Larguía.— Los algo más de 50 habitantes de este pequeño paraje ubicado a la vera de la ruta
34, a 74 kilómetros de Rosario, resisten los embates de las desigualdades que a veces propone el
desarrollo. Esta tranquila y pintoresca localidad provincial fundada por Facundo Larguía (ver
aparte) está en “vías de extinción”.
A mediados de la década del 60, el pueblo llegó a contar con unas 500
personas radicadas, pero esa cifra fue decayendo mientras desaparecían las fuentes de trabajo.
Quienes hoy habitan Larguía dependen en materia de bienes y servicios de Totoras, ciudad que dista
a unos cinco kilómetros.
Un pequeño cartel y un montecito de eucaliptos constituyen los únicos
indicadores de que estamos por llegar. El ingreso es una calle de tierra que conduce a la estancia
La Bochita. Luego se atraviesa el ramal ferroviario General Belgrano, y tras un codo en el camino
aparece la calle principal donde se despliegan las casas y la escuela.
Ermita y soja. Una ermita con la imagen de la virgen María Auxiliadoras y la leyenda
“Patrona del agro argentino”, con una plantación de soja de fondo, nos da la principal
referencia de Larguía. Aquí casi todos dependen de la actividad agropecuaria.
Avanzando un poco por ese camino está la Escuela 705 Juan Enrique
Pestalozzi, a la que concurren unos 25 alumnos del radio urbano y rural. Además de las clases, los
niños reciben un desayuno y un almuerzo que es preparado por la cocinera del establecimiento.
La estación de trenes del ramal que sólo es atravesado por vagones de
carga está siendo ocupada por una familia. A pocos metros de allí hay una vivienda ocupada por
Walter Torres (30), un albañil que viaja diariamente a Totoras en moto para cumplir con sus tareas.
Tranquilidad. “Vivir acá es tranquilo, es como un cementerio”, grafica el
obrero que también hace referencia a necesidades insatisfechas como la falta de un dispensario de
salud, un teléfono público e incluso una garita iluminada para tomar el colectivo en la ruta 34.
El edil de Totoras, Walter Raitieri, confió a este diario que en varias
ocasiones se hicieron gestiones desde el Concejo de Totoras y desde el municipio ante Telecom para
que instalen un teléfono. Los vecinos se las arreglan con los celulares.
Torres, oriundo de Calchaquí, vive en Larguía desde hace cuatro años. Un
familiar fue quien le dijo que en la zona había trabajo. Contó además que cuando regresa
“mata el aburrimiento criando gallinas y ovejas”.
En ese saldo negativo que es la escasez de servicio debe incluirse la
falta de negocios de venta de comestibles. Los pobladores deben viajar a Totoras para comprar lo
vital. Quienes no disponen de coche viajan en colectivo, otros toman taxi.
Picnics famosos. Matilde Victoria Gutiérrez (74) tiene una memoria prodigiosa. Nativa de
Larguía contó a este diario que la situación actual del paraje “no es ni una sombra de lo que
supo ser antes de que el desarrollo le diera la espalda”.
En efecto, un padrón de 1960 indica que el paraje llegó a tener 402
habitantes. Matilde recordó los famosos pic-nics organizados por la cooperadora escolar.
Con voz pausada Matilde relató que a esas fiestas asistía hasta el
triple de la población existente. “Eran impresionantes, lo mejor que vivió este pueblo en
muchos años”, resaltó.
Matilde fue portera y luego cocinera de la escuela hasta jubilarse.
Acompañada por su esposo, Luis Matías (80), contó que no le faltan excusas para la diversión porque
siempre hay personas dispuestas a conversar o jugar a las cartas.
Oscar Pérez, de 50 años, cuidador de la estancia La Bochita agregó que
en esos años (principios de los ‘70) presenciaron show con Horacio Guaraní, Hernán Figueroa
Reyes, Tarragó Ros y Coco Díaz. “Se hacía todos los domingos por un período de varios años.
Era una fiesta. Había carreras de caballos, se jugaba a la taba, a las bochas y entrada la noche
comenzaban los bailes. Llegaba gente de todos lados”, rememoró.
Negocios y progreso. Manuel Pérez, de 86 años, añora esos tiempos. Explicó que había
panadería, carnicería, quintas, almacenes de ramos generales y hasta peluquería. “En esos
picnics había caballos buenos y se apostaba bastante. Desde la mañana comenzaba el
movimiento”, rememoró Manuel.
Manuel pasa sus días en la estancia La Bochita de Miguel Gorostiza. En
las afueras de la explotación hay carruajes, sulkies y volantas, todas piezas bien cuidadas y de
colección.
Cereal y trenes. “Ve esos galpones —contó otro de los pobladores, mientras
señalaba hacia el ferrocarril—, estaban llenos de cereal y pasaban dos trenes de pasajeros, a
las 8.45 y a las 16, eso es pasado. Hoy estamos desapareciendo”.
“Uno de los negocios era de Berreta, también estaba Rímini. En un
momento acá hubo más de 700 habitantes. Hasta tuvimos una fonda en la que daban de comer a quienes
estaban en el comercio de granos”, recordó Matilde, quien agrega “para hacer las
compras pido por celular un remís y me voy a Totoras”. Matilde nació en la estancia La
Bochita cuando sus padres eran empleados del lugar.
Larguía, apellido inventado. El maestro rosarino Cristián Hernández Larguía es descendiente
de la familia que dio fundación al poblado. Consultado al respecto por el historiador de Cañada de
Gómez, Gerardo Alvarez, el músico confió que “el origen de su apellido es inventado”.
Para avalar lo dicho, el músico se remitió a un amorío que mantuvo un
obispo de la época colonial, de apellido Aguilar, con la hija de un cacique indígena. Contó que
para que no lo persiguiera la Inquisición el religioso hizo valer sus influencias para cambiar el
apellido de su hijo usando un “anagrama”. El maestro añadió un toque de humor
“que se siente orgulloso de descender de un obispo”.

























