Incineradores
En el siglo pasado, al menos hasta poco más de la mitad de la década de los setenta, los edificios
de pisos que comenzaron por llamarse rascacielos contaban con una forma actualmente retrógrada de
eliminación de los desechos cotidianos que cada familia arrojaba día a día
16 de diciembre 2007 · 00:00hs
En el siglo pasado, al menos hasta poco más de la mitad de la década de los
setenta, los edificios de pisos que comenzaron por llamarse rascacielos contaban con una forma
actualmente retrógrada de eliminación de los desechos cotidianos que cada familia arrojaba día a
día. Consistía en un sistema muy cómodo para los habitantes, y muy malo para el planeta, ya que el
cielo era rascado y rasgado por un denso humo negro producto de la incineración de los restos que
cada departamento lanzaba por un enorme tubo que en su base quemaba todo lo que se tiraba.
Como se puede recordar, o imaginar en el caso de los que no
lo vivieron, se trataba de un exterminio de los residuos tan eficaz como contaminante. Promediando
dicha década, el Proceso se aproximaba y la temible y siniestra triple A (Alianza Anticomunista
Argentina) anticipaba ya en actos los propósitos de exterminio que poco tiempo después llevarían
adelante exterminadores que realizaban su tarea tanto a la luz del día como en la oscuridad de la
noche. Los exterminadores eran unos personajes con una tipología recurrente: seres grises y
nefastos como el propio fundador de la triple A, el siniestro López Rega.
En los incineradores argentinos de aquella época se
incineraba momentáneamente el miedo arrojando al tubo de fuego toda la literatura considerada
subversiva, que a los ojos de la paranoia del poder era tan amplia que hasta cierta matemática era
sospechosa al trabajar con vectores que pudiesen subvertir el orden matemático. Eran tiempos sin
conciencia sobre la contaminación ambiental, y sin conciencia ecológica que no ha aumentado
demasiado en esta época. Aquellos incineradores funcionando a pleno constituían un ejemplo
alucinante de una extendida despreocupación por el otro de una magnitud tal que a modo de un
boomerang daba como resultado una extendida despreocupación por sí mismo ya que todos aspirábamos
el humo de los desechos propios y de los desechos ajenos.
Los hogares quedaban con un simple mecanismo libres de
olores que no alcanzaban a ser fétidos pues en una elemental alquimia devenían en un humo que
contaminaba el aire en una ilusión colectiva de que el aire era gratis. Toda una época que temía a
la contaminación ideológica y no a la ambiental al punto de alertar a la población sana sobre el
espurio objetivo de transformar nuestra bandera en un trapo rojo, definitivamente contaminada por
una ideología que supuestamente quería revertir el orden. Por cierto no demasiado, no en lo
esencial al menos, ya que en el mundo rojo el poder de algunos sigue siendo el que decide el orden
de las cosas. El orden de la naturaleza con sus leyes casi invariables y el orden de las sociedades
con leyes que no debieran ser invariables y que casi siempre chocan de una y mil maneras ya que los
humanos tienen en muchos aspectos una vida contaminante y contaminadora atentando contra la
naturaleza. Y en muchas ocasiones hasta en el nombre del progreso con mega construcciones que por
lo general producen desastres ecológicos.
Los ejemplos son más que variados y desgraciados, pero
recuerdo que en mi niñez venir de San Jorge a Rosario era un acontecimiento, o bien varios al mismo
tiempo. Uno de las salidas memorables era ir con mi tío Pedro Medina y mi primo Héctor a la noche
al puerto a pescar sobre todo cuando mi tío decidía ir a la búsqueda del pacú, lo que era sin duda
el pez estrella para los pescadores y una delicia a la parrilla. Ahora desde hace muchos años que
el pacú no llega más río abajo al haberse estrellado contra las represas del progreso construidas
río arriba.
En este mundo contaminante y contaminado, sorprende un
estudio estadounidense reciente publicado en los Anales de la Academia Nacional de Ciencias en
donde se concluye y se afirma que el divorcio es malo para el medio ambiente. No se comprende
demasiado bien para qué hacía falta semejante estudio para conclusiones tan elementales ya que lo
que se anuncia en tan magno templo de la ciencia es que "debido a un mayor consumo por persona, una
persona en un hogar de divorciado también puede generar más residuos".
Con la misma línea argumental se podría afirmar que los
divorcios favorecen el consumo, por lo tanto también la producción y en definitiva el empleo ya
que, por ejemplo, la ex pareja que compartía una heladera y demás tendrá que agenciarse de los
electrodomésticos correspondientes en su nueva situación social. Lo que de ningún modo justificaría
una política de promoción del divorcio para favorecer la disminución del desempleo.
Al listado de contaminaciones varias que producimos y
padecemos habría que agregar la contaminación ideológica a la que son tan proclives investigaciones
pseudo científicas, además de muchas formas anacrónicas de la política, por lo general al servicio
de distorsionar realidades. Sería una forma de contribuir al proceso de incineración social que
tarde o temprano va incinerando, sobre todo ciertas políticas y sus correspondientes operadores,
con la viva esperanza de que quizás la propia figura del operador político se consuma en el
incinerador del tiempo.