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"Pachanga", un hombre de a caballo

Fernando Pascual montó por primera vez a los seis años, a escondidas de sus padres. Ese momento lo marcó para siempre. Jugó al pato durante largo tiempo y se convirtió en un preparador de equinos y organizador de torneos de polo, de los más reconocidos por estas tierras.

Domingo 07 de Julio de 2019

Amanece y los primeros rayos del sol avisan que comienza la tarea en Los Cipreses. Los más de 30 caballos escuchan el chirrido de la tranquera al abrirse y van a saludar a quien los cuida todos los días, de lunes a lunes, con sol, con lluvia, haga frío o calor.

   El pasto verde y los árboles también contemplan, a su manera, cómo Fernando Pascual, más conocido como Pachanga, se enamora cada día, como si fuera el primero, de lo que contienen estas 20 hectáreas ubicadas a la altura de General Lagos, 900 metros al oeste de la autopista Rosario-Buenos Aires.

   “Acá el silencio me acompaña siempre. Es un lugar inigualable y estoy junto a los caballos que son mi pasión desde que era chico”. Y así como las grandes ciudades suelen parir a personajes que con el tiempo se convierten en emblemas y también en leyendas, las más chicas y los pueblos tienen lo suyo.

   De ello da cuenta León Gieco cuando canta: “...en Buenos Aires los zapatos son modernos, pero no lucen como en la plaza de un pueblo”.

   De pueblo o ciudad chica se trata esta historia, que registra que Pachanga, con solamente seis años de edad, tuvo su primer caballo.

   Solo, sin que nadie lo acompañe y menos aún que sus padres lo supieran, se subió a un Tirsa en Arroyo Seco (ciudad donde nació y vive actualmente) y se bajó en Villa Gobernador Gálvez. Allí lo esperaba Sara Menicocci para regalarle el primer caballo que tuvo.

   “Sara y Luis Fuentes (este último por aquel entonces cuidador de caballos de carrera) me subieron al caballo —cuenta Pachanga— y me vine por la ruta enfilando hacia Arroyo”. Pero —siempre hay un pero— cerca de General Lagos sintió ganas de orinar y se bajó del caballo. Después de hacer lo que el cuerpo le pedía no pudo volver a montar porque con su edad, el animal le quedaba tan alto que era como si intentara subir a un inmenso árbol. Entonces, ¿qué hizo aquel chico para volver a su ciudad, a su casa? Se fue caminando por la ruta y llevando de la cuerda a Gateado, como había bautizado al que fue su primer “amigo equino”.

   Llegó feliz —y muy cansado— a su casa, donde los padres y otros familiares lo buscaban desde hacía muchas horas.

   Calmadas las aguas, devino esta cuestión: “¿Dónde vamos a poner a este animal?”.

   “Lo llevé al patio de mi casa donde lo cuidábamos todo el tiempo. Era casi una mascota para mí, aunque un poco grande”, aclara con una sonrisa.

De todo, como en botica

Desde ese momento, corría el año 1968, los caballos forman parte casi indivisible de la vida de Pachanga. Casado con Silvia, son padres de Lorenzo, Gerónimo y Adolfo, de 15, 12 y 5 años de edad.

   Fue jugador de pato, hacedor de caballos de polo y de salto, jugador también con taco y bocha, petisero y, en los últimos tiempos, organizador y revitalizador del polo en Rosario y la región, además de otras iniciativas.

   Para este hijo de Virgilio y Lucía, nada es desconocido en el mundo de los equinos y disfruta “cuando los veo bien y me pone triste cuando están enfermos”.

   Recuerda con estricta precisión detalles, anécdotas, lugares. Así que volvemos a sus 6 o 7años cuando, en vacaciones escolares se iba desde Arroyo montado en Gateado hasta la estancia más antigua (“Dry Creek”), para pasar horas y horas con su amigo Michael Kehoe.

   “Todos los días me hacía 30 kilómetros entre ida y vuelta, a caballo, para poder pasar unos momentos que para mí son inolvidables, rodeado de pura naturaleza y alrededor de 50 caballos. Cuando fui creciendo y tenía más o menos entre doce y trece años, empecé con Michael a participar en competencias de paleteada y de coleada. Además, empezamos a dedicarnos a la doma”.

Remembranzas

Cada relato, cada pasaje que vuelve a su memoria sale desde las mismas entrañas con pasión, con fervor por lo hecho, como si lo estuviese reviviendo en cada palabra.

   —¿Cuándo apareció el pato como actividad en tu vida?    

—Fue en el ámbito del Centro Tradicionalista Cruz y Fierro, de Arroyo Seco. Quien por entonces era su presidente nos propone que armemos un equipo para jugar al pato. Era el año 1980, lo armamos y le pusimos de nombre El Trébol.

   —¿Quién les enseñó a jugar y contra quiénes lo hacían?    

— Aprendimos mucho de quien era un excelente jugador: Gustavo Villarreal. Nos volcó toda su experiencia y así comenzamos a disputar partidos con otros equipos que representábamos a los distintos centros tradicionalistas de la región. En esos momentos ya teníamos 4 equipos en Arroyo y yo jugaba con Gateado, Katriel y Milonga. El paso del tiempo nos permitió armar el equipo con el cual marcamos un camino imborrable. Se llamaba El Ombú y lo integrábamos los hermanos Fernando y Esteban Arrieta, Villarreal y yo. Fueron 14 años seguidos e irrepetibles jugando en distintos sitios de las provincias de Santa Fe y de Buenos Aires, siempre con los mismos integrantes. Soy un eterno agradecido por haber compartido tanto con estos amigos, entre quienes jamás hubo una discusión, una palabra fuera de lugar. Todo era alegría porque hacíamos lo que más nos ilusionaba, que era jugar al pato. Tengo, de esa época, un recuerdo muy especial para Esteban PájaroArrieta, quien vaya uno a saber por qué decidió montar e irse raudamente y muy joven a otras extrañas tierras. Lo sigo valorando como amigo y como compañero de equipo. Y lo llevo siempre en mi corazón”.

Revitalizador del polo

Ahora, con sus 58 años y luego de un largo recorrido, “haciendo” caballos de polo para su venta y organizador de torneos de polo y revitalizador de ese deporte en Rosario y la región. Lleva organizados alrededor de 40 torneos de polo.

   Entre los más antiguos, pueden citarse los desarrollados en San Sebastián y los posteriores en una zona que abarcaba a las ciudades de Godoy, Ramallo, San Pedro y Arroyo Seco. “Eran —aclara— torneos interclubes, que congregaba a muchos jugadores de esos lugares y que me potenciaron para seguir organizándolos en la actualidad”.

   Luego siguieron los organizados en El Olivo (Ramallo), en Los Cipreses y en La Rinconada (Ibarlucea). Este último sitio lo tuvo como principal hacedor de un torneo de polo femenino, en el cual participaron jugadoras que provenían de las provincias de San Luis, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires.

   Con anterioridad, en diciembre de 2017, tuvo a su cargo la organización del Primer Torneo y Exhibición de Polo en la Arena, que tuvo por escenario el balneario La Florida, de Rosario, y que por la repercusión que logró se llevó a otras playas de ciudades cercanas, tanto en la provincia de Santa Fe como en Buenos Aires.

   Más cerca de nuestros días, Fernando Pascual puso su sello personal en el Torneo de Polo Copa Estrella Federal, en la estancia del mismo nombre ubicada en cercanías de la ciudad de Ramallo.

   En forma paralela con la organización de esos torneos, y desde hace no menos de cuatro años, con mucho empuje y coraje, armó el Club de Polo Los Cipreses, que quedaba a la vera de la autopista Rosario-Buenos Aires, a la altura de Arroyo Seco. Digo “quedaba” porque hoy está en jurisdicción de General Lagos.

   Allí también, a fuerza de trabajar duro todos los días, armó un Centro de Equinoterapia, con el propósito de albergar a varones y mujeres, adultos y niños, con distintas discapacidades, que necesiten una mejor calidad de vida a partir de la actividad con el caballo como eje.

   Todos los días, con con frío o calor, desde el amanecer, Pachanga le dice presente a Los Cipreses. Y así anda, de a caballo por la vida.

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