Julián Luis tiene 15 años. Un día de octubre del año pasado, cuando estaba jugando al básquet, sintió que le faltaba el aire y el corazón le latía muy fuerte. Decidió detenerse y salir del partido. Nadie se imaginó que su vida pendía de un hilo. Desde ese momento todo cambió para él. Había que someterlo a un trasplante porque su órgano no podía más. Es el cuarto caso trasplante pediátrico de corazón de Rosario. Hoy se recupera en su casa.
Era sábado 7 de octubre; aquel día como tantos otros, Julián estaba en la cancha jugando al básquet, compitiendo en uno de los tres cuartos que siempre jugaba. Pero ese día se sintió mal. No podía seguir corriendo porque su corazón latía demasiado fuerte, parecía que se le salía, y le faltaba el aire. Agotado, le pidió al profesor que lo sacara de la cancha y se fue a su casa. "Cuando lo vimos llegar le dije que se bañara y que se tranquilizara. Pensé que sólo estaba cansado", dijo su papá, Pablo Luis, quien jamás sospechó que su hijo estaba entre la vida y la muerte.
El domingo seguía con el corazón acelerado, y el lunes sus papás decidieron llevarlo a una guardia médica para ver qué pasaba. Le hicieron un electrocardiograma. "Le detectaron una arritmia galopante y por eso quedó internado", recuerda el padre. A su vez, el ecodoppler había dado muestras de que había una insuficiencia cardíaca dilatada. Lo que le pasaba a Julián era que sólo funcionaba el 30% de su corazón. Quedó internado en terapia intensiva.
No podían entender qué estaba pasando. Ni los padres, ni los médicos. Julián siempre había sido un chico sano, y todos los controles médicos le habían dado siempre bien. De hecho se hacía todos los que le pedían en la escuela y también los que le requerían en el club. Jamás le dio mal un electrocardiograma. Por eso nadie podía sospechar qué le pasaba.
Empezaron a tratarlo pensando que podía ser una enfermedad viral mal curada, pero pasaban los días y no había mejoría. Luego de 20 días de incertidumbre, los médicos consultaron a especialistas del sanatorio Parque. "Allí empezaron a hablar del trasplante", acotó Pablo, recordando con lágrimas en los ojos esos días aciagos en los que no sabían qué pasaría con su hijo.
Intentaron tratarlo con una medicación más invasiva, para ver si revertía el cuadro, pero empeoró. El corazón de Julián funcionaba sólo al 15 por ciento y sufrió dos paros cardíacos. Además estaba padeciendo arritmias muy severas.
Los padres de Julián tienen mucha fe. Se aferraron a la oración y no sólo ellos sino todos los que participan de la iglesia evangélica Casa de Dios, a la que pertenecen. "Dios no nos iba a dejar", repetía Pablo que reconoce que nunca le faltó la fe en esos momentos tan tremendos.
Entonces se decidió que las chances de vida de Julián pasaban por un trasplante de corazón. Y comenzó el operativo para que estuviera en emergencia nacional. Y mientras su familia esperaba que apareciera ese órgano y rezaban con fe, los médicos advirtieron al matrimonio que no sabían si Julián iba a pasar la noche. Cada segundo de vida era un regalo y ellos eran conscientes.
Al día siguiente de tan desesperado pronóstico, a las 6 de la mañana,






























