OPINIÓN

Cierra Falabella: el síndrome de la esquina histórica vacía

El enclave más céntrico del centro sufre un nuevo golpe con la salida de Falabella. Un lugar de encuentro siempre presente en la vida social de los rosarinos

Martes 06 de Abril de 2021

“Nos encontramos en La Favorita”, no hacía falta decir nada más. Todos sabían que la cita era en Sarmiento y Córdoba, en el hall de la entrada principal de la tienda, ahí donde ahora unas anfitrionas simpáticas y elegantes le dan la bienvenida a los clientes con una amplia sonrisa y un spray de alcohol en gel, mientras a su lado un guardia de seguridad, con el gesto adusto de carabinero, chequea el uso del barbijo y la higiene del calzado.

Nadie lo sabe mejor que los viejos, que ahora hay que llamar adultos mayores para no caer en la picota del Inadi, que supieron ir al matiné del cine Radar, mucho antes de que C&A conquistara y perdiera la gran sala que iluminó durante años a la peatonal, y después a tomar un aperitivo a La Fragata, ahí donde, en un futuro que ya no será, paraba Trafalgar Medrano, el aventurero que allá lejos y hace tiempo imaginó Angélica Gorodischer.

La Favorita dejó de ser La Favorita hace tiempo, tanto que cuando alguien levanta la vista y ve la gran leyenda que domina la cúpula del edificio se pregunta por qué dice lo que dice. Ni se les cruza por la cabeza que, antes de que en la esquina más céntrica de la ciudad desembarcara Falabella, dos asturianos cabeza dura, Ramón y Ángel García, inauguraron la tienda de departamentos que se convirtió en el lugar de encuentro de los rosarinos.

Antes de que Jorge Boasso se probara el traje de galán en la telenovela “Cristina de mi ciudad”, miles de años antes de que batiera todos los records de permanencia en el Concejo, ahí se tejieron historias de amor, y acaso muchas más de desamor, porque nada era más fácil para sacarse de encima a un plomo en un baile de carnaval en Gimnasia o Provincial que decirle “nos encontramos en La Favorita” y después ni aparecer.

Más de un enamorado que dejaron plantado vio cómo a su alrededor grupitos de amigas, parejas acarameladas, madres e hijos de compras, novios camino al cadalso se saludaban con besos y abrazos y partían con rumbo desconocido mientras a ellos, condenados a la soledad, gastaban las manecillas del reloj que daban vueltas y vueltas y más vueltas. Todo, claro, antes de que el pícaro Steve Jobs nos escondiera una computadora en el celular.

No quedaba mucho por hacer más que perderse entre el gentío que apura el paso para dar con un lugar en la escalera mecánica y si la desgracia hacía que se encontrara con un conocido –y eso pasaba siempre, que duda cabe que Rosario es la ciudad de las desgracias– no le quedaba otra que hacerse el pavo y tan rápido como fuera posible buscar refugio en la calma intimidad del ascensor de rejas tijera y huir al sótano.

Cuando La Favorita se vendió a Falabella hubo quiénes lo sintieron como el fin del mundo. No era así, eso quedó claro, pero que algo profundo cambió en el imaginario comercial rosarino no hay dudas. Fue en 1994, los tiempos dorados del uno a uno, cuando los argentinos viajábamos a Uruguayana o a Miami, dependiendo del presupuesto, y pedíamos “deme dos” con confianza ciega de que el bolsillo aguantaba. Pero no aguantó.

Desembarcan los chilenos, un duro golpe para el orgullo rosarigasino, y con ellos las gigantografías de las modelos modelos rubias, estilizadas, de piernas largas y perfectas. Valeria Mazza, Giselle Bundchen, qué más da, son todas hijas del Photoshop. Se acabaron las liquidaciones y llegaron los “sales” y a la decoración navideña se sumaron las calabazas de Halloween. Solo le faltó el pavo asado del Día de Acción de Gracias para ser Macys.

Ahora también ellos se van. La pandemia despertó con susto el sueño de la globalización en América Latina. Antes se había ido Borsalino, que defendió con garbo el local donde alguna vez supo estar Guante, y mucho antes la tradicional Casa Escasany, en la ochava opuesta. Con los unos y los otros, se perdió un pedacito de historia, el primer par de zapatos cosidos a mano, las alianzas y el compromiso, un beso robado a escondidas entre los exhibidores de vestidos de moda. El primer amor, el primer desengaño.

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