoingenierías. Los integristas ecologistas han logrado que sea tabú, como otro gran asunto directamente ligado al cambio climático de origen humano: la demografía, el desbocado crecimiento de la población humana en los últimos siglos. Hace 20 y tantos años se podía debatir abiertamente el tema, al punto que la ONU organizó una muy comentada conferencia sobre población en El Cairo. Hoy esto sería casi impensable. La censura de la corrección política, que en este último cuarto de siglo ha entrado también en la comunidad científica, prohíbe analizar tan grave asunto por fuera de círculos casi cerrados.

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