“Tan pequeño en su especie, que no lo hay menor ni igual”, sugiere un diccionario sobre el significado de mínimo. Historia oral de la cerveza es, justamente, un libro mínimo, donde menos es más. Francisco Bitar lo escribió, o lo grabó o lo editó. Como sea, es el escritor que arrojó este pequeño tratado sobre una geografía particular: la ciudad de Santa Fe. No es una crónica, aunque lo es; tampoco un poema, aunque se sospecha la poesía en su escritura; tampoco es un ensayo, pero sus variadas reflexiones dejan pensando a más de uno. Pero, ¿en qué pueden quedar pensando los lectores? En una forma de mirar, de escuchar y de escribir, en cómo se ensamblan distintos lenguajes en torno a un momento, el de la escritura de un conjunto de voces, la escritura oral. Un sinsentido que Bitar explota, mínimamente.
La imagen de un cajón de cerveza, de aquellos, los que eran de madera, recibe al lector. De ella hablará este escritor que nació en Santa Fe, en 1981, ciudad en la que reside. Ha escrito y publicado libros de poesía, cuentos y una nouvelle. También ha trabajado en traducciones y tuvo a su cargo la edición de libros de Juan Manuel Inchauspe y de Juan L. Ortiz. Algo de esa experiencia asoma por momentos en Historia oral de la cerveza, publicado en la serie Naranja de la Editorial Municipal de Rosario. Pero en el libro fundamentalmente está él, de una manera muy particular, como una suerte de documentalista, oculto entre las historias que aparecen en primer plano. Aunque, está dicho, todo es mínimo, como si casi no lo dijera, como el propio libro, de formato pequeño y con sus 90 páginas.
No se trata de una historia de manera formal y cortés. No. Son voces que hablan a la cerveza, pero no cualquier cerveza sino la que se produce en Santa Fe. Como si fuera una marca indeleble, que pareciera que lo es, la bebida y su espuma empujan la trama, que no es única pero que el escritor, cual un prestidigitador en una isla de edición, hace que invada los diálogos, pensamientos y sentimientos de los actores de esta suerte de road movie por una ciudad oculta a las letras de molde.
Bitar retrata una ciudad de la mano de crónicas de fines del siglo XIX, como las de Charles Darwin (Diario de viaje de un naturalista) o de William Mac Cann (Viaje a caballo por las provincias argentinas). “«Una pequeña ciudad tranquila en la que reinan la limpieza y el orden», dijo Darwin sobre Santa Fe en 1832. Y poco después cayó en cama víctima de un fuerte dolor de cabeza”, apunta Bitar. La aparición de pequeños fragmentos de estas obras entre sus relatos de vida cotidiana, basados en la oralidad más pura de estos tiempos, otorgan el tan ansiado verosímil. Pero en ese blindaje, hay también cierto tono irónico, burlón, que asoma entre estos párrafos. Es como escuchar esas voces engoladas que suelen incluirse en los filmes documentales.
Ese tono humorístico aparece en más de una oportunidad, como ocurre en las charlas de los bebedores de cerveza. ¿Borrachos?, puede ser, pero deberíamos decir creadores e ingeniosos bebedores de cerveza que lanzan frases como “los envases deberían ir de culo, en lugar de los faros. Los porrones iluminando al camino” o “imaginate si cada porrón es una luz y sacamos una foto satelital: Santa Fe sería como Nueva York”. Esas y tantas otras frases arrancan sonrisas y escriben madrugadas a puro porrón y calor, en una ciudad donde el viento fresco pareciera que abandonó sus calles.
Pero qué importa el calor si hay una cerveza a mano. Ese prodigio que batalló Otto Schneider, también partícipe del libro de Bitar, al fundar fábricas del dorado elixir en una ciudad que siempre está amenazada por el agua, pero que según el propio Schneider justamente la eligió por la calidad de su agua para producir una cerveza única.
Historia oral de la cerveza da cuenta del placer de tomar y poder hablar, charlar mientras el tiempo se hace lento, ese tímido delirio que por momentos desborda. Bitar está convencido de que la cerveza de Santa Fe acerca la posibilidad de poesía, muestra otros colores, sabores, la risa y el llanto, el amor perdido y los amigos. “La canción de la cerveza entrando al vaso”, dice en el inicio el libro que no se cansa de repetir a modo de estribillo “¡Pobrecitos los borrachos!”, como un latiguillo entre penoso y tierno, a la vez.
Bitar es como que escribe un guión, sin siquiera escribirlo, por eso aparece otro ícono identitario de la ciudad: el Puente Colgante con sus antenas como testigos de la historia. Inundaciones, derrumbes, desapariciones y apariciones junto a suicidios. Historias encaramadas entre sus tensores, con vistas privilegiadas sobre una ciudad que alberga historias dispuestas para que el narrador en cuestión escuche, anote, grabe, escriba y así, una y otra vez, como si nada ocurriera. O más bien, como si ocurriera mínimamente.
Bio
Francisco Bitar (Santa Fe, 1981) publicó los libros de poemas Negativos, El olimpo, Ropa vieja: la muerte de una estrella, The Volturno Poems; la nouvelle Tambor de arranque y los volúmenes de cuentos Luces de navidad y Acá había un río. Integró la antología 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI. Tradujo, entre otros, Jack Spicer (Quince proposiciones falsas contra Dios). Tuvo a su cargo las ediciones de Trabajo nocturno. Poemas completos de Juan Manuel Inchauspe, El junco y la corriente, de Juan L. Ortiz, y es uno de los antologadores de 30.30. Poesía argentina del siglo XXI. La escritura de Historia oral de la cerveza se concretó gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes.
Naranja
Historia oral de la cerveza se suma a la serie Naranja de la colección narrativa de la Editorial Municipal de Rosario. El conjunto de libros conforma un universo narrativo con un anclaje en un territorio que podría nombrarse como geográfico, pero entendiendo al territorio como un espacio amplio habitado por recuerdos, historias y paisajes. Para acceder al catálogo de la serie, ingresar a ww.rosariocultura.gob.ar/editorial-municipal-de-rosario y luego ir al link: libros.