Nadie que haya visto el filme "Las horas" (1998) podrá olvidar a esa
irreconocible Nicole Kidman interpretando la dramática escena en la que la escritora Virginia Woolf
va internándose dentro de las aguas del río Ouse con los bolsillos de su abrigo cargados de
piedras. A partir de ese filme, "la Woolf" emanó un aire más popular, lo que provocó que sus libros
incrementaran considerablemente las ventas, en particular, "Mrs. Dalloway".
Hasta ese momento la elaboración del "fluir de la conciencia" dentro de la
literatura la había convertido en la primera mujer en emplear una técnica a la que sólo se habían
atrevido escritores como Joyce o Proust. Pero eso mismo elevó "las barreras" hacia el lector común
que el filme "Las horas" pareció romper.
Virginia Woolf nació en 1882 en Kensington, Inglaterra, dentro de una familia
culta de literatos. Recién a los 16 años, Leslie Stephen, su padre y fundador del Dictionary of
National Biography, le permitió ingresar sola a su enorme biblioteca (la diferencia en la educación
en la época victoriana se hacía sentir). Sólo los varones estudiaban en Cambridge y si bien
Virginia aprendía griego por las mañanas, por las tardes mantenía actividades propias de una
señorita como servir el té y atender visitas.
Al morir su padre, en 1899, ella y sus hermanos se mudaron a Bloomsbury. Allí se
formó el llamado Grupo de Bloomsbury, conformado por intelectuales destacados en el ámbito
artístico, literario y social (en sus ideas predominaban, entre otras, el desprecio a la religión y
a la moral victoriana).
Virginia Woolf fue creciendo como escritora sin abandonar su rencor por lo que
creía una deficiente educación recibida comparada con la de los hombres. Se convirtió en una
feminista acérrima y en una gran creativa literaria mientras soportaba épocas de constantes
trastornos mentales que coincidían, generalmente, con la finalización de alguna de sus novelas.
En dos conferencias pronunciadas en Cambridge en 1928 se refirió de la siguiente
manera a la raíz de las obras de ficción: "...uno se acuerda de que estas telas de araña no las
hilan en el aire criaturas incorpóreas sino que son obra de seres humanos que sufren y están
ligados a cosas groseramente materiales, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos".
Pero hubo alguien que acompañó incondicionalmente sus períodos oscuros sin
opacarla ni un instante, su hermana Vanessa, también integrante del grupo de Bloomsbury y de una
liberalidad extrema, a tal punto que su marido Clive Bell, con quien tuvo dos hijos, debió aceptar
una tercera hija, Angélica, producto de una relación amorosa con el pintor Duncan Grant. Era la
mayor de los cuatro Stephen y a pesar de crecer en un mundo de literatos, se dedicó a la pintura,
estudiando en la Escuela de Arte de Sir Cope y en la Royal Academy.
Ella fue quien introdujo el impresionismo en Inglaterra situando los rostros en
blanco y produciendo que en su interior el rostro exteriorizara lo que llegaba a impactarlo del
exterior. Muy parecido a lo que Virginia Woolf intentó en un arte diferente. Vanessa pintó
paisajes, "La playa de Studland",1912; escenas cotidianas en "Interior con dos mujeres" y retratos
entre el que se destacó el de su hermana (1912). Además, en el diseño de las cubiertas de los
libros de Virginia recreó con tonos pasteles la misma serenidad que se desprendía de los
textos.
Es considerada uno de los mayores exponentes de la pintura retratística y
paisajística de Inglaterra. Sin embargo, pocos saben de su existencia más que por una mínima escena
en la película "Las horas", interpretada por Miranda Richardson, en la que visita a Virginia cuando
ya está próxima al final. ¿Por qué una sola fue la elegida? Las dos Stephen se podrían haber
destacado unánimemente pues les sobraba talento. No hay respuestas para ciertos interrogantes. Fue
Virginia Woolf la que a pesar de su locura, adoptando el apellido de su marido, Leonard Woolf,
trascendió las fronteras de la notoriedad. Vanessa se podría haber convertido en "otra Woolf" pero
prefirió vivir rodeada por el misterio y mantenerse a la sombra de una hermana que protegió sin
celos.Seguro habrá sido la que más comprendió la desesperación de la escritora al leer aquella
frase en su última carta, tan conmovedora como fatal: "No puedo luchar más".
Estela Parodi
Escritora
[email protected]